Por Daniel Casas

Hace cuatro años tuve la oportunidad de visitar por razones de trabajo la bellísima ciudad de Medellín, capital del poderoso estado colombiano de Antioquia, cuna del artista plástico Fernando Botero y famosa por haber sido la sede del cártel que hace 30 años puso a Colombia en el mapa internacional del crimen, de la mano de Pablo Escobar.

Medellín tiene varios puntos de contacto con Rosario. Además de la belleza arquitectónica y paisajística, ambas tienen una cultura pujante, se posicionan como la segunda ciudad de sus respectivos países (aunque la discusión de la urbe santafesina con Córdoba por ese puesto no está saldada), tienen un cinturón de pobreza alarmante y una violencia enquistada inocultable. Pero difieren en la forma en que abordan estos problemas.

Comparar a Rosario con Medellín puede ser un exceso que choca contra las estadísticas. La ciudad argentina está en una escalada de violencia, producto de la marginalidad y del establecimiento y consolidación de organizaciones de narcotraficantes, que hace que en lo que va del año se hayan registrado más de 1000 muertes violentas (1038 hasta la semana pasada, para ser exactos), lo que lleva la tasa de asesinatos a 11/100.000 habitantes.

Medellín festeja que en 2014 fue de 28/100.000, que implican 1251 muertes violentas en ese año, la tasa más baja en el último cuatro de siglo. Para entender este festejo hay que recordar que en 1991, cuando Pablo Escobar le había declarado la guerra al Estado colombiano, murieron en forma violenta 7981 personas.

La última semana los ciudadanos de Rosario salieron a las calles a reclamar seguridad, hartos de los asesinatos y de la violencia que parece haberese hecho carne. La gente exige soluciones y la primera reacción del gobierno nacional es enviar 1500 gendarmes para incrementar la seguridad. Esto ya se hizo entre 2014 y 2015, cuando Gendarmería destinó una cantidad similar de efectivos durante un año, lapso el que no se redujo la tasa de muertes violentas.

Durante aquella visita a Medellín recorrí, conveniéntemente acompañado por contactos locales, algunos de los sectores más conflictivos de la ciudad. Lugares llenos de historias trágicas, de enfrentamientos de bandas que, aunque están lejos de ser un problema superado, hoy permiten vivir sin tener que andar esquivando balazos.

Estuve entonces en la Comuna 13, San Javier, una de las más violentas y disputadas por las bandas criminales porque quien la domina controla la salida de la ciudad hacia la región de Urabá, que está sobre el Pacífico. Subí hasta la cima del cerro en las famosas escaleras mecánicas con las que en lugar de aislar se conectó a la población con el resto de la ciudad. Y bajé recolectando historias y observando puestos de efectivos policiales, similares a los gendarmes argentinos, que están instalados en medio de esa barriada peligrosa.

También estuve en la cima de otro cerro, en el barrio Santo Domingo Savio, al que llegué en un metrocable, que también conecta con un tren moderno que lleva a los habitantes de esa barriada periférica al centro de la ciudad.

En ese barrio está instalada la magnífica Biblioteca España, realizada con el aporte de ese país en un acuerdo para contribuir al plan de transformación social de Medellín, que en lugar de aislar consistió y consiste en integrar, aunque no dejan de producir escozor y malos recuerdos las patrullas de distintos cuerpos armados que patrullan constantemente la ciudad.
Todo esto viene a cuento de que la decisión de enviar gendarmes para controlar la seguridad en Rosario puede ser un paliativo, incluso necesario, pero sin un plan integral, que se defina como una política de Estado los resulados seguirán siendo negativos.
El cinturón de pobreza de Rosario es legendario. Es una de las ciudades que más y más rápido sufre la desocupación en cuanto la taba de la producción se da vuelta. Pero además es el asentamiento elegido por bandas narcos, entre las que se destaca la de Los Monos, gracias a un combo que comprende corrupción, desidia y laxitud jurídica.

Es sobre ese cinturón de pobreza que tienen que actuar los estados muncipal, provincial y nacional, además de reprimir el delito y el tráfico de drogas, que según los expertos baja alegremente desde la frontera, a más de mil kilómetros, por el río o en avionetas o en paracaídas o por ruta.

La comparación con Medellín, como se dijo, puede ser arbitraria y hasta injusta, pero el trabajo que encararon los políticos de distintos partidos en esa ciudad, es un ejemplo a imitar. Basta imaginar a Rosario con un 70 por ciento menos de violencia, como ocurrió en Medellín, para entender lo que significarían buenas políticas de Estado.

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