Por Daniel Casas

“¡Estos tipos están locos, se va a ir todo al carajo!”. Miles de personas repitieron esta frase, con algunas variantes escatológicas, víctimas del rumor que se echó a rodar sobre el aumento del IVA al 25 por ciento. No casualmente, los trolls inocularon esta presunta información en las redes sociales el mismo día en que la CGT convocó a un acto de protesta contra el gobierno de Mauricio Macri, en el que supuestamente se iba a anunciar un paro general.

El rumor es una herramienta de la política desde que los griegos comenzaron a debatir en el ágora y se uso desde entonces para socavar a un individuo o grupo para crear las condiciones propicias para que otro le dispute el poder. Reyes, papas, duques y políticos en general han sido las víctimas más destacadas del rumor, que tiene que tener al menos tres elementos para funcionar: hablar de un tema que sea de interés para la gente, ser relativamente posible y ser suficientemente ambiguo.

El psicólogo Gordon Allport elaboró en la década del ‘40 una teoría sobre el rumor que indica que el poder de una versión interesada y falsa es la resultante de la importancia del tema multiplicada por la ambigüedad.

El aumento de 4 puntos en al Impuesto al Valor Agregado (IVA), que es el más universal y el más regresivo de los tributos, sería insostenible para cualquier gobierno y mucho más para éste, que ha “sincerado” a puro tarifazo el costo de los servicios en una sociedad que tiene por hábito reclamar mejoras pero se niega a pagar por esos beneficios.

Por otra parte, sería además un contrasentido para una administración que libra una lucha desigual contra la inflación, porque el IVA impacta directamente allí.

Pero al rumor cuajó, se masificó a través de esa temible herramienta que son las redes sociales, y no fueron pocos los que le dieron crédito.

¿Qué se buscaba? Alimentar el descontento, socavar el ánimo y debilitar el respeto por las instituciones. Y todo con la cuota necesaria de hipocresía, porque aún cuando un somero análisis hace caer el rumor, nadie o poca gente recuerda que por mucho menos que esto por estas pampas se solía tildar de “destituyente” a quien ejerciera un pensamiento crítico sobre las cosas.

Pero el problema no son los trolls ni el rumor que difunden, sino que ese rumor pueda ser creíble para un sector de la sociedad. Pareciera que hay cada vez más gente dispuesta a creer lo que sea con tal de cimentar su propia teoría conspirativa, su mirada única e inapelable sobre lo que nos circunda, su piedra basal para una profecía autocumplida.

No es un dato menor en este cuadro que también esta semana el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA) haya difundido su última medición, que replica con bastante precisión los datos del propio Indec (Instituto Nacional de Estadísticas y Censos), es decir que confirma que uno de cada tres ciudadanos argentinos vive bajo la línea de pobreza.

También habla ese estudio de una probable aunque tímida mejora a medida que avance el año, pero ante el impacto del número de pobres el dato quedó naturalmente relegado.

Cuando en la balanza empiezan a pesar más los descontentos la cosa se pone dura para los gobiernos. Este rumor es uno más de los que veremos pasar en este año electoral. Por eso el gobierno salió al fin de esa semana dura a insuflar confianza en la población con el lanzamiento de una línea de créditos hipotecarios (plan Procrear) y con otras medidas, como postergar la quita de subsidios al transporte público.

El peronismo continúa dividido, no hay más que ver el final del acto de la CGT, con el escenario tomado por grupos presuntamente ligados al kirchnerismo. Esa división le da algo de margen a un gobierno que en muchos rubros está agotando el crédito, como es natural en un país donde un tercio de la ciudadanía está por debajo de la línea de pobreza. La necesidad tiene cara de hereje, como decían las abuelas, y eso se traduce en impaciencia.

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