Por Daniel Casas

Si bien es cierto que el 40% de las cárceles están llenas de procesados sin condena, es una pésima señal que en esta nueva etapa de sobreactuación de la Justicia Federal se estén dando con total naturalidad los arrestos a ex funcionarios kirchneristas sin que haya siquiera una condena de primera instancia.

No hay indicios de que el ex ministro de Planificación Federal, Julio de Vido, ni el ex vicepresidente de la Nación, Amado Boudou, estuvieran intentando profugarse, lo que hubiera justiciado la detención. De hecho, este último estaba recién levantado y en pijama cuando lo fueron a buscar.

No es cuestión de salir a defender a Boudou, imputado entre otras causas en la de Ciccone, ni a De Vido, enjuiciado por lavado de dinero y por generar las condiciones para que se produjera la tragedia del tren de Once, donde murieron 51 personas, sino de que se respeten las normas procesales y no se caiga en la tentación, una vez más, de hacer un uso político de la Justicia.

Claro que el intento de sacar rédito de las detenciones de los ex funcionarios kirchneristas no es patrimonio del oficialismo. En una rápida estrategia de lavado, o al menos de maquillaje, el propio universo K ha salido a reclamar por el show mediático montado ubicando a De Vido y Boudou en el mismo peldaño que Juana de Arco.

“Acá se está haciendo una caza de brujas”, afirman con toda la voz, pero sin entrar en las zonas oscuras de las causas, que están ampliamente documentadas y que más tarde o más temprano debieran derivar en una condena para estos y otros funcionarios.

La intención es subir a todos los que se pueda al tren fantasma con la esperanza de que en el embrollo haya más recovecos. Y de paso, con todos en el mismo tren se limitan las posibilidades de que alguno haga memoria y complique más las cosas.

Que el presidente Mauricio Macri se haya enojado porque trascendió la filmación de la detención del Boudou, exhibiendoló en joggineta y descalzo, es en este contexto poco creíble. Suena a una reprimenda tardía a funcionarios que hicieron una picardía política, pero sin dejar dejar de cosechar los beneficios de la reacción de al menos un sector importante de la sociedad, ávida de revanchismo.

¿Es imaginable un cambio profundo como el que se pregona sin reformar en serie la Justicia, que de ciega no tiene nada y de acomodaticia mucho?

La respuesta obvia es no. En la definición más elemental de la división de poderes republicanos la justicia es el fiel de la balanza, la que tiene que dar certeza de que todos somos iguales ante ella, o al menos de que no somos tan distintos.

Si el gobierno no pone un foco importante en una reforma en serio y seria de la Justicia la población terminará por confirmar esa sospecha constante de que el único salvoconducto para las tropelías que se hacen desde el poder es la permanencia en el poder. Y el poder, como lo demuestra la historia, no es eterno.

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