Por Daniel Casas

Más por errores del gobierno que por virtudes propias, el peronismo, esa fenomenal estructura política, comenzó a nadar en círculos en torno al poder y busca el resquicio para emprenderla a dentelladas. El problema es que, como ese cardumen variopinto no tiene un líder que asegure la presa y la reparta equitativamente para conformar al todos, puede que unos se fagociten a otros.

Hasta hace unos meses, cuando las expectativas por el arranque de la economía estaban mejor fundadas que en el presente, algunos aspirantes a escualo mayor, como el gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey, trazaban planes de largo alcance, para lo cual necesitaban apostar a la estabilización del gobierno de Mauricio Macri. De hecho todavía lo hace, aunque los tiempos parecen haberse acelerado.

Urtubey y otros dirigentes de la nueva camada, como sus pares de Chaco, Domingo Peppo, y de Entre Ríos, Gustavo Bordet, incluso contemplaban una reelección de Macri como presidente, para luego tomar las riendas de peronismo depurado y llegar a la conducción de un país más ordenado que el que dejó el kirchnerismo, con un aparato productivo en marcha y seguramente lleno de injusticias con las cuales hacer campaña.

Pero los tiempos se aceleraron. El líder del Frente Renovador, Sergio Massa, recordó sus épocas de jefe de Gabinete de Cristina Fernández de Kichner y se alió con el kirchnerismo y con el jefe de la bancada Peronista, Diego Bossio -otro ex kirchnerista-, arrastraron a otros grupos menores y le propinaron una dura derrota al oficialismo al darle media sanción a una reforma del impuesto a las Ganancias, que el gobierno considera inviable por su alto costo.

De todos modos, la hipocresía de ver al diputado y ex ministro de Economía Axel Kicillof oficiando de vocero de Massa y explicando la razonabilidad de modificar el impuesto a las ganancias que el kirchnerismo mantuvo intacto durante la “década ganada” todavía es refractaria para una parte importante de la sociedad. Aunque también es verdad que se trata de una promesa de campaña del macrismo y que esa misma sociedad reclama que se modifiquen las escalas.

Todo se enrareció aún más de lo que ya estaba con la caída del proyecto de Reforma Política y con el acuerdo forzado que la Casa Rosada firmó semanas atrás con el nuevo bloque de presión que la CGT y los movimientos sociales presentron en sociedad el 18 de noviembre (ver https://ideasyprotagonistas.com/2016/11/23/pidamos-lo-imposible-que-vienen-las-elecciones/). Los tiempos se aceleraron y la política se convirtió en un hervidero.

Está claro que hay sectores que claramente apuntan a un estallido social, aunque no estén dadas las condiciones. Al menos están lejos de las que legitimaron la movida de 2001, que terminó con el gobierno de Fernando de la Rúa, que también fue motorizada por el peronismo.

Pero si no consiguen un estallido, que les convendría a muy pocos, es evidente al menos buscan que el gobierno deje de lado su glamour democrático y salga a reprimir a las incontables marchas y piquetes que sitian sobre todo a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Una profecía autocumplida muy eficiente en tiempos electorales.

Pero una cosa es la campaña para las elecciones legislativas de octubre y otra lo que ocurra dentro del peronismo. En un caos llevado al extremo crece la figura de Cristina Fernández de Kirchner y cabe preguntarse si el resto de las fuerzas estarán dispuestas a volver a someterse al yugo que los mantuvo sumisos a golpes de pica durante 12 años.

Massa, al que muchos ven como la tabla de salvación, creció cuando se diferenció del kirchnerismo. Bossio, en menor medida, también. Los gobernadores, además de los citados Urtubey, Bordet y Peppo, temen que el macrismo les comience a retacear fondos o que les saque prerrogativas, por ejemplo, a las mineras, y en ese caso el caos llegaría como un bumeran a sus provincias.

Florencio Randazzo, que amaga entre bambalinas pero no se sube al escenario, tampoco parecería muy dispuesto a volver a estar bajo la bota de la ex presidenta. Se imagina más como una figura de la renovación del PJ que como un humilde colaborador de lo malo conocido.

Los movimientos sociales (Barrios de Pie, la Corriente Clasista y Combativa y otros) no debieran actuar en este sentido porque mereced al acuerdo que firmaron le arrancaron al gobierno una partida extraordinaria de 30.000 millones de pesos, por el cual están estrenando por estos días una obra social para los desocupados. Infinitamente más de lo que les dio el kirchnerismo, que los usaba políticamente y no les pagaba en esta medida.

Pero el caso es que, al igual que sus nuevos aliados del sindicalismo, a los que el gobierno les reconoció una deuda de otros 30.000 millones, ya comenzaron a cobrar. Estos dos ejemplos demuestran que la administración Macri, por credulidad o por impericia, no aplicó la máxima que el peronismo conoce de memoria: en política, a los opositores hay que cobrarles al contado y pagarles en cuotas.

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