Por Daniel Casas

La tarea de desarmar los circuitos de corrupción que anidan en los organismos que componen los Estados, nacional, provinciales o municipales, es ciclópea. La eliminación total, como objetivo final deseable es a todas luces una utopía, pero cuando se analizan las acciones de los gobiernos en ese sentido el resultado está más próximo a la quimera.

La burocracia degradada es la ruta fundamental por donde transita la corrupción y la impericia, o el desinterés, por desatar esos nudos gordianos, incluso los más pequeños, llevan a preguntase si será posible acomodar el barco o si habrá que conformarse en un nuevo episodio de gatopardismo con remover la espuma, la escoria superficial, para que en definitiva nada cambie en el fondo.
La última semana un nuevo escándalo de corrupción estalló en la Aduana con la detección de una organización que se dedicaba a “mover” los trámites para que pasaran rápido y sin supervisión containers (lastas, en la jerga) de contrabando. Hay varios detenidos y un prófugo con parentesco célebre, Claudio Minnicelli, cuñado del ex ministro de Planificación Federal del kirchnerismo, Julio De Vido, y hermano de Alessandra Minnicelli, quien fue síndica adjunta en la Sindicatura General de la Nación (Sigen), el organismo que debía controlar, entre otros asuntos, las obras que se llevaban adelante en la cartera a cargo de su marido.

Será la justicia la que tenga que determinar el tenor de los presuntos delitos que se le endilgan a esa estructura y si el cuñado del ex ministro usufructuó sus poderosos contactos para hacer negocios ilegales, pero en todo caso estaríamos frente a un ejemplo de esa escoria de la corrupción en la colada de la nueva administración.

No es un esfuerzo de creatividad imaginar que mientras se dilucida si esto es así, el resto de las redes de corrupción aplicarán la norma de desensillar hasta que aclare y buscarán otros caminos para perseguir su objetivo. Piensa mal y acertarás, dice el refranero popular.

Semanas atrás publicamos en Ideas & Protagonistas una sentencia en off de un importante funcionario de la Afip que asegura que “el poder en la Argentina es como un enorme iceberg del que sólo es visible el 20 por ciento, que es donde opera la política. Lo grave es que hasta hace 20 años la parte visible de ese bloque de poder era más o menos la mitad”. Es decir que se ha invisibilizado por lo menos un 30 por ciento de la estructura que maneja o desmaneja los factores de poder, por donde pasan los grandes negocios y desde donde se condiciona al quinto visible (https://ideasyprotagonistas.com/2016/09/27/nada-cambia/#more-1397).

La expectativa de éxito es baja, pero si pasamos a analizar las falencias de la administración pública, en cualquiera de sus estamentos, esa posibilidad es paupérrima. La burocracia degradada es un obstáculo omnipresente que pone palos en la rueda en cada giro.

A modo de ejemplo, las designaciones que hace la administración pública para acompañar la nueva gestión, que terminará siendo una nueva capa de la cebolla burocrática, tardaron este año entre 6 y 8 meses, más del doble que en anteriores administraciones. Esto no sólo perjudica a los designados sino también al organismo que los contrata, por ejemplo un ministerio, porque por ley cuando esa persona en funciones desde enero sea dada de alta en la Afip tendrá que pagar una multa por cada mes de demora. Es decir, dinero extra, que sale del mismo presupuesto y que se podría aplicar a otras necesidades, que se asigna a cubrir un mal funcionamiento administrativo.

La razón de la demora es que todas las designaciones deben pasar indefectiblemente por la oficina del poderoso secretario de Asuntos Estratégicos de la Jefatura de Gabinete, Fulvio Pompeo. El afán por controlar frente al desmadre que se encontró esta administración dentro de la administración pública se ha convertido en un oneroso cuello de botella.
El ejemplo, apenas un botón de muestra dentro de la esfera de lo legal, se reproduce con las compras de insumos, de bienes y servicios, con los gastos de representación y en otros rubros, hasta llegar a conformar una larguísima lista. Una sucesión de nudos gordianos que sólo se podrían cortar con decisión política.

Una decisión como la que tomó Alejandro Magno cuando conquistó Frigia y se enfrentó con el desafío de desatar el nudo que el rey Gordias había hecho sobre una de las puertas de la ciudad. El macedonio estudió el nudo inexpugnable, midió costos y consecuencias, y finalmente lo cortó con su espada, ocupó la ciudad, que era un objetivo necesario para luego conquistar toda el Asia.
Sin la espada y la decisión de Alejandro, abrir las puertas para conquistar un estado más eficiente, y por contraposición menos corrupto, es una batalla en la que la quimera le seguirá ganando a la utopía.

Anuncios