Por Anibal Gutiérrez

El mismo día, con 34 años de diferencia, tres Presidentes mostraron una postal de cuánto perdimos los argentinos.

El 26 de octubre de 1983 el candidato presidencial de la UCR, Raúl Alfonsin, cerró su campaña electoral en la Ciudad de Buenos Aires con una multitudinaria concentración en la Avenida 9 de Julio.

La mayoría de los medios de comunicación de la época coincidieron en el carácter masivo de la convocatoria (entre un millón y un millón y medio de personas) y en la inmensa cantidad de jóvenes que acompañaron al líder radical esa tarde/noche de primavera.

Su discurso fue un constante llamado a la paz, a la concordia entre los argentinos, a la asunción del compromiso que, como ciudadanos de una republica con plena vigencia del estado de derecho, debíamos asumir.

Dijo esa noche:

“Se acaba la dictadura militar. Se acaba la inmoralidad y la prepotencia. Se acaba el miedo y la represión. Se acaba el hambre obrero. Se acaban las fábricas muertas. Se acaba el imperio del dinero sobre el esfuerzo de la producción. Se terminó, basta de ser extranjeros en nuestra propia tierra. Argentinos, vamos todos a volver a ser dueños del país. La Argentina será de su pueblo. Nace la democracia y renacen los argentinos. Decidimos el país que queremos, estamos enfrentando el momento más decisivo del último siglo. Y ya no va a haber ningún iluminado que venga a explicarnos cómo se construye la Republica. Ya no habrá más sectas de nenes de papá, ni de adivinos, ni de uniformados, ni de matones para decirnos que tenemos que hacer con la patria. Ahora somos nosotros, el conjunto del pueblo, quienes vamos a decir cómo se construye el país. Y que nadie se equivoque, que la lucha electoral no confunda a nadie, no hay dos pueblos. Hay dos dirigencias, dos posibilidades, pero hay un solo pueblo. Así, lo que vamos a decidir dentro de cuatro días es cuál de los dos proyectos populares de la Argentina va a tener la responsabilidad de conducir al país. Y aquí tampoco tampoco nadie debe confundirse. No son los objetivos nacionales los que nos diferencian sino los métodos y los hombres para alcanzarlos.”

Treinta y cuatro años después de ese discurso, la ex Presidenta Cristina Kirchner fue indagada por la justicia federal por el supuesto delito de traición a la patria por el encubrimiento de ciudadanos iraníes que habrían participado en la realización del atentado contra la AMIA.

Ese mismo día, en el mismo edificio que aloja a la justicia federal, el ex Presidente Carlos Menem, en su condición de acusado, escuchó la primera audiencia de alegatos en otra causa por encubrimiento del mismo atentado contra la AMIA.

Muchos de los que recordamos la primavera del 83, sin importar a quien hayamos votado, lo hacemos con cierta nostalgia.  Durante esos meses de renacer democrático nos sentíamos capaces de todo.

Se podía terminar con la noche oscura de la dictadura. Podíamos hacerlo en paz y con los tribunales de la democracia. Solo teníamos que proponérnoslo porque nosotros éramos los únicos y verdaderos protagonistas.

Pero se nos acabó el combustible. Nos olvidamos que el camino era largo y empinado. Nos dejamos vencer por el desánimo y empezamos a escuchar discursos que nos proponían felicidad sin esfuerzo, bienestar sin trabajo, viveza criolla vs respeto a la ley.

Y así llegamos hasta nuestros días. Presenciamos la obscena imagen  de dos Presidentes enjuiciados por el peor de los delitos imaginables, encubrir y traicionar a la patria en la investigación del peor atentado terrorista del que fue víctima la Argentina.

El conjunto de los argentinos tenemos, sin lugar a dudas, buena parte de responsabilidad por lo sucedido. La decadencia de nuestros gobernantes fue una muestra de la nuestra como sociedad.

Pero todo sucede hasta que deja de hacerlo.

En aquella década del 80 supimos empezar a construir el sueño de una democracia para siempre. Es tiempo que seamos capaces de pensar un país para todos, inclusivo, respetuoso de los derechos de todos y cada uno de sus habitantes, donde cada uno sepa que haciendo lo que le toca y respetando la ley está construyendo democracia.

Así, seguramente, vamos a poder decir otra vez con orgullo: NUNCA MÁS.

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