Por Anibal Gutierrez

Desde hace algún tiempo reapareció en América el debate acerca de la migración, el rol de los migrantes en nuestras sociedades y su eventual participación en la comisión de delitos, así como el endurecimiento de las leyes que regulan el ingreso y permanencia de extranjeros en nuestros países.

Sin lugar a dudas, la aparición de Donald Trump en la escena política mundial y su promesa electoral de construir un muro en la frontera con México fue el mayor detonante durante el segundo semestre del año 2016.

A esto debemos sumar el cierre de la frontera entre Venezuela y Colombia que el Presidente Maduro utilizó para disfrazar alguno de los innumerables problemas que tiene el país caribeño, así como el avance del gobierno argentino para evitar el ingreso y permanencia de extranjeros con causas judiciales en sus países de origen.

Cuando pensamos en migrantes en esta parte del mundo, lo primero que nos viene a la mente es la imagen de La Bestia. Ese tren, que cruza México llevando a una interminable cantidad de migrantes Sudamericanos y Centroamericanos hacia Estados Unidos, se ha convertido en el símbolo de la migración y del horror a la que son sometidos sus “pasajeros”.

Como siempre, las mujeres resultan las primeras víctimas. Muchas de ellas viajan con pastillas abortivas para tomar cuando sean violadas, ya que según informes de ONG´s que trabajan en la zona la casi totalidad de las mujeres que viajan solas son sometidas sexualmente, o buscan inmediatamente después de iniciado el viaje un compañero que pueda “garantizarles” cierta seguridad.

Esos migrantes que llegan en su mayoría a los Estados Unidos en el norte o a la Argentina en el sur son muchas veces víctimas, además, de redes de trata de personas que los someten a esclavitud.

En general, la esclavitud nos evoca subastas de africanos recién bajados de barcos negreros, pero en la actualidad lo que la representa son mujeres encerradas en burdeles y obligadas a servir como esclavas sexuales, hombres y niños obligados a servir como soldados de organizaciones criminales, u obligados a trabajar durante interminables jornadas en sótanos como mano de obra esclava en la producción de bienes diversos.

El Índice de Esclavitud Global 2016 publicado hace unos meses por Walk Free Foundation estima que en la actualidad hay en el continente americano más de de dos millones de personas esclavizadas. Ese mismo informe menciona a México como el país con mayor número de esclavos, y estima que en Argentina hay 175.000 personas que viven bajo alguna forma moderna de esclavitud.

Por su parte el gobierno argentino destacó el sostenido incremento del número de víctimas rescatadas durante los últimos 8 años, pasando de 169 a más de 2100 personas rescatadas por año, en su mayoría víctimas de esclavitud sexual.

Todas ellas son las víctimas silenciosas en las que debemos ponernos a pensar cuando hablamos, muchas veces con demasiada liviandad, acerca de la problemática migrante en nuestros países.

Como decía en este mismo espacio hace un par de semanas: es necesario ponernos a pensar lo importante cuando hablamos de políticas públicas en materia de seguridad, justicia y convivencia democrática.

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