Por Aníbal Gutiérrez

Vivimos en una región que, desde siempre, estuvo atravesada por conflictos cuya resolución muchas veces significó sufrimiento para las grandes mayorías de cada uno de los pueblos que habitan desde México hasta la Patagonia, y solo de manera intermitente se lograron consensos que significaron importantísimos pasos adelante en nuestra historia.

Un ejemplo de ello es la declaración de la independencia argentina hace casi doscientos años en julio de 1816.

Después de la conformación del primer gobierno patrio en mayo de 1810 se desató una guerra independentista que, algunos años después, nadie sabía cómo terminaría. Las diferencias respecto de cómo se organizaría el nuevo país eran muchas, y se dirimían mediante cambios de mando, encarcelamientos y campañas militares.

A pesar de las diferencias se convoca a un Congreso constituyente en la ciudad de Tucumán que integran una treintena de representantes entre los que había dieciocho abogados, ocho sacerdotes y cuatro militares.

Las procedencias de esos representantes eran muchas y sus ideologías muy diversas, así como también la forma en la que creían debía organizarse esa nueva Argentina.

Ese Congreso fue capaz, con innumerables discusiones, de llegar al consenso necesario para firmar que las Provincias Unidas en Sud América se declaraban libres e independientes del Rey de España, sus sucesores y metrópoli, y de toda otra dominación extranjera.

Fue un ejercicio de diálogo y consenso, de acuerdo y de cumplimiento de los acuerdos alcanzados.

Esto que debería ser habitual, no lo es tanto. Las dificultades que tenemos para escucharnos, para discutir sin que signifique una declaración de guerra, para respetar la decisión de las mayorías y la opinión de las minorías, son inmensas. Lo vemos a diario en cada uno de los países de Latinoamérica, lo vemos en grandes cuestiones de Estado, y en pequeñas decisiones de asociaciones civiles, políticas o deportivas.

Y en estos tiempos difíciles que atravesamos en los que las diversas crisis (económicas, sociales, laborales, institucionales, de seguridad, de valores, etc) muestran buena parte de su esplendor, parece cada vez más necesario ejercer el arte del acuerdo.

La profundidad de la crisis muestra que la solución requerirá niveles de consenso y sostenimiento en el tiempo imposibles sin el concurso de las mayorías democráticas de cada uno de nuestros países.

Es hora de dejar de lado a aquellos que solo pregonan diferencias insalvables amparados en supuestas purezas ideológicas, porque solo quieren mantener los beneficios del poder cuando lo están ejerciendo, y recuperarlo cuando lo han perdido, sin importar los tiempos que marcan las leyes de la democracia, y sin importar la decisión de mayorías que de allí los sacaron.

Es tiempo de que las grandes mayorías sean capaces de dialogar, de escucharse, de disentir, de acordar y de respetar lo acordado. Y en esas grandes mayorías deberán estar todos los partidos políticos con verdadero sentir democrático, los trabajadores, los empresarios, los cooperativistas, las organizaciones de la sociedad civil, etc. Uno solo debería ser el requisito, estar dispuesto a dialogar franca y honestamente pensando en el bien de la mayoría y no en el beneficio pequeño del grupo al que se pertenece.

Acordar y respetar la acordado.

A casi doscientos años del día en que se declaró la independencia tal vez en la Argentina llegó el momento de volver a hacerlo.

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