Por Daniel Casas

Nada más duro para el argentino medio que admitir ignorancia, sobre todo en estos tiempos de grieta profunda donde a la “todología” tan argentina le agregamos intencionalidad o deseo político. Pero hay que hacer de tripas corazón y reconocer que si bien uno podría chapurrear una explicación del principio de sustentabilidad de los aviones, sobre las razones físicas por las que un tubo lleno de gente puede bajar a las profundidades del mar ni la más pálida idea.

Hemos leído en estos días, como consecuencia del desgraciado episodio con el submarino ARA San Juan una cantidad importante de explicaciones y especulaciones sobre lo que pasó, algunas creíbles otras en cuerdas cercanas al disparate, la mayoría contradictorias y sospechadas de intencionalidad.
“Para mi que lo hundieron a propósito”, me dijo un colega, laborioso él, que trajina redacciones desde hace varios lustros. Asombrado, hice las dos preguntas que el manual indica que hay que intentar responder frente a una hipótesis, por qué y para qué, y el planteo no superó ninguna.

No estaba hablando el periodista sino el militante o el sabueso de las redes sociales. Entonces, tomé una hoja cualquiera y en el reverso dibujé en trazos rudimentarios la silueta de un submarino, trazé una línea de punta a punta del dibujo y una serie de circulitos.

“Este es el submarino. Este es el compartimento que se llena o se desagota según las necesidades de salir a flote o sumergirse y estos circulitos son las bombas que se usan para ese fin. Estas bombas funcionan con motores a fuel oil, que como todo motor combustiona y genera gases. Una batería hizo un corto circuito, generó fuego e hizo que esos gases explotaran”, dije ante la mirada asombrada y decididamente crédula de mi interlocutor.

Y entonces di la estocada final de mi mentira. Dibuje un montón de flechitas apuntando al submarino desde todas las direcciones. “Como la nave está sometida a fuertes presiones, que son las que no le permiten desalojar los gases de la combustión de las bombas, el efecto de ese estallido es una implosión”.

“Tenés razón. No había pensado en eso. Bah, no tenía ni idea de todo esto”, admitió. “Yo tampoco, lo acabo de inventar. Y lo peor es que si alguno lo escuchó, como lo dije con convicción, podría salir a repetirlo por las redes”, respondí.

La anécdota viene a cuento de la enorme cantidad de informaciones falsas y especulaciones que se han lanzado a colonizar internet desde que tomó estado público la desaparición del San Juan, con 44 personas en su interior. Lo importante es decir algo, no que ese algo sea correcto. Lo importante es no quedar afuera del gran tema, aunque se digan mentiras o pavadas, aunque sean dichas sin mala intención, que no ocurre en todos los casos.

Y si a algún romántico o desubicado encuentra una explicación plausible, basada en información o en testimonios de peso, será de inmediato relativizado o desacreditado con cualquier argumento, al menos hasta que esa explicación se masifique y adquiera, entonces, el peso de lo verídico.

Así como en nuestra niñez nuestros padres decían que algo era verdad porque lo había dicho el diario, hoy la veracidad de un tema se mide por si es o no trending topic. La veracidad está dada por la masividad, aunque lo masivo sea un dibujito de un submarino rodeado de flechas.

Anuncios