Por Diego Barovero

Se conmemora medio siglo del fatídico golpe militar que puso violento final al gobierno constitucional del presidente Arturo Umberto Illia. Había nacido con el siglo el 4 de agosto de 1900 y falleció el 18 de enero de 1983 cuando los argentinos nos encaminábamos a la construcción de nuestra democracia.

Hombre de partido, radical de hacha y tiza, médico de pueblo, humanista notable, se había fogueado políticamente en la Córdoba que fue cuna del reformismo universitario y en las luchas de la UCR mediterránea que capitaneaba Amadeo Sabattini que ganó limpiamente elecciones a los conservadores del fraude. En dicha provincia fue senador provincial y vicegobernador de la gestión progresista de Santiago del Castillo.

Llegó al Congreso en 1948 para incorporarse a la legendaria bancada radical de los 44 que presidía Balbín y vicepresidía Frondizi (fue amigo de ambos aún luego de las discrepancias que los llevaron a la división partidaria) y, ya convertido en referente nacional insoslayable del radicalismo, fue elegido gobernador de Córdoba en 1962 aunque no pudo asumir por la anulación de los comicios que precedió a la destitución del gobierno constitucional de entonces.

Fue elegido presidente en 1963 con el 34% del total de los votos afirmativos válidos emitidos – que representaba el 25% del total del padrón electoral – por sobre el l9 % de votos en blanco del peronismo y el 16 % de la UCRI. Pero como la elección presidencial era indirecta, es decir a través de colegios electorales, según la Constitución Nacional vigente entonces, Arturo Illia superó el 56% de los electores.

El argumento, tan común en los opositores de la época y algunos historiadores actuales, de la falta de legitimidad de su gobierno, con esos datos poco conocidos y muchas veces tergiversados, ha quedado definitivamente desmentido por la verdad histórica.

Asumió el mando  el 12 de octubre de 1963 y fue un presidente ejemplar, mal que les pese a los militares que lo derrocaron en concupiscente pacto con sindicalistas corruptos, periodistas ganapanes y mandaderos del poder financiero.

Algunos comunicadores, muchos políticos (no pocos de sus propios correligionarios) suelen limitar su análisis de la figura de Illia a su condición de hombre bondadoso, respetuoso de las formas democráticas y a su honradez proverbial. Incurren en una omisión acerca de las verdaderas condiciones de estadista que enmarcan su personalidad.

Durante su gobierno impulsó un fuerte proceso de nacionalismo económico (anulación de contratos petroleros lesivos de la soberanía nacional, Ley de Medicamentos) y planificación indicativa, la defensa de los intereses de los sectores populares asalariados (Ley del Salario mínimo, vital y móvil, mayor participación en la distribución de la renta nacional), la mayor inversión presupuestaria en educación, ciencia y tecnología (25% del Presupuesto Nacional) y una política exterior de firme contenido antiimperialista, americanista y de autodeterminación de los pueblos. Fue entonces que se logró el máximo éxito diplomático respecto del reclamo sobre la soberanía argentina en las Islas Malvinas a través de la Resolución 2065 de la ONU que imponía a Gran Bretaña el diálogo bilateral que hubiera significado a mediano o largo plazo la recuperación pacífica del archipiélago.

Su desaparición física privó a los argentinos de una referencia insoslayable en el momento de la reconstrucción democrática. Ello  no nos impide reconocer el inmenso legado doctrinario de alta política que nos dejó el presidente Arturo Illia que debería ser ejemplo para nuestros hombres y mujeres gobernantes de cualquier signo partidario.

 

El autor es abogado y Vicepresidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano (República Argentina)

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