Por Marcelo Gobbi

Elija usted cualquiera de los siguientes lugares comunes, que todos vienen bien: no hay que atacar las consecuencias sino las causas, crecer es aprender de los errores, Einstein habría dicho que hacer siempre lo mismo y esperar distintos resultados es una definición de la locura. La lista podría seguir.

El hecho de que la justicia federal argentina se dedique ahora a procesar cada tanto a algunos de los miembros del anterior grupo gobernante sobre la base de pruebas que están servidas desde hace años provoca cierto entusiasmo en mucha gente que necesita creer que no vive en una sociedad de salvajes. También causa apasionamientos o victimización, según a qué sector pertenezca el observador. Estimulados por los medios de comunicación discutimos el cortísimo plazo, la alternativa procesal de esta mañana, o lo que ayer pidió el fiscal tal y cual. Dos jueces federales en actividad y otro jubilado contaron a los medios las presiones que al parecer sufrieron durante años con la liviandad propia de un panelista de programa de chimentos.

Por notable que sea todo este fenómeno del repentino vigor de jueces y funcionarios federales (gente que ocupa los mismos despachos desde hace muchos años) me parece que lo más importante es preguntarles qué fuerzas los mantuvieron maniatados, por qué no pudieron cumplir con su función, qué hicieron para resistir y, fundamentalmente, por qué esotérico motivo deberíamos confiar en que en el futuro serán algo distinto de lo que fueron hasta hace minutos. Mientras falte esa explicación, y nadie explica lo que no se le pide que explique, quedará la hipótesis más simple pero aterradora de todas: es el efecto de una elección sobre un sistema cuya debilidad institucional es demasiado grande.

No se trata de comparar calamidades pero, en algún sentido, más grave que las bandas de saqueadores que nos han gobernado varias veces es una justicia federal que tiene como método moverse al vaivén de los resultados políticos o actuar cuando la presión mediática ya no le permite hacerse la distraída. Seguir con la misma justicia camaleónica es una invitación demasiado atractiva para que una y otra vez asalten el poder los que no se destacan precisamente por la decencia. Si mantuviéramos a toda esta gente y nos volviera a ocurrir lo mismo, lo tendríamos merecido.

El Consejo de la Magistratura, acorralado por pedidos de varias organizaciones de la sociedad civil, ha ordenado una auditoría sobre las causas de la justicia federal cuyos alcances, método y plazos nadie parece tener demasiado claros. Tiene un cuerpo de auditores, aunque fue creado para mirar otras cosas. El Consejo ya era un injerto difícil de encastrar en la Constitución cuando lo crearon aunque ningún bien nacido imaginaba que sería gestionado como un mercadillo de trueque. No está mal que auditen, pero la población ya vio el volantazo; solamente un burócrata necesita un papel para comprobar que de noche está oscuro.

Equivocarse, aprender y cambiar son los tres pasos de cualquier evolución. Por ahora hemos dado sólo el primero.

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