Por Aníbal Gutiérrez

Otro hecho de una violencia indescriptible volvió a sacudirnos la conciencia en la Argentina. Lucía Pérez, 16 años, cursaba quinto año de educación media, fue drogada, violada, y la mataron de forma salvaje: fue empalada. El insoportable dolor padecido le provocó un paro cardiaco.

La reacción de las organizaciones sociales fue inmediata. Convocaron a una huelga nacional de mujeres y a una nueva marcha que exige mas que nunca el fin de la violencia contra las mujeres.

Así fue como el 19 de octubre, miles y miles pararon y marcharon. Vestidas de negro. Gritando, otra vez, ni una menos.

La convocatoria no fue solo en la Argentina. Miles se movilizaron también en México, Guatemala, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay, España y Francia, entre otros países que se sumaron.

Tres días después el horror volvió a ser noticia.

Claudia, 31 años, fue asesinada por quién es el padre de su hijo menor. Junto con ella fueron asesinadas su hermana y su abuela. También fueron heridos sus hijos de 13 años y de 11 meses. Su otro hijo, de 8 años, testigo de la masacre, pudo esconderse junto con su perrito durante 6 horas en el baúl de un auto para después llamar pidiendo ayuda.

Hace más de 50 años la extraordinaria filosofa política Hannah Arendt publicó un libro titulado Eichman en Jerusalén, un informe sobre la banalidad del mal.

Basándose en las audiencias celebradas en el juicio llevado a cabo contra el criminal nazi Adolf Eichman, Arendt hace un minucioso análisis de sus condiciones de criminal de guerra, y analiza la complejidad de la condición humana y como se debe estar atento a que no ocurran las condiciones que propician la violencia.

Para ella, la ausencia de sentimientos acerca del bien y del mal, conforman la base de la banalidad del mal. Al finalizar el juicio sostiene que el mal no nace dentro del individuo, sino que son las circunstancias que lo rodean las responsables.

Corremos un serio riesgo: banalizar el mal.

Buscar solucionar los problemas sin resolver aquellos que los originaron es un arma de doble filo. La violencia asesina se extiende, y si se convierte en epidemia ya será tarde.

Se debe perseguir y castigar a los culpables de toda forma de violencia contra la mujer, pero también se debe garantizar que el Estado brinde la protección, y el nivel de desarrollo que merecen como ciudadanas plenas.

La banalidad del mal seguirá presente mientras no se solucionen las razones que permiten su existencia. Empezar a combatir las múltiples formas de desigualdad que existen es la mejor manera.

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