Por Daniel Casas

El Papa Francisco, que desde el inicio de su pontificado está instalado en el podio de la política argentina y desde hace 9 meses funge como un intocable líder de una oposición variopinta, pero fundamentalmente peronista, puso días atrás un cambio de marcha que obliga a reprensar su rol. Concretamente, el líder de la Iglesia Católica anunció que no vendrá a la Argentina en 2017. Alegó problemas de agenda, cargada de viajes a otros países justo en un año en que el gobierno de Mauricio Macri y la oposición peronista juegan su futuro en las trascendentales elecciones legislativas.

El último 31 de mayo publiqué en Ideas & Protagonistas una columna titulada “La sotana del Papa” (https://ideasyprotagonistas.com/2016/05/31/la-sotana-del-papa/#more-877) en la que planteaba que desde distintos sectores, pero sobre todo desde el peronismo, que lo recuerda como propio, se intentaba llevar a Bergoglio como estandarte en el camino de retorno al poder. Pero el obispo de Roma parece haber recordado a Jorgito, aquel niño que seguramente gastó algún zapato jugando al futbol en las plazas del barrio de Flores, y con una gambeta maradoniana eludió a todos y suguió jugando su propio partido.

En realidad, Francisco ya venía dando muestras de una distención en la relación con el gobierno de Macri, sobre todo luego de que el mandatario pidió protección a Dios “para defender la vida desde la cocepción hasta la muerte”, al participar el 18 de junio en Tucumán del cierre del XI Congreso Eucarístico.

Pero horas antes de que el Vaticano difundiera el mensaje del Papa a los argentinos, hubo otro hecho que acerca posiciones entre el gobierno y el Papa. Luego de haber difundido la escalofriantes cifras del INDEC que indican tras años de tergiversar los datos que uno de cada tres argentinos vive en la pobreza, el gobierno de Macri convocó a los gremios y a los empresarios para encontrar una salida a la situación, lo que no es más que el diálogo social que viene reclamando la Iglesia.

Tal vez por todo esto, en el video de 11 minutos que se difundió el jueves 29 de septiembre, el Papa dijo palabras que en el gobierno argentino se leyeron como un mensaje a los sectores más cerriles de la oposición, con el kirchnerismo a la cabeza, que plantean acciones tanto o más destituyentes que las que denunciaban hace pocos años.
Francisco, luego de reivindicarse como argentino a pesar de conducir una institución universal, al punto que aseguró que viaja “con pasaporte argentino”, que “es el amor a la Patria que me lleva a pedirles, una vez más que se pongan a la Patria al hombro, esa Patria que necesita que cada uno de nosotros le entreguemos lo mejor de nosotros mismos para mejorar, crecer y madurar”.

Agregó que ese compromiso de trabajar por la Patria “nos hará lograr esa cultura del encuentro que supera todas estas culturas del descarte que en el mundo se ofrecen por todas partes”, pero también pidió “una cultura del encuentro donde cada uno tenga su lugar, que todo el mindo pueda vivir con dignidad y que se pueda expresar pacíficamente sin ser insultado o condenado, o agredido, o descartado”.

Palabras que bien pueden interpretarse como un mesaje al empresariado, que tiene que sentarse a negociar condiciones laborales; a los gremialistas, que parecen a punto de bajar el paro nacional anticipado por la CGT, y a los sectores políticos de la oposición cerril, lease Cristina Kirchner, Hebe de Bonafini, Gustavo Esteche y Luis D’Elía, entre otros tantos, que trabajan sobre la grieta social en la búsqueda desesperada de algún rédito político.

Lo curioso es que a algunos de estos actores políticos Francisco los ha recibido en el Vaticano y, a diferencia de lo que ocurrió en el recordado encuentro de febrero de este año, se sacó con ellos fotos distentidas, llenas de sonrisas.

El próximo sábado 15 de octubre el hombre que maneja una de las instituciones más poderosas del mundo recibirá por segunda vez a Mauricio Macri. En el gobierno confían, sobre todo mirando estas señales, en que ese encuentro será más amable, menos tenso y, presumiblemente más largo, que aquel de los 22 minutos de febrero.

Francisco también se excusó en ese mensaje por no venir a la Argentina en 2017 porque “ya están compromisos fijados para Asia, Africa, y el mundo es más grande que Argentina, y bueno, hay que dividirse”.

Es atendible el caso de la agenda, aunque también es cierto que desde que viajó a Roma para participar como cardenal del cónclave que lo consagró como Papa, el 13 de marzo de 2013, Bergoglio no ha vuelto a la Argentina, a pesar de haber visitado Ecuador, Paraguay y Bolivia en julio de 2015.

Sus antecesor inmediato, Benedicto XVI, Joseph Ratizinger, visitó tres veces su alemania natal durante su papado, que se extendió entre 2005 y 2013. Juan Pablo Segundo, Karol Wojtyla, visitó 11 veces su Polonia natal en su extenso ponitificado (1978-2005), y vaya si influyó en la política interna de su país y en la carrera de Lech Walesa.

Tal vez Francisco esté esperando un momento político propicio para volver, pero eso en la Argentina hiperpolitizada y ciclotímica puede no ocurrir nunca. Siempre será un motivo de disputa y habrá colas de dirigentes a los codazos para sacarse una foto con él.

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