Por Daniel Casas

“Esto es (el efecto Donald) Trump”, sintetizó el demócrata Peter Quilter cuando, días atrás, este cronista le marcó su sorpresa por el nivel de coincidencias con el republicano Daniel W. Fisk, al fin de un almuerzo compartido.

Quilter y Fisk son dos cuadros profesionales especializados en política exterior de los dos principales partidos políticos de los Estados Unidos y vinieron a la Argentina para interiorizarse de los cambios operados tras el cambio de gobierno y a explicar el fenómeno Trump y lo que podría significar su eventual llegada a la Casa Blanca, si en las elecciones presidenciales de noviembre consigue derrotar a la demócrata Hillary Clinton, ambos virtuales candidatos de sus partidos.

En una prieta síntesis, ambos coinciden en que si ganara el candidato republicano no podrá hacer muchas de las cosas que dice para conseguir votos, porque el sistema estadounidense no prevé que los presidentes, por más fuertes y populistas que sean, hagan lo que se les antoja. Pusieron como ejemplo la política migratoria del actual presidente, Barack Obama, que quedó trabada en la Justicia.

Pero además dejaron la sensación, a este y a otros periodistas y dirigentes argentinos que compartieron la mesa, de que en caso de que Trump gane la presidencia, los representantes de ambas fuerzas en el Congreso estadounidenses limarán sus asperezas y archivarán sus diferencias para controlar que el verborrágico empresario no se desmadre.

Puestos a trazar analogías, es bastante difícil imaginar que algo así pudiera haber sucedido en la Argentina, al menos en la reciente, donde la cultura política presidencialista suele acompañarse con sueños hegemónicos de los que llegan al gobierno.

Lo soñó Raúl Alfonsín, cuando en la primavera democrática hablaba del “tercer movimiento histórico”, lo buscó Carlos Menem, cuando consiguió reformar la Constitución para poder se reelecto y, sobre todo, lo puso en marcha Néstor Kirchner, cuando imaginó una alternancia de al menos 20 años en el poder con su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, sin imaginar que su muerte temprana truncaría ese proyecto, antes de que lo hiciera la propia dinámica de la política.

El caso es que hoy, luego de haber perdido a manos del PRO de Mauricio Macri la Nación y la Provincia de Buenos Aires, el peronismo está en medio de un proceso de deskirchnerización, acelerado por los hechos de corrupción de larga data que salen a la luz.

Ese proceso de mutación de identidad partidaria, si se quiere no tan distinto de los que se dieron con el menemismo y el duhaldismo, se refleja en el desgrane de las bancadas peronistas del Congreso de la Nación, de la Legislatura bonaerense y hasta del Parlasur, y también en la diferenciación de gobernadores a intendentes que, luego de padecer durante años el rigor del alineamiento con el kirchnerismo, buscan nuevos horizontes para resistir, reciclarse y ofrecerse de nuevo como alternativa de poder, que es lo que lleva en su ADN todo peronista que se precie.

El arribo de Cristina Fernández de Kichner a Buenos Aires, en busca de aire político en medio de la embestida judicial que investiga su presunta vinculación en causas por enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, puede taponar por unos días la sangría, pero difícilmente consiga detenerla.

La ex presidenta ha demostrado una vez más que es la dirigente política con mayor capacidad de convocatoria, pero no deja de ser una virtud que se agota en sí misma. Lejos de beneficiar al peronismo, sus apariciones en la escena política impactan negativamente hacia adentro de su partido y, por contraste, benefician al gobierno de Mauricio Macri.

“Si yo fuera Macri, cada vez que Cristina quiere venir a Buenos Aires le pondría los micros para que lleve a su gente”, dijo a este periodista un consultor político que suele medir con precisión las reacciones de la sociedad ante cada hecho conmocionante.

En ese punto, una vez más forzando las analogías, Cristina Fernández de Kirchner logra el mismo efecto que Donald Trump con los dirigentes de su país, consigue unirlos en la lógica borgeana del espanto con tal de ponerle freno.

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