Por Daniel Casas

En los días previos a la asunción de Mauricio Macri como presidente de la Argentina la noticia de la designación de Susana Malcorra como ministra de Relaciones Exteriores y Culto sorprendió a unos cuantos propios y a la inmensa mayoría de los extraños. “Porque sos la mejor”, fue la respuesta que dio el presidente electo a la hasta ese momento funcionaria de las Naciones Unidas, y a la luz de estos primeros meses de gestión está claro que hablaba en función de un proyecto.

En estos cinco meses y días el gobierno dio un golpe de timón en la política internacional que llevaba adelante Cristina Fernández de Kircher y el país comenzó a navegar por aguas internacionales custodiadas por los grandes centros de poder, en apariencia más calmas, aunque no por eso menos peligrosas, si nos atenemos a experiencias vividas en el pasado no tan lejano.

El alineamiento con los Estados Unidos, con la visita de Barack Obama incluida, el acercamiento con Inglaterra en los primeros días de mayo, la potencial candidatura de Malcorra para suceder a Ban Ki-moon en la secretaría general de la ONU y la posibilidad cierta de que soldados argentinos sean enviados como tropas de paz a Colombia para controlar el posconflicto si finalmente se firma la paz entre el gobierno de ese país y la organización guerrillera Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) son algunas de las piezas que están sobre el damero en que intenta jugar la Argentina. No todas las fichas caerán en el casillero buscado, pero si el objetivo primario es estar dentro del tablero, se puede comenzar a dar por cumplido.

La postulación de la canciller para comandar la ONU será formalizada por Macri antes de la primera quincena de junio, cuando ella viaje a Nueva York para exponer como candidata ante la comisión del organismo que seleccionará al próximo secretario general, que según se afirma ya está decidido que por primera vez en la historia sea una mujer. Quedará entonces por delante una fuerte tarea de lobby para conseguir los votos que la consagren. Una tarea que, si bien no es imposible, será ardua.
Hay otras candidaturas de peso, como la de la neozelandesa Helen Clark, actual administradora del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud), el tercer cargo en importancia dentro de la ONU; la canciller colombiana, María Ángela Holguín; la mexicana Alicia Bárcena Ibarra, que está al frente la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), y la actual secretaria Iberoamericana y exvicepresidente de Costa Rica, Rebeca Gryspan.

Pero si en noviembre Malcorra es designada en lugar del surcoreano Ban será imposible no leer su consagración como un fortísimo respaldo de la comunidad internacional al gobierno argentino. Un espaldarazo que bien vale quedarse sin la que hace solo cinco meses era “la mejor” para la función.

En los hechos, todos los pasos internacionales dados por el gobierno de Macri tienen en el orillo la marca de Malcorra. Las relaciones que cultivó como jefa de gabinete del actual secretario general de la ONU fueron vitales para asegurar la visita, y el respaldo, de varios de los principales actores del poder internacional, comenzando por el presidente de los Estados Unidos.
Otra de las piezas que la Argentina mueve en el damero internacional es el compromiso de colaborar con la fase de pacificación de Colombia que se abrirá si en los próximos meses, tal vez en junio, se firma finalmente la paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC.

El posconflicto desvela al gobierno colombiano, que luego de la firma tendrá la dura prueba de refrendar el acuerdo, aún no se sabe si por medio de una constituyente, como quieren la organización insurgente, o en un referendo, como pretende la administración Santos.

En ese esquema, que tiene una fuerte oposición liderada por el expresidente y actual senador Álvaro Uribe, la llegada de nuevas tropas estadounidenses podría ser refractaria para la consolidación de esa paz embrionaria. Washington lo sabe y de allí que el gobierno argentino haya tenido la posibilidad de asumir ese compromiso, que no se agota en el territorio colombiano sino que añade la posibilidad de desplegar una fuerza de paz en África y la consolidación logística de un sistema de respuesta ante emergencias humanitarias y catástrofes.

El nudo de esta puntada significa para la Argentina no sólo consolidar su alineamiento sino la alternativa de recuperar la operatividad de los medios disponibles de las Fuerzas Armadas y recobrar capacidades perdidas, incluyendo la adquisición de armamentos y de logística. Para esto durante la última semana una misión del Ministerio de Defensa viajó a los Estados Unidos y se trabaja intensamente en recomponer relaciones con los proveedores.
Estas y otras movidas tienen además el objetivo de transformar al país en un actor de mayor peso en la región, donde los gobiernos populistas de Brasil y Venezuela atraviesan severas crisis políticas e institucionales que, sobre todo en el caso del país caribeño, pueden desembocar en un conflicto interno de proporciones.

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