Por Alejandro J. Lomuto

La única incertidumbre que ha logrado despejar Brasil ‒y no del todo‒ es la relacionada con la situación de Dilma Rousseff. Le quedan ahora otras, más grandes y más complejas: la evolución de su economía en emergencia, la suerte del gobierno de Michel Temer y la crisis de los liderazgos políticos. Probablemente no se resuelvan antes de las elecciones de 2018. Si es así, habrá un Brasil inestable durante al menos dos años. Y eso representará, inevitablemente, un factor de inquietud para la región.

La situación de Dilma no está resuelta definitivamente porque apeló su destitución ante el Supremo Tribunal Federal (STF, corte suprema). Aunque es difícil que tenga éxito: también en Brasil los jueces suelen ser sensibles a los vaivenes de la política. Si volviera, sería para ella una reivindicación personal. Y para su Partido de los Trabajadores (PT), la recuperación de los recursos del Estado, con todas las ventajas que ello representa para cualquier fuerza política. Pero con su imagen desvencijada, su padrino Lula en problemas con la Justicia, la economía desbarrancada y una amplia mayoría del Congreso en contra de ella, las dificultades que debería afrontar le harán parecer un cuento de hadas a las que atravesó en el año y medio de su segundo mandato.

No parece razonable esperar que a Temer pueda irle mucho mejor. Más bien, da la impresión de que su gobierno nació con el síndrome del pato rengo. Por un lado, aun cuando presidió durante 10 años y hasta hace cuatro meses el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el más numeroso del país, siempre prefirió el perfil bajo. La ruptura con el PT y la sucesión de Dilma levantaron forzosamente su exposición pero al mismo tiempo lo volvieron impopular: es la cara de la traición a la expresidenta.

No ya su éxito, sino apenas su supervivencia en el cargo hasta el 1 de enero de 2019 pende de dos delgados hilos. Uno es su propia situación: también él afronta varios pedidos de juicio político, uno de los cuales ya fue admitido por el Congreso aunque aún no se inició el trámite. Si Temer cayera, asumirá el gobierno el presidente de la Cámara de Diputados pero deberá llamar a elecciones en no más de 30 días. No obstante, es probable que la mayoría parlamentaria que propició la destitución de Rousseff no se sienta predispuesta a activar el impeachment del nuevo presidente mientras éste no le dé motivos de queja.

El otro ‒íntimamente relacionado con el anterior‒ es la dependencia que él y su gobierno tienen del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), el tradicional adversario de la coalición PT-PMDB al que se asoció para destituir a Dilma y llegar al poder (de hecho, al PSDB pertenecen el canciller, José Serra, y, si bien se desafilió años atrás para asumir la presidencia del Banco Central, el ministro de Hacienda, Henrique Meirelles). Se lo recordó el presidente del PSDB, senador Aécio Neves, en una entrevista publicada el domingo por el diario O Globo, con palabras que recuerdan el estilo de Vito Corleone: “Sin el apoyo del PSDB no existiría el gobierno de Temer. El PSDB no pretende salir de la base (la coalición gobernante), sabe que su papel es imprescindible. Si el PSDB sale, el que pierde es el gobierno. Mientras Temer se mantenga fiel a nuestro proyecto para el país, podrá contar con el PSDB.” Por las dudas, Neves ‒que en 2014 fue derrotado por Rousseff en el ballottage‒ afirmó que su partido se presentará a las elecciones presidenciales de 2018 “para gobernar” el país.

Temer también está jaqueado por la onda expansiva de la operación Lava Jato, la investigación judicial del multimillonario desvío ilegal de fondos de la petrolera estatal Petrobras. No ya personalmente ‒aun cuando fue mencionado por varios testigos‒, pues la Constitución establece que “el presidente de la república, en la vigencia de su mandato, no puede ser responsabilizado por actos ajenos al ejercicio de sus funciones”. Pero en menos de cuatro meses ‒desde que el 12 de mayo asumiera interinamente el gobierno al comenzar el juicio político a Dilma‒ ya cayeron por ese motivo tres de sus ministros y no debe descartarse que otros corran la misma suerte.

En cuanto a la economía, ya estaba en problemas cuando Rousseff inició su segundo mandato, el 1 de enero de 2015, y por eso confió su manejo ‒lo que equivale a decir su ajuste‒ al monetarista Joaquim Levy. Las cosas no mejoraron y los remedios seguirán siendo duros, según advirtió ayer Meirelles ante el auditorio del Grupo de los 20: “Lo importante es mostrar que el ritmo de la conducción del ajuste económico está en marcha y que no sufrirá ningún cambio de rumbo”, dijo.

El PSDB tiene una experiencia exitosa en el salvataje de una economía maltrecha. Cuando a fines de 1992 Itamar Franco heredó el gobierno de Fernando Collor de Mello ‒que renunció para evitar ser destituido en juicio político‒, la situación era mucho peor que la actual y quien la enderezó desde el Ministerio de Hacienda fue el líder histórico del PSDB, Fernando Henrique Cardoso, que creó el Plan Real. Tan bien le fue, que dos años después fue electo presidente y cuatro años más tarde, reelecto. No pocos analistas sostienen que difícilmente Lula hubiera logrado los resultados que obtuvo en materia de crecimiento económico e inclusión social si no hubiera contado, además de con un contexto internacional especialmente propicio, con la herencia de Cardoso. Pero, como se dijo, la situación actual no es la misma. Y aunque lo fuera, nada garantiza un nuevo suceso.

En lo que respecta a los liderazgos políticos, “Temer es un presidente no querido” pero “el PT no tiene más popularidad que Temer”, advirtió uno de los argentinos que más conoce a Brasil, Jorge Rodríguez Aparicio ‒director de la Cámara de Comercio Argentino Brasileña (Cambras)‒, durante un panel que compartimos este domingo en el programa de televisión de Eduardo Serenellini. Hace menos de seis meses, cuando Rousseff todavía estaba en el gobierno, la brasileña Gil Castillo, presidenta de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (Alacop), me decía: “La opinión pública está resentida con toda la clase política. No hay ninguna encuesta de evaluación de credibilidad de las instituciones que no tenga en el último lugar a la clase política. Hay una gran masa de personas que están insatisfechas con toda la situación, porque atribuyen la corrupción a todos los políticos.” Ya entonces, Castillo vislumbraba un futuro que hoy parece mucho más nítido en cuanto a la dificultad para imaginar al ganador de las presidenciales de 2018: “Con todas estas crisis, muchos dirigentes históricos están pasándose a partidos que no tienen ningún tipo de mancha, como el Partido Verde, o a partidos nuevos que están surgiendo. Es un proceso muy parecido al de la Argentina de 2001-02.”

En el mejor de los casos, si los planetas se le alinearan, Temer podrá pasar a la Historia como el líder que fue capaz de apaciguar una situación explosiva, aun pagando enormes costos sociales y de popularidad propia. Algo comparable a lo que le sucedió a Eduardo Duhalde en la Argentina de 2002-03. Pero hoy, a poco más de dos años de ese veredicto, cuesta imaginar como probable al mejor de los casos. Y si Brasil se resfría, buena parte de la región corre el riesgo de contraer gripe.

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