Por Daniel Casas

En varias redacciones de Argentina se produjo el martes 14 de junio el siguiente intercambio: “En Salta están más contentos que en la (Casa) Rosada”, dijo un periodista que cubre peronismo, en alusión a la provincia que gobierna el aspirante a jefe del peronismo Juan Manuel Urtubey. “En Tigre también están felices”, aportó otro que sigue de cerca lo que pasa en el Frente Renovador, a la patria chica de Sergio Massa, otro potencial jefe del PJ. “Entonces tienen que estar muy, pero muy, contentos”, ironizó el que cubre Gobierno.

Tamaña explosión de felicidad estaba vinculada al escandaloso y bizarro episodio de la detención del secretario de Obras Públicas de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, José Francisco López, en la madrugada de ese martes, mientras revoleaba bolsos con casi nueve millones de dólares sobre la pared de un monasterio en la localidad bonaerense de General Rodríguez.
La escena, narrada cientos de veces durante esa jornada y las posteriores, consiguió lo que no habían conseguido los escándalos de las viviendas inconclusas de Sueños Compartidos (de la Asociación Madres de Plaza de Mayo) ni los videos de los seguidores de Milagro Sala retirando bolsones de dinero de un banco de Jujuy ni la tragedia del tren Sarmiento en la estación Once, donde murieron 51 personas. La sociedad, mayoritariamente, asoció al hecho con la corrupción de la gestión kirchnerista.
Sobre el final de ese día de asombro y de intenso trabajo en todas las redacciones, el consultor Jorge Giacobbe, rápido de reflejos, lanzó una encuesta telefónica de 900 casos que dio resultados categóricos, a pesar de que fue realizada mientras la Selección apabullaba a su par de Bolivia en el cierre de la primera ronda de la Copa América.
El 66% de los consultados dijo que el episodio le resultó “indignante”; el 21,8% dijo que lo de López le resultó “esperable”; el 6,8% opinó que se trató de “una campaña en contra del kirchnerismo”; el 3,6% dijo que el tema es de su interés; el 1,5% dijo no estar enterado de la noticia y el 1,1% ocupó el rubro de “no sabe/no contesta”.
Por razones de espacio vamos a centrarnos en el 66% de indignados, a quienes se le preguntó su simpatía política. Dieron esta respuesta el 66,5% de los que se declararon independientes o apolíticos; el 75% de los que se indentificaron con el PRO; el 64,8% de los que se presentaron como peronistas; el 48,7 % de los que se declaracion kirchneristas, el 51,3% de los massistas y el 58,5% de los que se identificaron con otra corriente ideológica.
Un par de días más tarde, Manangement & Fit teminó de procesar otro sondeo que consolidó la idea de que para una amplia mayoría de la población Cristina Kirchner estaba al tanto de los hechos de corrupción ligados a José López. El 63,5% se pronunció en este sentido, mientras que casi un 21% opinó que la ex Presidenta no sabía lo que pasaba en su propio gobierno, donde pocas cosas se hacían sin su consentimiento.
En la misma línea, el 59% de los consultados opinó que el escándalo es un hecho de corrupción ligado a toda la gestión kirchnerista, mientras que el 20,5% cree que es un hecho de enriquecimiento ilícito vinculado sólo con López. También poco más del 11% de las personas respondieron que es una causa armada. Una de cada diez de quienes dieron esta última respuesta afirmaron haber votado al Frente para la Victoria, y el resto no recordó a quién voto.
El caso es que, más allá de algunas lamentables justificaciones, entre las que por pudor ajeno y falta de calificación no conviene incluir a la de Hebe de Bonafini, la reacción de buena parte de los sectores de la sociedad que se identifican con el kirchnerismo fue de decepción, de devastación.
De ahí la alegría de las corrientes que desde dentro del peronismo intentan ser la alternativa para remozar la estructura partidaria del PJ tras la derrota electoral pero tienen delante la figura omnipresente de la ex Presidenta taponando toda posibilidad con una capacidad de convocatoria que no tienen ni el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, ni el líder del Frente Renovador, Sergio Massa, ni el ex ministro Florencio Randazzo, por citar algunos de los anotados en esa carrera.
El episodio de López, que no sólo fue la mano derecha del ex ministro Julio de Vido sino un hombre del riñón de Néstor Kirchner desde su primer gestión como gobernador de Santa Cruz, acelerará los tiempos en la interna del PJ, que tiene que rearmarse en los próximos meses para ser una alternativa votable en las elecciones legislativas de 2017.
Esta es la parte de la noticia que comienza a ser mala para el gobierno. Es claro que el gobierno gana tiempo justo cuando se avecina el ansiado segundo semestre, en el que está claro que la reactivación de la economía no estará en el menú. Pero también es cierto que en la figura de la ex Presidenta con una posibilidad de liderazgo latente en la oposición le resultaría muy útil para agitarla como una amenaza durante la campaña para las legislativas, que serán cruciales para la gobernabilidad de Mauricio Macri.
En los días previos al estallido del escándalo López las encuestas seguían ubicando al gobierno con más opiniones positivas que negativas. Por caso, el consultor Raúl Aragón dinfundió un estudio en el que las suma de imagen buena y muy buena de la gestión de Macri, 41,3% y 8,6%, respectivamente, supera a la suma de mala (26%) y muy mala (16%).
Falta ver el efecto de este escándalo en una nueva medición profunda, pero en todo caso hay que tener en cuenta la volubilidad de las opiniones de la sociedad. Es razonable pensar que por contraste estos números se amplíen en favor de Macri, pero también que si no aparece dinero circulante pronto, con la inflación en torno al 5%, el tiempo que se gane será corto.    
También falta ver si el caso López es la punta de un ovillo de corrupción que, bien tirado por la Justicia, podría traer entre sus hebras a muchas empresas, algunas que siguen trabajando con el actual gobierno. A eso apuntó la ex Presidenta en una carta que publicó en Facebook en la que preguntó quién le dio la plata a su ex funcionario, sea por sed de justicia o por la decisión estratégica de ampliar el espectro de responsabilidades al punto de que se tenga que saldar el tema por medio de una negociación política.

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