Por Daniel Casas

Araca quiere decir en lunfardo “cuidado” o “atención”. De ahí que el título del tango “Araca la cana”, que compusieron en 1933 el letrista Mario Rada y el músico Enrique Delfino, en realidad debe traducirse como “cuidado, (viene) la policía”. En cualquier caso, la advertencia es adecuada para la gobernadora María Eugenia Vidal, que tiene que administrar la compleja provincia de Buenos Aires con la controvertida Policía Bonaerense como auxiliar de la Justicia.

Vidal carga con la responsabilidad de demostrar que puede sostener el rol de figura emergente de la política argentina y que puede gobernar sin que se le desbarate el epinoso tema de la seguridad, que será uno de los elementos de peso en las trascendentales elecciones legislativas de 2017.

La ratificación que hizo días atrás del comisario Pablo Bressi como titular de la Policía Bonarense es un gesto de autoridad tal vez necesario desde la política, luego de la comentario en forma de brulote que le lanzó la líder del ARI, Elisa Carrió, quien afirmó que “lamentablemente en la Provincia tienen a uno de los cómplices del narcotráfico, que es Bressi”.

El jueves de la semana pasada, el último del mes de julio, finalmente se concretó un encuentro que Carrió prefería mantener en secreto pero que Vidal necesitaba que se hiciera trascender. Fue tras esa cena que la gobernadora ratificó al jefe de la Bonaerense “hasta que no haya pruebas o denuncias concretas” en su contra.

La temperamental diputada atraviesa en estos momentos un problema de salud que la tiene a maltraer, que aparentemente se manifiesta en la baja del potasio en su cuerpo. Será eso lo que vuelve inestable la conocida pólvora de sus declaraciones, pero independientemente de las apreciaciones políticas, la acusación guarda verosimilitud.

Bressi, quien estuvo a cargo del operativo policial que terminó en la masacre de Ramallo, en 1999, pasó varios años de ostracismo dentro de la fuerza hasta que hace algo más de 10 años llegó a la Superintendencia de Tráfico de Drogas, donde estableció nuevos y poderosos vínculos.

Eso explica lo que develó a partir de los dichos de Carrió el ex gobernador bonaerense y actual diputado del Frente Renovador, Felipe Solá, quien cuando en diciembre cuestionó con conocimiento de causa la designación de Bressi al frente de la fuerza obtuvo de boca del ministro de Seguridad, Cristian Ritondo, una explicación preocupante: “Lo pidió la embajada (de los Estados Unidos) y la DEA”.

Bressi, como es lógico, armó su propio estado mayor, lo que implica pases a retiro y purgas, cuyas consecuencias que se reflejan por diversos lados. La Policía Bonaerense es una fuerza de casi 90 mil efectivos, con distintos focos de poder y de corrupción que no siempre responden a un órden piramidal.

Basta recordar en la década del 90 cuando el entonces gobernador Eduardo Duhalde intentó depurar con el ex camarista Carlos Arslanián como ministro de Seguridad a la que había calificado como “la mejor policía del mundo”, aparecieron los planteos de un grupo de desplazados identificados como los “sin gorra” y florecieron los hechos delictivos que se leyeron como advertencias al poder político.

Esa lógica cuasi mafiosa también puede encontrarse en los hechos de los últimos meses, sin necesidad de bucear muy lejos de la superficie. En febrero tres oficiales afines a Bressi fueron arrestados por brindar protección a narcos en Esteban Echeverría. En marzo estalló un escándalo en la jegatura Departamental de La Plata, a cargo del bressista comisario Alberto Domsky, cuando se decomisó un maletín 150 mil pesos guardados en sobres, con el destinatario escrito en cada uno.

Junio también fue un mes complejo, en el que se encontraron policías revisando la antesala del despacho de la gobernadora y presuntos ladrones entraron a robar en la casa del ministro de Gobierno, Federico Salvai, y poco después, a inicios de julio, hubo un atentado contra la fachada del Ministerio de Salud bonaerense.

A esto podría sumarse el robo en la casa del ex futbolista Hugo “Perico” Pérez, ubicada en el partido de Avellaneda. Es la 12° vez que le roban, explicó este fin de semana el damnificado, que por su pasado por varios clubes de primera división tiene difusión asegurada.

Parte de estos hechos, además de los rencores por los reacomodamientos de la cúpula policial tienen que ver con algunas decisiones de Vidal, quien sin perder la sonrisa ha anunciado que 200 policías dejarán la fuerza, y no son los primeros de estos caso ocho meses de gestión.

El periodista Ricardo Ragendorfer, respetado como uno de los expertos más agudos de las entretelas de la Bonaerense, recordó en una reciente columna que en 2009, cuando el fiscal Carlos Stornelli tuvo un paso efímero por el Ministerio de Seguridad provincial, cambió la jefatura del área Automotores, una de las cajas de recaudación más preciadas. Hubo un rebrote de asaltos violentos con muertes de mujeres de clase media, lo que aseguraba una amplia repercusión mediática, y el fiscal volvió a la Fiscalía.

Este es apenas un esbozo del potro que tiene que domar Vidal para poder aspirar a domar una provincia en la que según el último estudio de la Procuración General bonaerense en 2015 hubo 1247 asesinatos, de los cuales 213 tuvieron al robo como móvil. Demasiados como para no contar con una fuerza profesional y confiable, que más que un aporte a la solución es parte imporante del problema.

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