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Por Daniel Casas

La imagen de un policía peateando en la cabeza a una mujer sentada en el piso y con las manos esposadas en la espalda no tiene atenuantes. La foto fue replicada en las redes sociales, vinculada a la represión que coronó el último domingo en Rosario el 31 Encuentro Nacional de Mujeres, pero en realidad fue tomada en Lincoln, Estados Unidos, en 2009. El policía se llama Edward Krawetz y la víctima Donna Levesque. Es un clásico de la era de las redes sociales que ante un hecho que divide aguas en la sociedad alguien suba con mala fe una foto que corresponde a otro hecho para que mucha gente se indigne, la replique, comente, y luego quede expuesto. Hay muchas razones para que esto se haya transformado en una práctica habitual, pero lo más preocupante es que una imagen de este tipo se viralice porque potencialmente puede corresponder al hecho del que se habla.

El domingo en Rosario la policía reprimió con violencia a agrupaciones feministas que se manifestaban en favor de la legalización del aborto y contra los femicidios, entre otros temas. Hubo gases y postas de goma que no estuvieron dirigidas de la cintura para abajo, sino hacia arriba, es decir que nadie perdió un ojo de pura casualidad. También, como suele ocurrir cuando las cosas se desmadran, recibieron las postas policiales los periodistas que registraban los hechos.

Por qué un encuentro de mujeres que reclaman por tener decisión sobre sus cuerpos y en contra de la violencia de género termina a los garrotazos, es una pregunta que tiene varias respuestas posibles.

En primer lugar, estas marchas son fáciles de infiltrar. Basta que el consabido grupo de encapuchados tire algunas piedras en el lugar y momento estratégico para que todo se precipite. Ese lugar suele ser en estas marchas frente a la catedral del lugar, símbolo de la Iglesia que se opone férreamente a la legalización del aborto.

En segundo lugar, están los militantes católicos, también con sus grados de fanatismo, que se convocan para rezar y defender la sede de la institución frente a la avanzada de la marcha, encabezada por mujeres con sus cuerpos pintados con consignas y los pechos al aire.

En tercer lugar, las manifestantes, que legítimamente reclaman un cambio de cultura que mejore la calidad de vida de las mujeres, y por ende de la sociedad. Dejan a su paso la ciudad pintada de consignas duras, y en algunos casos violentas, y en el universo variopinto de agrupaciones que convoca el Encuentro Nacional de Mujeres también hay sectores radicalizados que extreman la situación.

En cuarto lugar, la policía cuando comienza a reprimir -siempre queda la sospecha si no es en forma coordinada con los infiltrados- se exacerba y saca a relucir su peor faceta, la que hace que la foto del policía de Lincoln sea posible.

Y en último lugar, hay un componente lumpen que participa de estos acontecimientos, desde adentro o desde la periferia, que aprovecha y vandaliza lo que puede y generaliza la senación de caos.

Uno de los hechos lamentables, además de la violencia en sí misma, es que para la enorme mayoría de la sociedad el resultado de tres días de debate con mujeres de todo el país, de edades y condiciones sociales diversas, de etinas diversas, haya quedado una vez más tapado por un mal final.

La única información concreta que quedó tras el caos es que el Encuentro Nacional de Mujeres de 2017 será en Chaco, donde seguramenta ya hay preocupación porque no se repita este final.

Nadie sabe a ciencia cierta qué se debatió entre las 70.000 personas que participaron, qué ideas se pusieron en marcha para mejorar el futuro, qué ideas se desecharon o qué realidades contaron los diversos colectivos de mujeres que participaron. Toda esa riqueza quedó tapada por las fotos de la violencia, que no son tan extrema como la del policía estadounidense, pero podrían serlo.

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