Por Daniel Casas

A fines de los años ’90 Felipe González acuñó la que tal vez sea su metáfora más famosa, al comparar su rol de ex presidentes con esos enormes jarrones chinos que nadie sabe adónde poner, que en todos lados estorban, hasta que alguien se anima y los arrumba en un rincón. Mucho antes de lo imaginable, algo similar ocurre dentro del peronismo con la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien por estos días se propone recorrer algunos distritos del Gran Buenos Aires gobernados por el PJ y si bien nadie se anima aún a desairarla no son pocos los intendentes que admiten en privado que preferirían no tener que ser sus anfitriones.

En el peronismo se perdonan muchas cosas, menos la derrota. Y la ex presidenta -que bajó a Florencio Randazzo de la carrera presidencial y avaló a Aníbal Fernández como candidato a gobernador y le puso como candidato a vice a Martín Sabbatella- es considerada con razón la dueña de un gran porcentaje de la derrota que mandó al partido al desierto de la oposición.
Pero además sospechan que la movida de CFK es parte de una estrategia judicial, en momentos en que las causas en su contra se acumulan en los tribunales federales de Retiro, y recelan de en ese tren aspire a postularse como senadora por la provincia de Buenos Aires, en busca de fueros.
El recelo es porque temen que su presencia sea refractaria para potenciales votantes, lo que en definitiva terminaría por beneficiar al gobierno de Mauricio Macri. Pero también porque una vez más los subordinaría a su estrategia, un trauma por el que ya pasaron cuando su poder no estaba en discusión.
La prueba más palmaria del desapego de los dirigentes del PJ con la ex jefa quedó expuesto hace un par de semanas, cuando ninguno se sumó a la foto para respaldar a Hebe de Bonafini ante el intento de hacerla comparecer por la fuerza pública para que declare en la causa por una estafa con el programa de construcción de viviendas Sueños Compartidos.
Nadie, salvo los kirchneristas puros que dependen de la jefa para subsistir, e inesperadamente el vicepresidente del PJ, Daniel Scioli, quieren estar en ese barco, aunque reconocen que ninguno tiene el poder de convocatoria de la ex mandataria. El problema es que tampoco tienen resto para romper lanzas, por eso es que la anunciada ruptura de lo que queda de los bloques parlamentarios se ha postergado una vez más.
Aunque en esta postergación también ha incidido el gobierno, que abre frentes políticos como el de las tarifas, que tienen el efecto de aglutinar a la oposición.
A pesar de estas demoras, está claro que más por necesidad que por convicción los gobernadores no quieren llevar al gobierno a una calle sin salida.
Y lo mismo ocurre con los principales dirigentes del poderoso distrito bonaerense, que más allá de los meramente declarativo tienen que cuidar la relación con la gobernadora María Eugenia Vidal, no sólo porque necesitan poder gestionar sino porque son concientes de que el peronismo tiene que sacarse de la piel el estigma de que cuando están en la oposición hacen lo posible y algo más para generar la caída de quien les ganó.
Esto es lo que a todas luces desea el kirchnerismo duro; se percibe en cada gesto, en cada declaración, en cada campaña de sus troll center (operadores en la web, especialmente en las redes sociales), que aunque se los adjudican sólo al PRO también los hay del PJ.
Pero una hipótesis de caída acelerada no es lo que quieren los peronistas no kirchneristas, o los que lo fueron y hacen lo posible por olvidarlo. Los que se ven con posibilidades son cautos porque saben que necesitan parir nuevos liderazgos y eso lleva tiempo. Tienen que llegar en buenas condiciones a las internas para las elecciones legislativas del año que viene, con la esperanza de que las PASO salden las disputas con menos sangrías que las del año pasado, hacer un buen papel en los comicios y recién entonces prepararse para ser una alternativa de poder en 2019.
No es poco para la ansiedad de quienes se sienten incómodos en la arena de la oposición, pero sin esos pasos no podrán aspirar a suceder a Macri. Salvo, claro está, que la economía se desmadre defintivamente y todo derive en un nuevo pandemonium que, como se dijo, hoy por hoy sólo está en los deseos imaginarios del kirchnerismo.

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