Por Alejandro J. Lomuto

La oposición al chavismo tiene tres enemigos. Uno es el oficialismo, que dispone de cuantiosos recursos legales, administrativos y financieros para combatirla. Otro es la propia crisis ‒política, institucional, económica, social y humanitaria‒ en que está sumergida Venezuela, que solo le promete serias dificultades para el caso de que acceda al gobierno. Pero esos dos, aun con la enorme magnitud que tienen, son adversarios lógicos y sus amenazas son previsibles. El peor enemigo de la oposición es la oposición misma, con sus crecientes dificultades para coordinar estrategias y acciones.

La oposición no nació con el chavismo ni con la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la coalición que la representa actualmente.

En el principio, las clases medias y altas que son el núcleo del antichavismo fueron chavistas. Entre 1998 y 1999, cansadas de la decadencia del régimen básicamente bipartidista de la Cuarta República, llevaron a Hugo Chávez al gobierno, le firmaron el cheque en blanco de la reforma constitucional y, tras dos años, lo reeligieron por otros seis, ya bajo la nueva carta magna. Pero pronto se desencantaron del teniente coronel y quisieron sacárselo de encima como fuera.

En 2002 intentaron un golpe de estado imposible ‒ya regía la Carta Democrática Interamericana, que se aplicó allí por primera vez‒ y una prolongada huelga general. No pudieron. Tampoco con el referendo revocatorio de 2004. Aturdidos y desorientados, los partidos opositores lograron ponerse de acuerdo para las elecciones parlamentarias de 2005, pero solo para abstenerse de postular candidatos. Así, la Asamblea Nacional quedó íntegramente chavista para los siguientes cinco años.

Por aquellos tiempos, el universo político opositor sufrió una profunda transformación. Acción Democrática (AD, socialdemócrata) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (Copei, socialcristiano), los dos partidos fuertes del período 1958-98, se derrumbaron. Paralelamente, nació una serie de agrupaciones. De entonces datan, entre otras, Un Nuevo Tiempo (UNT, virtual escisión de AD) y Primero Justicia (PJ, centrista con un perfil más joven).

El primer atisbo de racionalidad estratégica llegó para las elecciones presidenciales de 2006, cuando dentro de la llamada Unidad Nacional se alcanzó consenso para retirar las demás candidaturas y postular para la Presidencia únicamente al gobernador del estado Zulia, el socialdemócrata Manuel Rosales. Volvió a ganar Chávez, pero la oposición resolvió seguir apostando a la unidad y la institucionalidad.

A principios de 2008, diez partidos firmaron el Acuerdo de Unidad Nacional, al que pronto se sumaron otros siete. Junto a otras fuerzas que no se incorporaron formalmente a la coalición, compitieron con éxito variado en las elecciones regionales de fines de ese año. Finalmente, a mediados de 2009 esa alianza se reconvirtió en la actual MUD, de la que en distintas épocas formaron parte 33 partidos ‒desde marxistas hasta neoliberales‒ y en la de auge llegó a haber 29.

El mejor momento de la MUD fue tal vez 2012. Un ordenado proceso de primarias permitió designar en las urnas al candidato presidencial. El ganador fue Henrique Capriles, en buena medida gracias a Leopoldo López, que, como estaba inhibido por el gobierno, a último momento retiró su postulación y recomendó votar al gobernador de Miranda. Capriles tampoco pudo con Chávez, pero con poco más de 44% de los votos se le acercó más que ningún otro competidor.

Menos de un año después, muerto Chávez y ante la necesidad de volver a elegir presidente sin poder realizar nuevas primarias, la MUD postuló nuevamente a Capriles. El escrutinio oficial lo mostró perdedor ante Nicolás Maduro por menos de 1,5 punto porcentual, aunque hay abundantes indicios de que esos comicios no fueron del todo transparentes. De todos modos, el mayor problema de la MUD era otro: Capriles se había tomado 24 horas para aceptar la candidatura y eso quería decir que en La Unidad ‒como se llaman a sí mismos los miembros de la coalición‒ no estaban todos unidos.

