Por Daniel Casas

Si se coloca un sapo dentro de una cacerola con agua fría y se la pone al fuego el batracio no salta fuera del líquido sino que va adaptando su temperatura corporal a las nuevas condiciones hasta que no puede más y revienta. La alegoría no es nueva, pero sirve como pocas para graficar el proceso que está atravesando el sindicalismo argentino, que tampoco es nuevo.

Lo que aún no queda claro es qué significa para el movimiento obrero organizado reventar como el sapo de la olla. Puede ser un lógico recambio generacional que se viene anunciando desde hace tiempo. Puede ser el fantasma de que el crecimiento de la conflictividad haga crecer desde las bases a las agrupaciones de izquierda, que no se reivindican como peronistas. Puede ser también una crisis de proporciones que termine por parir un nuevo alineamiento.

En cualquier caso, la unificación de las tres CGT, la Azopardo, conducida por Hugo Moyano hasta esta semana; la Alsina, conducida por Antonio Caló, y la Azul y Blanca, conducida por Luis Barrionuevo, anunciada con bombos y platillos para el 22 de agosto, no entronizará a una figura única sino que seguramente será a través de una conducción colegiada, que es una forma de juntarse sin resolver las cuestiones de fondo, ni dentro ni hacia fuera de cada nucleamiento.

Si bien es un clásico que el movimiento obrero, mayoritariamente peronista, se divide cuando gobierna el PJ y se unifica cuando gobierna una fuerza política de otro signo, en este caso hay muchas facturas impagas entre las centrales obreras, que no han salido indemnes de los 12 años de hegemonía política del kirchnerismo.

Una de las pocas cosas claras es que los tres actuales secretarios generales pasan a cuarteles de invierno. De hecho, Moyano lo hará esta misma semana, cuando vence su mandato como titular de la CGT Azopardo, y ya ha dejado virtualmente designado al titular del gremio de Dragado y Valizamiento, Juan Carlos Smith, como el representante del sector en el triunvirato que intentará representar a la casi totalidad del movimiento obrero desde agosto.

La designación de Smith, un hombre del riñón moyanista, no ha sido sencilla, porque aspiraban a ese lugar otros dirigentes, como Omar Maturano (de La Fraternidad), e incluso Pablo Moyano, el hijo mayor que heredó la conducción de Camioneros y funciona como una suerte de Mr. Hyde de su padre, quien de todos modos lo bajó públicamente de esa candidatura porque, dijo, “no está para eso”.

En cualquier caso, no sólo el mundo sindical está atento a la evolución del proceso, sino también es de interés central para el gobierno, que aunque a veces parece que no sabe cómo hacerlo prefiere tener un diálogo fluído con los gremios, sobre todos con los que tienen el poder de paralizar al país e instalar una sensación de caos. Es decir que tiene un poder de fuego del que por el momento no dispone el peronismo puesto en el incómodo rol de opositor.

Por este motivo en el feriado puente del 8 de julio el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, confirmó que se les devolverán a los gremios parte de los 30.000 millones que componen el Fondo Solidario de Redistribución (FSR) a las obras sociales sindicales, un extenso reclamo que calmará más a las cúpulas sindicales que a las bases, pero que no es poca cosa.

Para equilibrar esa ecuación, también se propone desde el gobierno modificar por ley el impuesto a las ganancias, con apliación a partir de 2017, y la ampliación de los beneficiones de las asignaciones familiares.
Claro que no será todo un campo llano, porque la devolución del FSR implica un escaneo de la situación de cada obra social sindical para determinar cuáles están desfinanciadas, a cuáles se les debe reinterar dinero por tratamientos y medicación. Para esto ya se puso en marcha una comisión integrada por el Ministerio de Salud, la Superintendencia de Servicios de Salud y los gremios.

De todos modos, si el gobierno logra contener con estas medidas el descontento de los gremios reunidos en la o las CGT estará ganando un tiempo de paz relativa fundamental para no atemorizar a los inversores que, presuntamente, están interesados en invertir en la Argentina administrada por Mauricio Macri.

Quedan por afuera la dos vertientes de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), dos nucleamientos menores que se indentifican como CTA de los Trabajadores, liderada por el otrora kirchnerista radicalizado Hugo Yaski, y la CTA Autónoma, conducida por Pablo Micheli, quienes ahora coinciden en un discurso más combativo que el de los popes de las CGT.

Esa coincidencia en el discurso, que se dio a partir de que Yaski dejó de tener el abrigo del gobierno kirchnerista, los llevó a hablar de una eventual reunificación para enfrentar la pérdida de puestos de trabajo en el Estado, que es de donde proviene gran parte de sus afiliados.

La Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) es una columna vertebral para ambas centrales obreras, aunque su fuerza en los organismos estatales está relativizada por el poderío del otro nucleamiento estatal, la Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN), cuyo máximo dirigente, Andrés Rodríguez acordó con el gobierno proteger a sus afiliados y no ha dicho ni media palabra ante la decisición de depurar la grilla de la administración pública que les dejó el kirchnerismo.

El problema mayor con estos amagues de reunificación se la ha generado a Micheli, quien está siendo jaqueado a diario por los sectores de izquierda que componen su central obrera y atisban la posibilidad de alzarse con esa estructura.

Así, aquel sapo de la olla sigue adaptándose al cambio de temperatura y nadie sabe a ciencia cierta si se pegará un salto para romper la alegoría o reventará. Lo que está claro es que en el menú de muchos de los actores, el sapo figura como plato principal.

 

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