Por Aníbal Gutiérrez

Me siento a escribir estas líneas 33 años después del día que todos estábamos esperando. El día que recuperábamos la democracia, el momento en el que empezábamos, para siempre, a hacernos cargo de nuestro destino.

La noche anterior la había pasado en Plaza de Mayo. No habíamos dormido nada y la expectativa que teníamos era inmensa. Sabíamos que éramos testigos de un momento trascendental de la historia del país. Es más, no sentíamos protagonistas de ese momento.

A medida que avanzaba la mañana más y más personas llegaban desde todos lados. La plaza estaba repleta, las calles aledañas también. Los dos kilómetros que separan el Palacio del Congreso de la Casa Rosada rebalsaban de gente que de todas las formas imaginables le demostraba al Presidente su compromiso con la gestión que empezaba.

Raúl Alfonsín habló desde el balcón del Cabildo y en ese primer discurso como el más humilde servidor de los argentinos (así se definió) dijo que iniciábamos una etapa difícil porque teníamos, todos, la enorme responsabilidad de asegurar la democracia y el respeto por la dignidad del hombre.

Antes de ese discurso había hablado en el Congreso. Inmediatamente después de jurar su cargo de Presidente, y ante la Asamblea Legislativa, dirige palabras fundacionales para la democracia naciente.

Casi al finalizar sus palabras, de manera contundente dijo:

Tenemos una meta: la vida, la justicia y la libertad para todos los que habitan este suelo.

Tenemos un método: la democracia para la Argentina.

Tenemos un combate: vencer a quienes desde adentro o desde afuera quieren impedir esa democracia.

Tenemos una tarea: gobernar para todos los argentinos sacando al país de la crisis que nos agobia.

Hoy enfrentamos dos desafíos: gobernar la Nación en la crisis y consolidar definitivamente la forma de gobierno que asegure el derecho del pueblo a decidir su destino. Como hombres que somos, podremos equivocarnos al gobernar. Como argentinos, en este momento y para siempre, sólo permitiremos que sea el pueblo el único juez de esos errores y el único con derecho a corregirlos.

La pregunta que cabe hacernos ahora es cuánto de eso que soñamos hace más de tres décadas se hizo realidad.

Seguramente el saldo no es todo lo positivo que soñábamos en 1983.

Probablemente tenemos una buena autocrítica para hacernos, cada uno individualmente, y como sociedad.

Porque si hubiéramos mantenido el compromiso que teníamos con la democracia naciente muchas cosas no hubieran pasado.

No hubiéramos permitido que al gobierno de la democracia se lo condicionara con 13 paros generales, no hubiéramos dado un solo paso atrás en la búsqueda de justicia para las víctimas de la represión, no se hubieran liquidado a precio vil las empresas del Estado, ni hubieran sido reestatizadas asumiendo siempre el Estado las deudas, no hubiera existido un diciembre que manchó de sangre a la democracia, no hubiera existido una Milagro Sala que apropiándose de una representación inexistente utilizó una causa noble para enriquecerse, no hubiéramos tolerado que desde la casa de gobierno se utilizaran los medios de comunicación para atacar a aquellos que, simplemente, pensaban distinto.

Hubiera sido imposible que la justicia que fue tomada como ejemplo en el mundo después de un juicio histórico, hoy no esté a la altura de lo que de ella se reclama y ponga fin a la obscena impunidad de la que gozan los sospechados de corrupcion.

De los dos desafíos que enfrentábamos en 1983, uno ya no los es. La democracia es un valor que todos los argentinos defendemos.

El otro, aquel que significa darle a todos los argentinos una vida digna y sin postergaciones sigue siendo una deuda pendiente.

Raúl Alfonsin cumplió, con creces, la prueba que la historia le puso delante. Los que vinieron después nunca llegaron a igualar sus dotes de estadista.

Nosotros, como sociedad, deberíamos volver a comprometernos con los valores que a principios de los 80 nos movilizaban, porque esa fue la mejor versión de nosotros.

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