La bomba explotó en el primer semestre de 2014. En febrero, mientras López, la beligerante diputada neoliberal María Corina Machado y otros pocos dirigentes llamaban a salir a las calles para provocar La salida de Maduro, Capriles reclamó un “cambio pacífico” que no incluyera “más muertos”, y se quejó de los dirigentes que, dentro de la coalición, venían “no con la palmadita sino con el cuchillo para clavártelo”. Como se sabe, simpatizantes opositores ‒especialmente estudiantes‒ protestaron en las calles durante cuatro meses seguidos, con disturbios que dejaron 43 muertos y 873 heridos, según datos oficiales. En el medio, la Unasur y el Vaticano facilitaron un diálogo entre el gobierno y la MUD que duró apenas cuatro sesiones. La grieta dentro de la alianza opositora se llevó puesto al conciliador Ramón Aveledo, su jefe formal desde 2008.

Desde entonces, López ‒encarcelado pocos días después del comienzo de aquellas protestas y luego condenado a 14 años de prisión en un juicio que hasta su fiscal calificó como injusto‒ y Capriles representan, cada vez más, los polos opuestos dentro de la MUD. López es radical, impaciente y más dado a la confrontación. Capriles es moderado, institucionalista y tiene más visión estratégica.

Es interesante revisar sus caminos paralelos. Tienen casi la misma edad (45 y 44 años, respectivamente) y un origen bastante similar en la política. En 2000 los dos fundaron PJ y fueron electos alcaldes de Chacao y Baruta, los dos municipios con mayor concentración de clases medias y altas entre los cinco que conforman Caracas. Ambos fueron reelectos en 2004. Los dos eran vistos como jóvenes con futuro, pero López tenía la ventaja de ser mucho más carismático y mantener un perfil más alto.

Los senderos se bifurcaron en 2007, cuando López se mudó de PJ a UNT. De allí se fue en 2009, cuando fundó su partido, Voluntad Popular (VP). Al inhibirlo para postularse a cualquier cargo electivo, el gobierno chavista le mojó la pólvora. Por ese motivo declinó su candidatura presidencial a favor de la de Capriles. Pero seguramente también por eso profundizó su actitud confrontativa. Hoy siguen concentrando la mayor intención de voto, con 27,4% para Capriles y 26,4% para López, según la última encuesta de Datanálisis.

La MUD registró en 2015 algunos hechos significativos. Por un lado, aceleró su sangría: abandonaron la coalición seis partidos, que, sumados a los que se habían ido anteriormente ‒tres en 2012, cinco en 2013 y uno en 2014‒, redujeron su dotación a 18 agrupaciones. Por otro, el triunfo en las elecciones legislativas de fin de año posicionó a otros dirigentes ‒en especial a Henry Ramos Allup, el veterano líder de AD‒ y dio lugar a la creación de una mesa conformada por representantes de los cuatro partidos con más votos: PJ, UNT, VP y AD.

Pero esa mesa, lejos de contribuir a formar consensos, legitimó los disensos: en marzo pasado, cuando se suponía que debía escoger un camino para luchar contra el gobierno, eligió tres paralelos: una enmienda constitucional para acortar el mandato de Maduro, protestas callejeras para forzar su renuncia y la promoción de un referendo revocatorio. Por distintos motivos y en momentos diferentes, ninguno de los tres prosperó.

El diálogo en marcha con el gobierno profundizó la diferencias internas. VP decidió no participar, aunque dijo que se sumará si observa resultados. El partido de López mantiene un fuerte ascendiente sobre los movimientos estudiantiles, siempre propensos a las protestas callejeras. De la segunda ‒y hasta ahora, última‒ reunión, el 11 de este mes, surgió un pliego de acuerdos que vastos sectores opositores consideraron insuficiente, entre otras cosas porque no menciona ni el referendo revocatorio ni elecciones presidenciales anticipadas, y llama “personas detenidas” a los 109 opositores presos. El diálogo pareció muerto ayer, cuando la MUD denunció que el gobierno lo había abandonado al no enviar delegados a las reuniones de dos comisiones técnicas, aunque contactos de urgencia lo mantenían vivo hasta anoche.

En ese contexto resultó inadvertida otra noticia: María Corina Machado reclamó una “inmediata refundación” de la MUD y sostuvo que el diálogo “fracasó” y “al único al que le conviene es a Maduro y a su régimen”. Y su correligionario Amalio Graterol dijo que el secretario ejecutivo de la coalición, Jesús Chúo Torrealba ‒el sucesor de Aveledo‒ “no ha cumplido con sus funciones y debe ser removido”.

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