Por Aníbal Gutiérrez

Alguna vez leí que la frase del título fue pronunciada por Gabriel García Márquez ante las constantes críticas a su Colombia por la violencia que cruzaba en todas direcciones a ese país.

La América que crece al sur del río grande es, seguramente, una de las regiones más desiguales del mundo. En nuestros países conviven realidades de siglos pasados con la modernidad del actual. Nos habituamos a ver las pequeñas casas de barro y paja en algunas provincias del norte argentino, coexistir con las imponentes torres construidas en las zonas más exclusivas de la ciudad de Buenos Aires.

En esta realidad creció la violencia en Latinoamérica. Según el Informe de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en la primera década del siglo XXI hubo en nuestros países más de un millón de homicidios convirtiéndola en la región más violenta del mundo.

Las causas son múltiples, a la desigualdad ya nombrada debemos agregar la globalización, la pérdida de valores, el crecimiento demográfico, la expansión del consumo, la falta de planificación urbana, y por sobre todo la absoluta falta de capacidad del Estado de hacer frente a una de sus obligaciones esenciales, como es la de brindar seguridad a sus ciudadanos.

Durante buena parte del siglo pasado el principal problema de seguridad era la violencia política que imperaba en la casi totalidad de los países latinoamericanos. Pero una vez finalizada la ola de dictaduras militares, y los gobiernos civiles electos por el voto del pueblo pasaron a ser mayoría en la región, la seguridad pasó a ser un problema distinto. Fue necesario construir fuerzas policiales capaces de combatir al crimen, y no regularlo como hacían hasta ese momento, y que las fuerzas armadas no participaran más de la seguridad interior.

Es evidente que esta tarea aún no ha concluido. Son varios los países que todavía utilizan a las fuerzas armadas en tareas de prevención policial, y muy pocas las instituciones policiales que han sido realmente reformadas y convertidas en verdaderos cuerpos profesionales. Por algo la mayoría de las encuestas que se realizan a nivel regional muestran a la Policías como las instituciones que menos confianza inspiran en sus ciudadanos.

De nuestro pasado totalitario heredamos un Estado débil e incapaz. La reconstrucción de las instituciones públicas es imprescindible para afrontar con éxito nuestro presente de violencia y corrupción.

A pesar de las más de tres décadas pasadas desde la el inicio de esta etapa democrática la tarea está muy lejos de finalizar.

La realidad actual nos muestra que el Estado fue cooptado nuevamente. A mediados del siglo pasado lo fue por militares, y en la actualidad lo es por el crimen organizado en sus distintas variantes.

Una vez más la ciudadanía deberá asumir el rol que le toca en esta hora. A principios de la década de 1980 lo hizo reclamando a los gobiernos totalitarios su salida del poder para así retomar las riendas de su futuro. Tal vez en esta segunda década del siglo XXI deba hacerlo nuevamente y desalojar a las distintas estructuras que, disfrazadas de democracia, solo buscan su beneficio personal.

Tal vez así podamos salir de la Edad Media.

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