Por Aníbal Gutiérrez

Hace 33 años se votaba en la Argentina. Después de siete años del periodo más oscuro de su historia, millones y millones llenaron las urnas de votos para demostrar que habíamos aprendido que la única forma de gobierno que concebiríamos desde ese momento y para siempre era la democracia.

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Salíamos de años en los que la violencia había sido el idioma de todos los días. La corrupción estatal, el absurdo control de todo aquello que fuera distinto al orden que se pretendía establecer, y una guerra que había sumido en más descrédito, si es que esto era posible, a las fuerzas armadas eran los signos de los años pasados desde 1976.

Así, aislada y debilitada, la dictadura había convocado a elecciones presidenciales. La campaña había sido larga, ardua y llena de pasión.

Los partidos políticos habían iniciado sus procesos de normalización institucional un año antes. Millones y millones se afiliaron a las distintas opciones políticas y los actos de los candidatos eran cada vez más multitudinarios. Parecía que la sociedad se daba cuenta que la única forma que había de garantizar que no hubiera un paso atrás era con su participación activa y militante.

De esa campaña surgió con fuerza la candidatura de Raul Alfonsin. Supo encarnar como nadie la necesidad de institucionalidad, decencia, fin de la impunidad, vigencia plena de los derechos humanos y unión de todos los argentinos.

La sociedad tenía muy presente el periodo de caos que había precedido a la dictadura asesina. “Más que una salida electoral, una entrada a la vida” decía uno de las principales frases de su campaña, que supo reflejar esta necesidad de armonía.

El cierre de su campaña se recuerda como uno de los actos de mayor concentración popular de la historia. Su discurso hizo vibrar y emocionar por partes iguales. Hizo un llamado a la esperanza, a recuperar los valores que habíamos perdido, a unirnos detrás de un sueño colectivo.

Dijo que en la Argentina había hambre, y no porque faltaran alimentos sino porque sobraba inmoralidad. Dijo que estábamos obligados a cambiar la historia, y que nuestros nietos nos honrarían como nosotros honramos a nuestros próceres.

Hizo un llamado a la unión nacional, y que había que garantizar que no volveríamos a fallar. Solo había una forma de lograrlo, con un pueblo unido, sin distinción de banderías políticas.

Cuando terminaba dijo: “Si alguien distraído al costado del camino, cuando nos ve marchar nos pregunta: hacia adonde marchan? Por que luchan? Tenemos que contestarle que marchamos, que luchamos, para constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que deseen habitar el suelo argentino.

Cuatro días después de ese acto, Raúl Alfonsin fue electo Presidente por una abrumadora mayoría.

El día que asumió prometió 100 años de libertad, paz y democracia para los argentinos.

Hoy, 33 años después, seguimos diciendo gracias al que sembró la semilla que nos permite seguir viviendo en democracia.

 

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