Por Aníbal Gutiérrez 

“Conocer la verdad duele pero es, sin duda, una acción altamente saludable y liberadora”. Esta frase fue pronunciada por Monseñor Gerardi cuando presentó, en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de Guatemala, el Informe de Recuperación de la Memoria Histórica el 24 de abril de 1998. Ese informe detallaba las masivas violaciones de derechos humanos cometidas durante más de tres décadas de conflicto armado interno. Dos días después era asesinado.

Tres años después de ese trágico día fue condenado por su participación en el hecho el Capitán Byron Lima Oliva, miembro del Estado Mayor Presidencial a cargo de la seguridad del Presidente Álvaro Arzú.

A partir de ese momento, Lima inició la construcción de su poder dentro del sistema penitenciario guatemalteco llegando a ostentar un poder cuasi absoluto dentro y fuera de los penales de ese país.

Durante los más de quince años que pasó recluido fue amo y señor de la vida y la muerte dentro de la cárcel, financió campañas presidenciales, armó maquilas para acumular grandes cantidades de dinero, se lo vinculó con el tráfico de armas y drogas, mientras a su antojo ponía y sacaba directores y otros altos cargos del servicio penitenciario. Todo siempre bajo el amparo de las más poderosas estructuras del crimen organizado integradas y conducidas por militares y agentes de inteligencia.

Durante la campaña presidencial que llevo a Otto Pérez Molina a la primera magistratura en el año 2011 se supo que parte del merchandising que utilizaba el Partido Patriota era confeccionado por sus “estructuras productivas”, así como circularon fotos de fiestas y actos partidarios que se realizaban dentro de la prisión.

Fue visitado como si fuera una estrella del espectáculo al que valía la pena conocer y entrevistar. Siempre recuerdo una reunión que tuve con una persona de una organización civil quien, después de visitar al capitán, me mostró orgullosa un souvenir que le había dado al finalizar la charla: una miniatura de una remera de la oscura fuerza de élite del ejército guatemalteco, los kaibiles.

Parecía que el horrendo crimen que había cometido, y todos los que seguía cometiendo, no eran un impedimento para su fama. Periodistas, analistas, militantes de organizaciones sociales, políticos y demás lo veían a diario, a veces dentro del penal y otras afuera.

Así fue hasta el último día. El pasado 18 de julio dentro de la cárcel de Pavón fue asesinado mientras recibía la visita de una joven argentina de 24 años que no se sabe bien en que carácter lo visitaba de manera periódica.

Para matarlo ingresó al penal durante el fin de semana inmediatamente anterior a su muerte armamento de grueso calibre, y según informaron fuentes oficiales, se trató de una operación realizada por El Taquero, un narcotraficante condenado por la matanza de una quincena de ciudadanos nicaragüenses en un bus incendiado.

Seguramente se tejerán infinidad de versiones acerca de los motivos y los autores materiales e intelectuales de esta muerte. Igual que en la muerte de Monseñor Gerardi, cuando hasta un perro fue acusado del asesinato, las usinas de rumores y desinformación trabajarán a pleno para esconder a los verdaderos responsables.

En definitiva, parece que a pesar de los años transcurridos, el poder real sigue siendo el mismo.

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