Por Daniel Casas

La muerte de Fidel Castro sumada a la elección de Donald Trump como próximo presidente de los Estados Unidos pone un poderoso interrogante sobre las relaciones políticas y comerciales entre Cuba y la potencia hegemónica de occidente.

Estuve en La Habana para cubrir periodísticamente la reapertura de la embajada de Estados Unidos en la Isla, el 14 de agosto de 2015, y la visita del presidente Barack Obama, el 22 y 23 de marzo de 2016. Hablé con cientos de cubanos, funcionarios, economistas, periodistas y ciudadanos de a pie. La gran mayoría dejaba traslucir esperanzas moderadas por la reapertura de las relaciones con el enemigo de tantas décadas. Había avidez por un cambio, pero también recelo y temor.

El caso es que nadie, ni aún dentro de las filas del Partido Republicano, sabe a ciencia cierta qué hará el controvertido presidente electo a partir del 20 de enero, cuando asuma el gobierno. Mucho menos se sabe qué hará Trump respecto del descongelamiento de las relaciones entre Washington y La Habana, luego de más de medio siglo de una confrontación desigual.

Por aquellos meses de acercamiento con Cuba, cuando aún nadie aventuraba como una posibilidad cierta que el inefable empresario llegara a la candidatura presidencial republicana, y mucho menos a ganar la elección, Trump señaló que él haría algunos cambios en esa política de descongelamiento, pero también dijo que le “gustaría” tener un hotel en la mayor de la Antillas, que pide a gritos una apertura que la saque del estancamiento económico.
Luego Trump modificó su discurso y habló abiertamente de desandar el camino hecho por Obama, para conquistar el voto del exilio Cubano y ganar el estratégico estado de La Florida, uno de los bastiones que le permitió ganar las elecciones en el Colegio Electoral, aunque en el escrutinio general haya reunido menos votos que la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Si Trump asume como propio el deseo del exilio cubano la tensión que marcó la relación bilateral prácticamente desde que Fidel Castro tomó el poder, el 1 de enero de 1959, todo lo avanzado en los últimos años podría retroceder, aunque ya no a fojas cero.

Los exiliados de La Florida y muchos de sus hijos sólo conciben la recuperación del control de la isla por medio del sojuzgamiento. En esa sintonía, Trump ha dicho en las últimas horas en un tuit que “Si Cuba no se muestra dispuesta a ofrecer un mejor acuerdo para los cubanos, para los cubanoamericanos y para el pueblo estadounidense en general, liquidaré el acuerdo”.

Pero la historia demuestra que los cubanos no son fáciles de arrear y un endurecimiento de las relaciones en lugar de poner en jaque consolidaría al ala dura del castrismo. Claro que sin el liderazgo omnipresente de Fidel Castro ya nada será igual.

Por lo pronto, Trump se despachó ante la muerte del líder cubano con palabras gratas a los oídos del exilio cubano en Miami. Pero también es cierto que son varios los gobernadores de estados agrarios de los Estados Unidos, allí donde residen los granjeros que votaron masivamente al candidato republicano, que tienen interés en vender sus productos a Cuba.

Además, aunque aún en forma incipiente, ya hay muchos millones de dólares de empresas estadounidenses invertidos en la reapertura del mercado cubano, sobre todo en los rubros de infraestructura hotelera, aviación comercial y comunicaciones. Y Trump es, ante todo, un empresario.

Raúl Castro, de 85 años, ha dicho que gobernará hasta febrero de 2018. Bajo su gobierno Cuba inició un camino de apertura económica y de flexibilización en favor de libertades individuales, ambas en grajeas, que puso a los cubanos en confrontación con algunas de sus consignas históricas y, sobre todo, con su realidad económica.

Su retiro significará el acceso al poder de nuevas generaciones que, aunque formadas y consustanciadas con los postulados del ala dura del castrismo, por el sólo hecho de tener entre 20 y 30 años menos que los líderes históricos de la Revolución se presume que tendrán miradas más abarcativas para relacionarse con un mundo que está en un proceso de cambios abruptos.

En Cuba funciona una economía paralela, un poderoso mercado negro consentido del que todos son usuarios. De otra forma no podría funcionar el cuentapropismo, que comenzó a ser consentido en los años ‘90 por la necesidad extrema que padeció el país tras la disolución de la Unión Soviética y que terminó por ser blanqueado en un intento de regulación en 2009.
“Cuba tiene que aceptar las reglas del mundo e ingresar al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial para acceder a préstamos blandos para desarrollarse”, porque la Isla “no es China, que por su volumen puede imponer reglas propias”, me dijo en marzo de este año el economista Omar Everleny.

No se trata de un cubano exiliado en Miami, vale aclarar. Everleny es un economista de la Universidad de La Habana que reivindica muchas de las normas del socialismo y que es autor, entre otros trabajos, de la Ley de Inversión Extranjera que rige en Cuba desde hace unos años.

“Independientemente de las ideologías, el capital es capital y Cuba tiene una situación económica muy difícil, que no puede resolver por sí misma”, subrayó en esa entrevista, realizada en los días en que Obama acababa de visitar Cuba y el decongelamiento de las relaciones parecía mucho más cercano, o menos incierto, que en estos días.
“Hicimos todo hasta este momento sin el respaldo de Estados Unidos”, pero este país “es nuestro socio natural y es la potencia económica mundial” y el levantamiento del bloqueo económico y comercial, que depende del Congreso estadounidense, habilitaría el ingreso de capitales europeos que “querrían tener presencia en Cuba pero no vienen por temor a ser sancionadas por el embargo”.

Ahora, con Donald Trump a punto de acceder al poder y sin Fidel Castro, que criticó el acercamiento pero admitió en 2010 que “el modelo de Cuba ya no funciona ni para nuestro Estado”, todo puede modificarse.

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