Por Aníbal Gutiérrez

El crimen organizado se vincula con la vida de todos aquellos que integran la sociedad en la que está instalado. Sus tentáculos llegan al gobierno, a las instituciones de seguridad, a los sindicatos y a todas las funciones políticas y sociales que los distintos organismos realizan. Pero una sola es la pieza clave que le permite instalarse y desarrollarse en un país determinado, y esa es su alianza con la política.

Desde hace muchas décadas, los países que desde México hasta la Argentina integran esta Latinoamérica gigante, desigual, y fascinante viven en constante inestabilidad. La interrupción de los procesos democráticos, las crisis económicas y la desigualdad social han estado, en mayor o menor medida, en cada uno de ellos.

Esto tuvo consecuencias muy evidentes y, sin ninguna duda, una de ellas es la debilidad permanente de esos Estados. Sus instituciones democráticas muy a menudo resultan poco efectivas para poder proveer la seguridad, la justicia, la salud y la educación que deben brindar a sus ciudadanos.

En esta realidad de instituciones débiles vemos que las fuerzas de seguridad no cuentan con las herramientas normativas y los recursos necesarios para hacer frente al delito, que las tareas de inteligencia durante el tiempo necesario para que brinden los resultados esperados es una utopía y que la vecindad entre efectivos de seguridad y delincuentes es preocupante.

En cuanto a la economía, el impacto del crimen organizado en ella es fundamental para intervenir en su desarrollo.

Cuando grupos criminales compran y administran grandes fincas, participan en licitaciones de obra pública o financian la construcción de barrios privados, modifican el curso normal de la economía y se vuelven actores principales del devenir social. Así es como obtienen la legitimidad social necesaria para continuar con su actividad. La sociedad pasa a ser el gran defensor del grupo criminal que viene a darle aquello que el Estado es incapaz de proveer.

En la política su impacto es altamente negativo. El crimen organizado ha conseguido infiltrar partidos políticos inyectando en ellos grandes cantidades de dinero para financiar campañas electorales, incluso han llegado a crear sus propios partidos políticos, aprovechándose de sistemas laxos de control.

Por último, el accionar de los grupos crimínales también modifica la forma en que se relacionan entre sí los diversos actores sociales que integran una comunidad determinada. La pérdida de valores comunes y el culto al dinero y al triunfo sin importar la forma en que se obtiene, y el desprecio por el esfuerzo y el trabajo honesto son una pequeña muestra de nuestra sociedad en estos días.

Esta pequeña síntesis requiere de una pregunta: quienes y por qué se esforzaron en debilitar nuestras democracias. La respuesta a esta pregunta nos dirá también algo sobre la responsabilidad respecto de facilitar el desarrollo del crimen organizado.

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