Por Daniel Casas

La sospecha de corrupción es como una bomba de alquitrán que estalla en medio de una fiesta de casamiento; no se salva ni la novia.

El líquido negro salpica a todos por igual, pero los Montescos y Capuletos (que en toda fiesta los hay) hacen esfuerzos para que la mancha del enemigo se destaque más que la propia, mientras los espectadores observamos todo con la ñata contra el vidrio y sin acceso a los sanguchitos de miga.

Mal de muchos consuelo de tontos, decían las abuelas, pero lo cierto es que las bombas de alquitrán están explotando en muchos lugares a la vez, a lo largo y lo ancho del mundo. Quien lo dude puede leer una muy interesante nota que publicó en el diario La Nación el periodista Martín Rodríguez Yebra (http://www.lanacion.com.ar/1983910-corrupcion-una-nueva-fuente-de-inestabilidad-global)

sobre los casos de corrupción que ocupan las páginas de los diarios de una cantidad de países de oriente y occidente, arriba y abajo de la línea del Ecuador.

Pero como siempre tenemos la sensación de que lo que nos ocurre a nosotros es lo peor (¡Ay, la argentinidad!) en las fértiles pampas de este país tan lejano las bombas de alquitrán parecen caer a repetición.

Hagamos un repaso a vuelo de memoria, comenzando por lo más fresco, lo que está abierto, que el controvertido acuerdo al que llegaron el Estado argentino y la empresa Correo Argentino SA., que no hubiera resistido más que un rato en la tapa de los diarios y portales de no haber sido porque esa empresa, quebrada desde 2003, pertenece al Grupo Socma, el holding que lidera Franco Macri, padre del presidente argentina, Mauricio Macri.

Un poco más atrás, apenas unas semana, el alquitrán de la mega causa brasileña del escándalo de corrupción de la constructora brasileña Odebrecht salpicó al titular de la Agencia Federal de Investigaciones, Gustavo Arribas, quien recibió en una cuenta que posee en el Banco Credit Suisse una transferencia de un operador financiero que trabajaba con la multinacional brasileña y que se acogió al régimen de delación premiada, que prevé el intercambio de información por atenuación de las condenas.

Con estos dos casos que golpearon al gobierno de Mauricio Macri la oposición en general y el kirchnerismo en particular comenzaron a hacer un trabajo coordinado para instalar en la sociedad dos sensaciones. Una, que los que venían a limpiar los desaguisados de la administración anterior también tienen manchas de alquitrán. La otra, que esas manchas son más grandes que las suyas.

El mensaje, en definitiva, es que un delito más grande tapa o anula a otro más pequeño. La consagración sin sutilezas de la doble moral.

Con ese objetivo, el equipo de repetidores de las estrategias en las redes sociales salieron comenzaron a comparar la cantidad de bolsos con más de 9 millones de dólares con los que fue detenido el ex secretario de Obras Pública José López en junio pasado, con la cantidad que demandaría guardar físicamente los presuntos 70.000 millones de pesos que la administración del Macri le condonó a Franco, su padre.

En el afán de demostrar que todos son discepolianamente iguales y se revuelcan en el mismo lodo, no se preocuparon ni por aclarar que los millones de la condonación – a todas luces un grueso error político del gobierno, más allá de lo que se pueda resolver jurídicamente- son una estimación de intereses hasta 2034. Y tampoco, ya en el plano de lo grotesco, en hacer la conversión de pesos a dólares.

En el último año calendario también se acumularon sospechas y causas judiciales contra el empresario Lázaro Báez, detenido y objeto de investigación por lavado de dinero. Contra la ex presidenta Cristina Fernández de Kirhner, por lavado de dinero (causa Hotesur), por la conceción de obras públicas a Báez y por otras decisiones de su administración, como la causa dólar futuro, que avanza inexorablemente hacia el juicio oral y público.

Hasta la Iglesia, comandada por el papa argentino Francisco, tuvo su escandalete cuando el propio pontífice reconvino públicamente sobre el riesgo de caer en las garras de la corrupción a la organización católica Scholas Ocurrentes. Si el alquitrán salpica hasta a los pasillos vaticanos qué podemos esperar.

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