Por Daniel Casas

Donald Trump es como Abdalá Bucaram, pero con la gran diferencia de que su poder no reside en Quito, la capital del periférico Ecuador, sino en Washington, la capital de los Estados Unidos. La comparación, aunque temeraria, pinta bastante bien lo que se ha dicho del flamante presidente estadounidense en los diez días que lleva instalado en el Salón Oval de la Casa Blanca.

“El mundo debe estar preocupado, este hombre está loco”, dijo días atrás el ex presidente de México Vicente Fox, luego de que Trump provocara la caída de un encuentro bilateral con el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, al condicionar la visita que tenían agendada a que aceptara pagar el muro de más de 3.000 kilómetros que pretende construir en la frontera.

La locura de Trump se parece, en cierto modo, a la “incapacidad mental” que le endosaron al ex presidente de Ecuador Abdalá Bucaram (agosto de 1996-febrero de 1997) para desalojarlo del poder antes de que cumpliera siete meses en el Palacio Carondelet, sede del gobierno de Ecuador.

Bucaram, un personaje populista y extrovertido, que usaba un bigotito recortado a lo Adolf Hitler, intentó poner a Ecuador patas arriba y quienes detentaban el poder real literalmente se lo sacaron de encima.

Tuve la oportunidad de cubrir la asunción de Bucaram para el diario Página/12, en la bella Quito, y luego seguí los caóticos meses de la gestión Bucarám, quien llegó al gobierno con el objetivo de realizar un ajuste económico, político y social, proyectado a 10 años, pero que duraría pocos meses.

“El loco que ama”, decían los afiches proselitistas, pero el romance duró hasta que comenzaron a arreciar las denuncias por corrupción y las protestas por el ajuste económico neoliberal, con preponderancia en lo financiero, ideado por el ex ministro de Economía argentino Domingo Cavallo, que derivó a los pocos años, en 2000, en la dolarización de la economía dispuesta por el gobierno de Jamil Mahuad y que aún hoy se mantiene.

El caso es que frente al desbarajuste económico y los hechos de corrupción, los poderes políticos y económicos, que suelen estar mezclados, se pusieron de acuerdo y el Congreso Nacional ecuatoriano destituyó a Bucaram por “incapacidad mental para gobernar” en una votación que se ganó por mayoría simple (45 votos a favor sobre 82 posibles) y sin ningún examen médico que avalara la tara alegada.

Es evidente que la fortaleza institucional de los Estados Unidos es mucho mayor que la que tenía Ecuador hace 20 años y no es imaginable un proceso express para sacarse de encima a Trump, pero hay que anotar que en apenas unos días el flamante presidente cosecha innumerables rechazos, frente a los que dobla la apuesta. Y ninguna de sus políticas genera tantos rechazos como las trabas a la inmigración, en un país hecho por los inmigrantes.

Así como las medidas económicas proteccionistas -que van en detrimento de los limones argentinos, por ejemplo- es bien vista por los sectores de la pequeña y mediana producción estadounidense, la fobia contra los inmigrantes en general y contra los sirios y los mexicanos en particular reúne las mayores reacciones negativas. Las manifestaciones callejeras, tan frecuentes en los países de América Latina, se están convirtiendo en parte del paisaje de las ciudades estadounidenses.

No sólo las estrellas de Hollywood hacen escuchar su desacuerdo con Trump. También las principales empresas globales del Silicon Valley, Facebook, Google, Apple, Netflix y Uber, que tienen una alta presencia de inmigrantes entre sus trabajadores, comenzaron a manifestarse individualmente en contra de las medidas del empresario que llegó a la presidencia representando al Partido Republicano, y ya hay quienes hablan de unirse para darle mas brío a sus reclamos.
Lo que no te mata te fortalece, dice un antiguo refrán que también parece que tiene aplicación en México. El magnate Carlos Slim, principal empresario mexicano y forjador de la cuarta fortuna del mundo, salió la semana pasada a respaldar en una inusual conferencia de prensa al gobierno de Peña Nieto en la disputa contra Trump.

“Los llamé porque quiero decirles que estoy feliz de la unión que veo en México ahora, con el apoyo general que estamos dando al presidente en esta situación frente a Estados Unidos, me recuerda a la solidaridad y unión que vimos en 1985 cuando fue el terremoto”, dijo Slim, en una comparación drástica. Y agregó para justificar su inédito respaldo a Peña Nieto que “nunca habíamos tenido una situación como la de ahora en los últimos 100 años”.

Para Slim, Trump es un negociador nato, que está extremando las condiciones para finalmente llegar a un acuerdo más ventajoso. “El no es Terminator, es Negociator”, dijo en clave humorística el hombre, que de negociar y mandar sabe mucho.

En esta línea, planteo que México debe fortalecer su mercado interno, contener el tipo de cambio y, mientras tanto, convencer a Trump y a sus asesores de que México es el mejor socio de los Estados Unidos.

El caso es que es demasiado pronto para saber qué hará finalmente Trump, aunque resulte inquietante pensar que está sentado en el sillón que concentra tanto poder. Es de imaginar que no terminará como Bucaram, al menos no con las misma formas, pero en apenas un puñado de días ha conseguido que millones de personas sueñen con un final abrupto.

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