Por Marcelo Gobbi (en Nueva York) (*)

Estoy de visita en esa Babel llamada Nueva York que, cada vez más, creo que integra aquel universo de Tlön que, supimos por Borges, una logia había inventado y descripto, y que terminó modificando la realidad. Lo primero que siento es una dificultad para percibir que en alguna parte se está desarrollando una campaña electoral, como sí pude saber, por una marcha que obstruyó durante horas un carril ‒sólo uno‒ de la Quinta Avenida, que se acababan de cumplir cincuenta años del inicio del movimiento Hare Krishna, o que en todas partes rendían homenajes a Muhammad Alí.

Hablo con cuanto ser humano se me aproxima a menos de tres metros, y por lo general logro entablar algún grado de conversación. Sólo fallé, esta vez, con mi vecino de mesa en un restaurante que resultó ser Al Pacino, porque ante el primer intento de aproximación apareció desde la penumbra de quién sabe dónde un sujeto desagradable que parecía estar representando el papel del guardaespaldas de Michael Corleone.

Pues bien, en mis diálogos jamás escuché de nadie (ni oí por la calle) una sola conversación sobre las elecciones de noviembre. Ese tema, previsiblemente, sí está en la agenda de los dos abogados de grandes firmas de Wall Street que se dignaron a suspender su facturación de mil cuatrocientos dólares la hora para agasajarme con un café que, lleno de culpa por causarles semejante lucro cesante, debí apresurar con riesgo de quemarme el paladar.

En el resto de los mortales no percibí una sola manifestación de interés por las elecciones. Será porque los neoyorkinos viven algo apresurados: en el foyer de la sala principal de conciertos del Lincoln Center me enteré de que se puede preordenar el trago que uno quiere tomar en el intervalo, para no perder el tiempo (es curioso que alguien evite perder el tiempo de lo que se supone que es una pausa). Por si algo hubiera faltado, al día siguiente vi en una tienda una camiseta en la que se leía Please speak faster, I’m a Newyorker.

Las cadenas de televisión que miré de a ratos pero a muy distintas horas (CNN y Fox News, cada una ladeada como es esperable) llenan todas las horas de que disponen, excepto cuando deben transmitir el funeral del boxeador, exclusivamente de los escándalos que adornan como indica el canon a cada candidato: por parte de la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton, los manejos del dinero de donaciones y el uso del correo electrónico personal para asuntos que requerían alguna seguridad mayor que el colador que es el Gmail y, del lado de Donald Trump, sus comentarios racistas sobre el juez que preside (no decide, pues habrá jurado) el juicio que alguien inició como acción de clase en representación de quienes tomaron los cursos sobre negocios inmobiliarios que ofrecía la que, con ciertas pretensiones, se llamó Trump University (por un tiempo, hasta que las autoridades le indicaron que dejara de usar semejante nombre en el país de Yale, Harvard, Stanford y Princeton).

A propósito de ese juicio, dediqué un vuelo a leer la demanda y la contestación; en ésta, Trump destaca la calificación de sobresaliente que el actor otorgó a los cursos en todos los renglones del formulario de la encuesta de calidad, un desliz de los abogados del exalumno, que seguramente olvidaron hacerle esa pregunta cuando inventaron el pleito y después buscaron alguien para que hiciera el papel de cliente (sobre el despreciable negocio de las acciones de clase puede leerse la entretenida novela El rey de los pleitos, del exabogado John Grisham).

Respecto de las elecciones sólo obtuve de una camarera y de un oficinista reflexiones casi idénticas que le vendrían como anillo al dedo al finado Max Weber en sus esfuerzos por vincular al capitalismo con la ética protestante, y a la prosperidad con una señal de salvación: ambos destacaron a manera de elogio que el tal Donald ya es un hombre muy rico. Un atributo que al sur del río Grande hay que disimular pero que allá parece que decora para bien.

Por lo demás, con sus matices en materia de gastos militares y de inmigración (incluyendo algún proyecto de albañilería parecido al de nuestra zanja decimonónica, sólo que para atajar trabajadores y no malones), la muy parecida reacción victimizante y fóbica al hecho de que ahora las cosas se fabrican en China y no en los Estados Unidos me hizo difícil distinguir cuándo hablaba Trump (el xenófobo que pertenece al Partido Republicano, que paradójicamente era abolicionista en tiempos de Lincoln) y cuándo el socialista Bernie Sanders, al que aplauden las minorías étnicas a las que su propia familia pertenece. Tal vez a ellos les falte el peronismo para que las contradicciones y la confusión (inevitables las primeras, más dañina las segunda) se administren de manera algo más orgánica.

(*) El autor es abogado.

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