Por Sergio Manaut (*)

Volvamos a Adam Smith y David Ricardo. Volvamos a la Política de Aristóteles. Volvamos a las políticas socialdemócratas de los los gloriosos 30. Dejemos a un lado el neoliberalismo de Reagan y Thatcher que enterró el liberalismo industrial y social de Smith y Ricardo, el liberalismo que apostaba por la producción y no por la especulación financiera, el liberalismo que produjo una movilidad social ascendente como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad. Liberalismo enterrado por el neoliberalismo que produjo el efecto inverso, una movilidad social descendente por la que por primera vez los hijos van a estar peor que sus padres.

Volvamos a que sea la voluntad popular la que determine qué gobierno quiere, y no los poderes que no se sientan en las bancadas de los parlamentos, o se sientan a través de sus representantes cuando éstos deberían defender los intereses de la sociedad que los votó.

Volvamos a los conservadores que en la Argentina crearon la ley 1420 de educación, laica y gratuita, herramienta con la que acabaron con el analfabetismo, como reconoció Vargas Llosa a poco de recibir el Nobel de Literatura. Esos mismos conservadores edificaron la sanidad pública universal, en lugar de recortarla. Vieron que una sociedad educada y sana generaba progreso.

Volvamos a esa socialdemocracia que tomó lo mejor de la derecha de entonces, como la libertad de empresa, y sumó la protección de los más débiles. Como decía Smith en La riqueza de las naciones, a los empresarios, para que no se aprovechen de los trabajadores, los deben vigilar el Estado y los sindicatos. Hoy Smith sería definido como populista o, como dice Carlos Rodríguez Braun, como un demócrata cristiano. Rodríguez Braun, a quien nadie podría catalogar como de izquierda, ni siquiera de centroizquierda, deja al descubierto, al colocar a Smith como democristiano, el brutal viraje del mundo hacia la derecha más dura e injusta, una derecha que está más cerca del siglo XIX que del XXI.

Y volvamos, también, a unos medios de comunicación en cuyas redacciones se vuelvan a ver periodistas de raza, mal afeitados y con la corbata floja, y no operadores políticos, por más diplomas de Comunicación que tengan y trajes caros vistan.

Volvamos, en definitiva, a la humanidad, o todos terminaremos enterrados en el terremoto que ya está dando los primeros avisos. Ayer fue el Brexit. Hoy Trump, Le Pen, Hungría, Polonia, el maltrato a los refugiados, el cambio de camiseta de los socialistas europeos, partidos políticos gobernando sin que importe su imputación por beneficiarse de la corrupción de algunos de sus dirigentes.

Volvamos, como hace 40 años, a una clase dirigente culta, intelectual, lectora de los clásicos, y jubilemos a la mediocre clase dirigente actual. Que lean los diarios deportivos ‒o vean porno, los más osados‒ en su casa, no en el primer sillón de un país. Descubramos a los nuevos Roosevelt, Suárez, Adenauer, Sarmiento. En algún sitio tienen que estar. A los que no queremos ya sabemos dónde encontrarlos.

 

(*) El autor es periodista y graduado en Ciencias Políticas. Argentino, reside en Madrid desde hace 15 años.

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