Por Julio Serrano Echeverría (*)

Una de los trucos favoritos de la globalización es precisamente la lógica estado-nación para pensar en conflictividades sociales, el delirio de lo nacional en términos de soberanía aplicado a los logros y a los fracasos de los tiempos que compartimos, digamos por recurso retórico un poco la lógica pareciera ser “lo que no fue en mi barrio, no fue conmigo”.

Digo lo anterior luego de llevar varios años de pensar que Guatemala, sí, el país desde donde escribo, desde donde imagino, y desde donde decidí sentirme parte de la lucha por la vida en medio de todos los pueblos e historias que somos; pues este país que aparece tan problemático en una buena colección de estadísticas que nos dejarían más bien reprobados en el examen del deber ser de las naciones, pues sí, este país con esos índices arranca ojos no es un país, digamos, retrasado, no es una historia que se rezagó por la injerencia de los grandes capitales y las políticas exteriores de los titanes del ring del siglo XX. No, Guatemala es más bien el futuro de la humanidad, así descabellado como se escucha, les escribo desde el futuro, o para no sonar tan pretencioso, pues lo evidente: los problemas de Guatemala no son nada más de Guatemala, y por lo tanto las soluciones tampoco, claro está, el nombre del país es sustituible y de ahí, el intercambio.

El año pasado fue un año histórico para la memoria de este pequeño país al centro de América, una tormenta perfecta combinó los factores que sumaron a la ciudadanía, al Ministerio Público –y con él a la CICIG, la Comisión internacional contra la Impunidad en Guatemala–, a la comunidad internacional –a algunos más que a otros, y dentro de esos algunos, a uno más que a todos– en un esfuerzo colectivo por la justicia y en el despertar de un buen número de nuevos retos para una ciudadanía de clase media, urbana, que, hasta entonces, había estado en silencio viendo cómo el sistema le carcomía las entrañas, sobre todo el estómago y el corazón, claro está.

Pasó de todo, pero la historia debería de comenzar con que el expresidente Otto Pérez Molina y la exvicepresidenta Roxana Baldetti están presos a la espera de juicios, sí, en plural, crecen los casos de corrupción en los que se les liga y de aquello que pasó el año pasado quedan luces y sombras.

Quizá la más pesada de las sombras es la dictadura de la coyuntura, sucede que cuando una parte importante del sistema se ve golpeado justa y legítimamente el tsunami es el de la coyuntura, el día a día que siempre trae una ola nueva de “novedades” que son parte del mismo fenómeno, estas olas de noticias, personajes, pruebas que se filtran, etcétera, se transforman en una nueva forma de alienación ante la realidad que provocó las movilizaciones.

En los sectores de justicia la coyuntura se convierte en presión social y mediática, en los sectores políticos se convierte en nubes de humo, en la ciudadanía en palomas como las que los niños corren en los parques, en las agendas de cooperación y política exterior (como si fueran cosas distintas) en nuevos puntos de apoyo para apalancar las agendas. A todos les “sirve” de algo la coyuntura, sobre todo a la industria del entretenimiento.

Quizá la más clara de las luces tiene que ver con el tiempo, en un país (y valga para Latinoamérica) en el que la gran mayoría de la población tiene menos de 30 años, haberle removido la conciencia ciudadana a los posadolescentes, al movimiento estudiantil que volvió a la organización, a los grupos de jóvenes que aprovecharon este momento para pensar en nuevas formas de participación ciudadana, a los adultos –para no decir viejos– que se dieron cuenta que ya no pueden hacerlo sin ese 70% de juventud que es la que hace temblar el suelo.

Y digo que la luz está en la concepción del tiempo porque la rajadura en el sistema –que de eso sí estoy convencido que sucedió– abrirá nuevas visiones para tratar de resolver el mierdero este, sí, el global. La luz apunta pues a la suma de las pequeñas luces, al concepto de lo comunitario como forma de organización política, y al arrebato juvenil de arrancarle un rato el micrófono al sector hegemónico aunque luego tengamos que volver a sentarnos al monitor del callcenter a seguir trabajando para ellos, pero después de un año del inicio de las protestas en Guatemala podemos fantasear con que a la chica que le resuelve el problema por teléfono a una empresa argentina que contrató el servicio en algún lugar de Mesoamérica, por ejemplo, cada vez le hierve la sangre más rápido ante los desmanes del poder, sea de donde venga, es cuestión de tiempo, de tripas y de surfear la coyuntura.

Queda ser románticos y optimistas, o no nos va a quedar nada, porque pareciera que hace rato que caminamos nomás sobre las cenizas.

(*) Poeta y documentalista guatemalteco.

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