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Por Aníbal Gutiérrez

Promediaba Octubre del año 2003 cuando integré la delegación argentina que realizó una visita oficial a Cuba. La comitiva era encabezaba por el canciller Rafael Bielsa, y habían pasado catorce años desde que un Ministro argentino realizara una visita oficial a la isla.

El propósito de la visita era normalizar las relaciones diplomáticas entre los dos países después de mas de dos años de bajo nivel de representación, reinstalando allí un Embajador que ejerciera plenamente sus funciones.

Integraban la comitiva junto al citado ministro, algunos funcionarios de la Cancillería y los dos últimos Embajadores que habían estado acreditados ante el gobierno cubano. Se pretendía de esta manera dar una señal de continuidad y de compromiso en las relaciones que se relanzaban en esos días.

El viaje había iniciado con visitas a un policlínico comunitario y a un agromercado. Luego había seguido una visita a La Habana vieja con un guía de lujo, el historiador Eusebio Leal.

Las reuniones formales con el gobierno fueron el segundo día y entre ellas hubo encuentros con el Canciller cubano Felipe Pérez Roque, y con el Presidente del Banco Central Francisco Soberón. Al final del día una recepción en la Residencia del Embajador argentino pondría fin a la visita.

Durante la recepción nos informaron que debíamos trasladarnos. El Presidente Castro nos esperaba para una reunión que no había sido confirmada hasta ese momento.

Allí fuimos quienes integrábamos la delegación oficial para una reunión que inició a las 9 de la noche y finalizó a las tres de la mañana. La foto que ilustra esta nota fue tomada al salir de la reunión.

Fueron seis horas ininterrumpidas de una reunión en el que se trató un amplísimo abanico de temas. Desde el mundo del siglo XXI que acababa de empezar, hasta el de la década del 50 que había visto triunfar a la Revolución, desde la economía post Bretón Woods, hasta el Consenso de Washington y la ola privatizadora.

De una carpeta que contenía cables de agencias internacionales de noticias sacaba hojas y comentaba su parecer al respecto. Y también de cada uno de esos temas hacia el paralelo con la que a su criterio era la realidad cubana. Así, por ejemplo, una noticia sobre epidemia de dengue le sirvió para explicar el sistema de salud cubano y sus fortalezas.

Transcurridas las horas, sentí que no estaba en una de las habituales reuniones entre altos funcionarios de dos gobiernos. Era el discurso de un líder mundial frente a un grupo de extranjeros que, en mayor o menor medida, se dejaban subyugar por su presencia.

Poco fue lo que se dijo de la relación que se relanzaba entre los dos países, de la renegociación de la deuda que Cuba mantenía con la Argentina por préstamos que se habían acordado a inicios de la década del 70, o de la situación de disidentes presos que habían pedido ser recibidos por el Ministro y no habían tenido respuesta.

El repaso a la historia del siglo XX fue una constante de la reunión. Habló del Che y de su visión del mundo, de la Europa de posguerra, de Medio Oriente y de América Latina. Hablo de todos y de todo, pero siempre girando en torno a aquello que él quería decir.

Al finalizar ese encuentro, volvimos a la residencia de huéspedes en la que estábamos alojados para prepararnos para el regreso a Buenos Aires.

Fue una noche extraña. Mucho se debió haber preguntado, mucho se debió haber cuestionado, y mucho más se debió haber afirmado. Lamentablemente, nada de eso sucedió.

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