Por César Grinstein (*)

CFK no sabía. ¿Qué es lo que no sabía? No sabía que un secretario de Estado, segunda autoridad de un ministerio como el de Planificación, por el que pasaba una abrumadora porción de los dineros del Estado que ella administraba, era parte de un mecanismo de corrupción como nunca, jamás, se vio en la Argentina.

Licitaciones amañadas, coimas, retornos, obras inconclusas o directamente inexistentes (aunque pagadas), jamás fueron detectadas por ella.

Esta ignorancia selectiva pone de manifiesto, entonces, que nunca estuvo capacitada para ejercer el cargo desde el que comandó el peor gobierno de la historia de la democracia argentina. Porque no se puede, o al menos una persona consciente no debe, esgrimir como defensa su propia incompetencia.

En este punto, resulta menester recordar que un Ministerio forma parte del Poder Ejecutivo. No es una oficina lejana, una dependencia apartada. El sistema ministerial constituye el corazón de un ordenamiento funcional y de control como es la Presidencia de la Nación.

Si un presidente no sabe que un encumbrado funcionario de un ministerio de su gobierno es un vulgar ladrón que roba fondos públicos durante más de una década, entonces ese presidente es un incompetente absoluto para ejercer las altísimas responsabilidades que su cargo demanda. Esta ignorancia lo inhabilita.

Un incompetente es un ignorante que decide actuar de todas maneras, haciendo caso omiso de su falta de sabiduría. Buena parte de la miseria que sufre la Argentina se debe al accionar de incompetentes con carnet.

CFK acaba de confesar que no sabía “quién le dio la plata a López” (tal vez lo único que le importaba a CFK no fuera quién le dio la plata, sino que López se la entregara a ella).

Primera conclusión, entonces: Si CFK no sabía, no debiera haber ejercido la Presidencia. Porque, siempre siguiendo su reveladora confesión, no estaba apta para ejercer con habilidad el cargo de presidente de la Nación Argentina para el que había sido elegida. Que Dios y la Patria, entonces, se lo demanden.

Y por el hecho de haberlo ejercido, en confesa incompetencia, durante dos períodos consecutivos, debería ser juzgada (y condenada dada su reciente confesión de parte).

Si alguna débil noción de decencia habita en la mente de la expresidente, debiera al menos pedir disculpas y retirarse definitivamente de la vida púbica de la Nación.

O bien: 

CFK sabía. ¿Qué es lo que sabía? Que existía un fenomenal sistema de corrupción que robó durante más de 10 años el dinero de los argentinos, que sumió en la pobreza a millones de habitantes de esta tierra, que provocó muertes, que impidió tratamientos médicos, que imposibilitó la educación de cientos de miles, que envileció la vida de todos.

No solamente lo sabía. Lo comandaba. Lo ordenaba, lo controlaba. Y usufructuaba con ello. Fue una ladrona exitosa, si se me permite el oxímoron. Buena parte de la miseria que sufre la Argentina se debe al accionar de inmorales y corruptos con patente de corso.

Segunda conclusión: Si CFK sabía, no debiera haber ejercido la Presidencia. Porque carente de una ética que le marcara el camino de lo correcto, de lo legal y de lo decente, no estaba apta para ejercer con honestidad el cargo de presidente de la Nación Argentina para el que había sido elegida. Que Dios y la Patria, entonces, se lo demanden.

Si alguna débil noción de decencia habita en la mente de la ex Presidente, debiera al menos pedir disculpas y retirarse definitivamente de la vida púbica de la Nación.

Porque sabía o porque no sabía, ambos caminos conducen al mismo puerto de llegada. Y merecen un único tratamiento: juicio y castigo. Porque por una u otra razón, hay algo que indudablemente CFK nunca supo: jamás supo ser presidente de la Nación Argentina. Por incompetente o por corrupta. No importa el camino que se recorra, la conclusión es la misma. Rompe, pierde, pincha, paga. CFK debe pagar.

Y que llegue el día en que, sentada en el banquillo de los acusados, expuesta ante todos y ante la historia, tenga que escuchar aquella sanadora frase de un enorme fiscal de la Nación: “Señores jueces: nunca más.”

(*) El autor es director general del Centro para el Aprendizaje en Organizaciones (CePAO).

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