Por Daniel Casas

El gobierno y la oposición, fundamentalmente el peronismo en varias de sus vertientes, están tironeando de la sotana del papa Francisco para que salga en su foto y no en la de enfrente. Se refriegan las manos pensando en la posibilidad de que Bergoglio acceda a hacer una visita a la Argentina el año próximo, a meses de las trascendentales elecciones de medio término que marcarán el terreno político para las presidenciales de 2019. Sueñan con una imagen junto a él para usarla en la campaña. La pregunta es si el obispo de Roma, que como tal conoce de internas, accederá a jugar ese rol para alguno de los sectores.

Luego de la visita de Mauricio Macri al Vaticano de febrero último, aquella en la que el papa recibió protocolarmente a al flamante presidente con gesto adusto, las relaciones entre ambos jefes de Estado no han sido las mejores. Tampoco las peores, pero fueron cuanto menos distantes.

Desde la Casa Rosada se intenta revertir esa situación con gestiones oficiosas y con gestos oficiales, como la decisión formalizada en un decreto el último lunes de mayo de otorgarle un subsidio por más de 16,5 millones de pesos a la red educativa Scholas Ocurrentes, que impulsa Francisco.

En tanto, la Iglesia local, que viene de producir un duro documento en el encuentro de Pastoral Social realizado entre el 21 y el 23 de mayo en Mar del Plata, intentó suavizar la postura en el Tedeum del 25 de mayo, pero sin demasiado éxito.

El cardenal Mario Poli se lamentó en privado durante los días siguientes por la forma en que los medios reflejaron sus palabras, según confiaron fuentes eclesiásticas y políticas a este cronista. Pero aunque en un tono más amable que el del documento de Pastoral Social, sus palabras fueron en el mismo sentido y reclamó “no perder la sensibilidad de escuchar ante los que más sufren, los que menos tienen”.

Además, Poli pidió diálogo a un gobierno que se jacta de haber reestablecido los canales de comunicación cortados por el kirchnerismo. Se pide lo que no se tiene. De todos modos, rápido de reflejos, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, se manifestó en acuerdo total con las palabras del cardenal.

La dialéctica de la confrontación y de los acuerdos gira en torno a la pobreza, que de acuerdo al estudio difundido días atrás por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA), que depende de la Universidad Católica Argentina (UCA), trepó en lo que va de 2015 al 30 por ciento.

En distintos tonos, y es de esperar que con distintos objetivos, la Iglesia Católica y el peronismo están pidiendo una mesa de diálogo multisectorial para analizar acciones que eviten la profundización de la crisis en los sectores más vulnerables, de tal modo que no haya margen para conatos de estallido social que casi nadie quiere, a excepción del kirchnerismo más radicalizado.

La propuesta, que fue tratada en la reunión del Consejo del PJ bonaerense de esta semana, naturalmente no le causa ninguna gracia al PRO. La mesa de diálogo remite a la que se armó para sofocar el incendio social de 2001, no antes sino luego de que cayera Fernando de la Rúa, con fuerte participación de la Iglesia, que entonces comandaba Jorge Bergoglio, hoy Francisco, como recuerdan algunos memoriosos con llegada a la Casa Rosada.

No obstante, aunque preferiría que no se formara una mesa de diálogo, el gobierno es conciente de que hay un descontento en crecimiento con el ajuste económico, sobre todo con las tarifas, que para muchas empresas pymes segnifican un incremento insostenible en los costos de producción y que eso puede derivar en suspensiones y despidos. El conurbano bonaerense es un polvorin en potencia.

El gobierno ha comenzado a abrir la mano, a liberar dinero para reactivar obras y contener la desocupación, de tal modo que haya dinero circulante y no se siga restringiendo el comsumo. Espera ansioso, tal vez en demasía, que el blanqueo de capitales se refleje en las arcas del Estado y permita financiar el proyecto de pagarle a las deudas que mantiene con los jubilados. Será, si se concreta, una reivindicación concreta para esa grupo estario al que durante años le endulzaron los oídos llamándolos “queridos viejos”, mientras se los peloteaba jurídicamente para que la Parca les llegue antes que la justicia.
En tanto, el goberno mira con preocupación la inestable situación institucional de Brasil, que es el reflejo de una crisis económica que inevitablemente repercute en la Argentina. Si las grandes empresas brasileñas, por ejemplo las automotrices, tienen problemas, estos se trasladan no sólo a las grandes empresas argentina asociadas, sino a una gran cantidad de pymes que trabajan para ellas.

Y también el Ejecutivo mira con inquietud a los capitales internacionales que no parecen dispuestos a desembarcar en el segundo semestre del año, como confiaba antes de arrancar con el ajuste de la economía, al que prefiere llamar “sinceramiento”.

Mientra todo esto ocurre, fiel a su mensaje a los jóvenes de 2013, apenas consagrado como Papa, Francisco hace lío y esquiva operaciones políticas. Aclaró que nunca se enteró de que la dirigente social filomacrista Margarita Barrientos quiso verlo hace tres años, al inicio de su papado y seguramente la recibirá en breve para recomponer ese lazo.

Pero a la vez recibió días atrás a la titular de Madres de Plaza de Mayo, que le había dedicado varios de sus exabruptos, en un gesto que fue presentado oficialmente como de misericordia hacia una persona a la que le mataron los hijos, aunque no faltaron quienes interpretaron que fue una revancha de esas que en códigos de barrio se explican con un “al final viniste al pie”.

Si ese gesto era o no necesario es complejo de responder desde la coyuntura, cuando se sabe que el tablero que usa el jefe de la Iglesia Católica tiene muchas jugadas adelantadas, pero se ganó las críticas de muchos sectores, entre ellos varios perodistas y medios poderosos, escandalizados porque la misericordia papal le da aire a los resabios de un kirchnerismo al que quieren ver fenecer.

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