Por Aníbal Gutiérrez

Desde hace muchos años vivimos en Latinoamérica una etapa en la que la impunidad se pasea entre nosotros sin riesgo alguno de ser descubierta y expulsada de nuestra realidad para que su lugar sea ocupado por la plena vigencia de las instituciones y el estado de derecho.

De ella se beneficiaron todos: civiles y militares, derechistas e izquierdistas, privatistas y estatistas, políticos y empresarios, etc.

Y siempre se perjudicaron los mismos: la inmensa mayoría de la población que ve como se deteriora su nivel de vida, mientras la educación lo aleja cada vez de un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso, la salud de calidad es un sueño para pocos y el narcotrafico va lenta pero inexorablemente destruyendo la vida de un barrio que solía ser un lugar entrañable para vivir.

Todo delito es grave, pero sin dudas aquellos que están vinculados a la corrupción de funcionarios públicos lo son mucho más. Y esto es así, porque cuando alguien (por decisión de sus conciudadanos al votarlo, o por decisión de un superior jerárquico que lo designa) recibe la confianza necesaria para llevar adelante acciones que tengan por objetivo último el bien común, al violarla está atentando contra la base del sistema democrático.

Pero de esta impunidad también somos responsables los ciudadanos que tuvimos niveles demasiado elevados de tolerancia. Mirábamos para otro lado si la sospecha recaía sobre alguien de nuestro pensamiento político, sobre alguien que había mostrado coraje y compromiso en épocas oscuras de dictadura, o si la denuncia beneficiaba al adversario político de turno. Todo era justificable si a pesar de robar, hacían o distribuían hacia las grandes mayorías de la población.

Pero la tolerancia parece estar terminando. Desde hace tiempo venimos viendo señales de que la población cada vez está más dispuesta a exigir a sus gobernantes transparencia y honestidad en la administración de los fondos públicos, además de capacidad en el ejercicio del cargo.

Tal vez una primera señal la dio Brasil cuando a inicios del año 2014 las manifestaciones se repetían en las grandes ciudades de ese país pidiendo a los gobernantes que los fondos que se utilizaban para la organización del campeonato mundial de fútbol fueran a educación, salud y seguridad.

El mundial de fútbol se realizó, pero las manifestaciones populares no dejaron de estar presentes y hoy vemos como la mayoría de los líderes de los principales partidos políticos está cada vez más cerca de sufrir el accionar de la justicia.

El año 2015 fue el de Guatemala. Allí una gran cantidad de manifestaciones populares reclamaron que se terminara con una matriz de corrupción que se había instalado con la llegada al poder de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti en enero del 2012.

En la actualidad Pérez Molina y Baldetti están encarcelados y sometidos a juicio, pero la presión ciudadana sigue vigente y cada vez más legisladores, ministros y jueces son sacados de la oscuridad, en la que tan a gusto se sienten, y sometidos al escrutinio público.

En la Argentina el hartazgo por la corrupción tuvo una manifestación concreta con el resultado de las elecciones presidenciales del año 2015. Allí, una mayoría hastiada de los escándalos y de una forma de hacer política se manifestó por un cambio.

Hoy salen a la luz “arrepentidos” que gritan a los cuatro vientos como era la maquinaria de corrupción estatal armada para enriquecer a muy poquitos.

Está muy bien que las sociedades se muestren asqueadas de la corrupción, pero esa actitud debe sostenerse en el tiempo. No debemos olvidarnos de todo lo que retrocedimos por culpa de ella.

A los gobiernos que se fueron se les debe investigar, y cuando hay pruebas, enjuiciarlos y condenarlos, pero a los gobiernos actuales se les debe dejar bien claro que con ellos será igual.

Este debe ser un objetivo de la sociedad toda. Como dice el popul vuh, libro sagrado del pueblo maya:

“No juntamos nuestras ideas, sino nuestros propósitos. Y nos pusimos de acuerdo, entonces decidimos”

Que todos se levanten, que se llame a todos, que no haya un grupo, ni dos grupos de entre nosotros que se quede atrás de los demás.

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