Por Alejandro J. Lomuto (en Lima)

Está claro que el ganador del balotaje del domingo en el Perú lo será por muy pocos votos de diferencia. El modo en que los partidos y los líderes políticos ‒no solo los dos candidatos‒ asuman los resultados representa un desafío para la democracia peruana. Una vez que eso se resuelva, cualquiera sea el triunfador y cada uno por motivos diferentes, el otro gran reto durará cinco años: será el gobierno mismo y sus circunstancias

Esta mañana, Pedro Pablo Kuczynski aventajaba a Keiko Fujimori por apenas 39.201 votos (0,22 punto porcentual) entre 17.099.743 sufragios positivos computados. Entonces, a la autoridad electoral le faltaba recibir apenas siete de las 77.307 actas de votación totales, pero de las ya recibidas tenía todavía 332 observadas. Entre éstas y las siete que faltaban hay alrededor de 100.000 ciudadanos empadronados o poco más de 80.000 votos, si la tasa de asistencia es similar a la del resto.

Las actas observadas son remitidas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (Onpe) a los jurados electorales regionales. Usualmente, éstos resuelven expeditivamente la mayoría de los casos, pero hay otros más controvertidos. Para estos últimos, los jurados regionales tienen hasta una semana para resolver en primera instancia y los fallos pueden ser apelados al Jurado Nacional de Elecciones (JNE), que tiene otra semana para dictar sentencia definitiva.

No parece aventurado suponer que en el momento en que haya entrado la última acta a la Onpe siga habiendo algunas observadas y tal vez éstas contengan mayor cantidad de votos que la diferencia que separe en ese momento a los candidatos. Si ese fuera el caso, habrá que aguardar los fallos de los jurados para saber quién será el sucesor o la sucesora del presidente Ollanta Humala.

Hasta ahora, los candidatos y sus partidos vinieron afrontando la falta del resultado con prudencia. Habrá que ver si son capaces de mantener esa conducta una vez que se sepa quién ganó ‒y quién perdió‒, en el contexto de una sociedad evidentemente partida por mitades.

Esa fractura no tiene por ahora la hondura de la brecha entre kirchneristas y antikirchneristas en la Argentina, o menos aun la de la irreconciliable división entre chavistas y antichavistas en Venezuela. Pero podría tenerla en cualquier momento si los líderes políticos y sociales no lo evitan.

No es novedad que quien polariza las opiniones en el Perú es Keiko Fujimori, la mayor propietaria de voto duro y de antivoto al mismo tiempo. En realidad, lo que divide a los peruanos es el apellido Fujimori y el fantasma de Alberto Fujimori, el presidente que entre 1990 y 2000 arregló y volvió a desarreglar la economía, clausuró el Congreso, bajó la tasa de delincuencia, derrotó al terrorismo y violó masivamente derechos humanos.

Keiko ganó holgadamente la primera vuelta y ello le permitió a su partido, Fuerza Popular, asegurarse mayoría propia en el Congreso unicameral para los próximos cinco años, algo que ningún partido había logrado desde la caída de Fujimori padre. 

Si Keiko gana finalmente el balotaje, esa mayoría parlamentaria sin duda le facilitará unas cuantas cosas a la hora de gobernar. Pero al mismo tiempo puede resultarle una trampa: la experiencia reciente en la región abunda en casos de gobernantes que, con mayorías legislativas, no pudieron ‒o no supieron, o no quisieron‒ evitar caer en la tentación de la autocracia.

Si no gana, a Keiko le habrá pasado lo mismo por segunda vez en cinco años: una abrumadora mayoría de dirigentes y organizaciones ‒en muchos casos inconciliables bajo cualquier otra circunstancia‒ se aliaron tácitamente para impedir que otra vez el apellido Fujimori llegue al Palacio de Gobierno.

En cambio, si el ganador es Kuczynski, varios factores permiten augurar dificultades en materia de gobernabilidad: tiene 77 años, carece de un partido fuerte (creado para estas elecciones, el suyo parece más una coalición de dirigentes que una agrupación homogénea), cuenta con apenas 14 legisladores propios y desde la misma noche del domingo comenzó a ser tironeado por muchos de aquellos que creen que les debe un favor.

Con Keiko o Kuczynski al frente del gobierno, el Perú afronta el desafío vital de que su democracia no se vuelva otra vez inorgánica, según la definición de Rodolfo Terragno que citamos la semana pasada.

Anuncios