Por Daniel Casas

En 1999 el ex rector de la Universidad de Buenos Aires Guillermo Jaim Etcheverry (2002-2006) publicó su excelente libro La tragedia educativa, donde trazó un amargo y preocupante panorama de la educación en Argentina, en el que abundó en las causas de aquel presente y sus consecuencias a futuro.

En 2015, el economista Alieto Guadagni publicó en coautoría con Francisco Boero el libro La educación argentina en el siglo XXI, que demuestra que aquella tragedia que radiografió Jaim Etcheverry 17 años atrás sigue vigente y que el futuro es cuanto menos tan preocupante como entonces.

Ambos libros analizan y evalúan desde distintas perspectivas la situación educacional de Argentina, que luego de haber sido una potencia educativa regional hoy pierde en la comparación con los países cercanos. Y aún desde miradas ideológicas distintas, concluyen en que la madre de todas las batallas pasa por recuperar el nivel educativo pero, además, planificar qué profesionales necesita el país para desarrollarse y promocionar esas carreras.

“Las naciones con alta graduación universitaria, sobre todo en las áreas estratégicas de las carreras científicas y tecnológicas, seguramente ocuparán un lugar de relevancia en el escenario mundial en el siglo XXI”, señalan Guadagni y Boero en su trabajo.

Los números duros indican que la Argentina, con una población que apenas supera los 43 millones, tiene 44 estudiantes universitarios cada 1000 habitantes. Brasil, que ronda los 207 millones de habitantes tiene 35 estudiantes universitarios por cada 1000 ciudadanos, pero con menos alumnos respecto de la población tiene diez veces más graduados. En 2012 1,05 millones de personas se graduaron en las universidades brasileñas, mientras en la argentina llegaron al final de su carrera 110.000 estudiantes.

Las estadísticas indican que uno de cada cuatro estudiantes universitarios argentinos obtienen su título de grado, mientras que en Brasil, México y Chile lo hacen la mitad de los matriculados.

Una explicación, según números del Ministerio de Educación, es que el 30 por ciento de los alumnos universitarios rindieron en 2011 una sola materia de las 26 o 27 que tienen en promedio las carreras de grado.

Pero además de estos números macro, al hilar fino se comprueba que las universidades no producen los profesionales en ciencias duras que necesita un país como la Argentina, que tiene que apostar al desarrollo económico para salir de sus crisis cíclicas.

De los 109.000 graduados de 2011, 47.000, el 43 por ciento, lo hicieron en Ciencias Sociales. Pero sólo se recibieron 47 ingenieros en hidrocarburos, en un país que cifra parte de sus esperanzas a futuro en yacimientos como el tan promocionado de Vaca Muerta. También se recibieron 9 ingenieros nucleares y 13 en minas

Es más, en un país que tiene comparte con Brasil, Paraguay y Uruguay el acuífero Guaraní, la principal reserva de agua del mundo y por ende un recurso estratégico, las universidades argentinas graduaron en ese año 2011 a sólo 13 ingenieros hidráulicos.

Las últimas cifras publicadas son de 2011, pero nada indica que en el último lustro se haya dado un crecimiento exponencial en la cantidad de profesionales que egresan de las universidades.

Las comparaciones pueden ser odiosas, pero no por eso menos útiles. Las universidades de Chile, que tiene los mismos recursos que posee la Argentina en la zona cordillerana, gradúa a el doble de ingenieros que abogados.

Son sólo algunos números, apenas alcanzan para bosquejar una situación que, naturalmente es mucho más compleja. No es un tema que empieza y termina en la universidad. Al contrario, comienza en las salas de los jardines de infantes, se traslada a las aulas de las escuelas primarias y continúa en las secundarias. Hace falta una mirada integral, que comprometa no sólo a los académicos, sino también a los educadores, a los gremios, a los estudiantes y a sus familias.

La educación es un bien social. El producto de las aulas es el patrimonio más preciado de cualquier país razonable. La recuperación del nivel que alguna vez Argentina tuvo y el diseño de una política educativa de cara el futuro es la madre de todas las batallas.  

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