Por Aníbal Gutiérrez

Vergüenza. Según la Real Academia Española se trata de una “turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falla cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante”. Parece que varios han perdido la capacidad de tener ese sentimiento últimamente.

El juez federal Sebastián Casanello dijo en una entrevista de radio: “La sociedad necesita resultados rápidos”, olvidando su apodo de Tortuga, ganado a fuerza de tener detenida una causa que investiga a buena parte de la estructura de corrupción que atravesó y enredó a funcionarios del anterior gobierno con súbitos empresarios exitosos. 

El diputado nacional Juan Cabandié sostuvo en un tweet: “Así se destruye la cultura y la educación”. El profundo mensaje estaba acompañado por la foto de un muñeco de un personaje animado, entero en el 2015 y roto en el 2016, demostrando que nada entiende de lo que significa una verdadera política pública de cultura y educación.

El ex secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional Ricardo Forster manifestó: “No quiero que le vaya bien al gobierno de Macri”, demostrando que el cargo que ostentó hasta el mes de diciembre pasado le quedaba enorme, porque si de algo está alejado es del pensamiento. 

El ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires Daniel Scioli afirmó: “Los resultados del gobierno hasta ahora son pobres”, olvidándose que dejó su cargo después de ocho años de gestión y ni siquiera había dinero para pagar los salarios de los trabajadores provinciales, sin hablar del descalabro que imperó en la educación, las constantes inundaciones producto de obras de infraestructura básica que nunca se hicieron y el crecimiento sostenido de los índices de inseguridad. 

Domingo Cavallo, ministro de Economía de los gobiernos de Carlos Menen y Fernando De la Rua, declaró: “El último incremento en el precio de los combustibles es un despropósito y será mortal para la actividad económica argentina”, omitiendo que fue el responsable de la crisis económica, social e institucional más grave de la historia argentina, y que al renunciar el país estaba inmerso en una inmensa crisis con cifras obscenas de desempleo, inflación, pobreza e indigencia; el sistema bancario estaba colapsado y millones de ahorristas no podían acceder al dinero que tenían depositados en sus cuentas, mientras el gobierno nacional renunciaba después de dos jornadas de manifestaciones y violencia que terminaron con casi 40 muertos.

Estas son solo algunas de varias declaraciones de similar tenor que leímos, o escuchamos, en la última semana. Ya no nos sorprenden, y lamentablemente, tampoco nos indignan todo lo que deberían hacerlo.

Nos acostumbramos a escuchar a políticos, funcionarios, ministros, y todo tipo de servidor público decir cualquier cosa sin que se les mueva un músculo que denote la turbación de la que habla el significado con el que empece esta columna.

Sería mejor que cierren la boca.

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