Por Alejandro J. Lomuto

Una vez más, tal como en cinco de las seis ocasiones anteriores, los peruanos escogerán su próximo presidente en segunda vuelta. Una vez más, igual que hace cinco años, deberán optar entre dos candidatos que, según se los mire, tienen evidentes contrastes pero también algunas aparentes similitudes. Y una vez más, como es natural en todo balotaje, el antivoto ‒aquel que expresa más el rechazo a un postulante que la preferencia por el otro al que finalmente se elige‒ promete convertirse en un elector clave, tal vez decisivo.

Keiko Fujimori, ganadora holgada de la primera vuelta con cerca de 40 por ciento de los votos válidos, y Pedro Pablo Kuczynski, segundo con poco más de 21 por ciento, son percibidos por amplias capas de la ciudadanía como expresiones de lo que muy genéricamente ‒por más que se trate de categorías arcaicas‒ se puede resumir como centroderecha, aun cuando la primera sea populista y el segundo sea liberal.

Algo parecido sucedió cinco años atrás, cuando Fujimori fue a la segunda vuelta junto a Ollanta Humala y muchos veían a ambos básicamente como a populistas sin importar que aquélla estuviera más identificada con ideas de centroderecha y el actual mandatario sostuviera un discurso más afín a la centroizquierda.

Al mismo tiempo, Keiko y PPK tienen dos grandes diferencias. La primera es estrictamente biológica: ella tiene 40 años y él, 77. La segunda es más discutible pero sin duda ejerce un alto grado de influencia en la decisión electoral: por más esfuerzos que hizo en las dos últimas campañas para evitarlo, la imagen de Keiko está fuertemente asociada a la de su padre, Alberto, el presidente que en 1992, autogolpe mediante, convirtió su gobierno constitucional en una dictadura y ahora purga una condena de cárcel por delitos de lesa humanidad y corrupción. Mientras tanto, PPK, que fue ministro de Economía y Finanzas y presidente del Consejo de Ministros del presidente Alejandro Toledo, el primero tras el fujimorato, es insospechable en materia de respeto por la democracia y las instituciones republicanas.

El apellido es la gran debilidad de Keiko, que es a la vez la figura que concentra el mayor voto duro (personas que la votarían en cualquier circunstancia), con 30 por ciento, y la segunda mayor generadora de antivoto (ciudadanos que no la votarían por ningún motivo), con 45 por ciento, solo superada en este rubro por el ex presidente Alan García, quinto en la primera vuelta del domingo con menos de seis por ciento de los sufragios.

En tanto, PPK tiene dos obstáculos: su edad y el recelo que despierta en sectores nacionalistas no solo por sus ideas liberales sino también por el hecho de ser ciudadano estadounidense.

Para intentar aproximarse a lo que puede suceder en el balotaje del 5 de junio tal vez valga la pena recordar lo que ocurrió cinco años atrás.

Mario Vargas Llosa ‒derrotado en segunda vuelta en 1990 por el entonces ignoto Alberto Fujimori‒ había advertido que un eventual balotaje entre Humala y Keiko sería para los peruanos “como optar por el cáncer o el sida”. Pero una vez que fue inevitable escoger entre uno de esos dos candidatos, el autor de Conversación en la Catedral apoyó decididamente a Humala. Su antivoto por Keiko (o por Fujimori, no importa ya si padre o hija) fue más fuerte que cualquier otra motivación.

Y sigue siéndolo cinco años más tarde: “Sería un desastre para el Perú que Keiko Fujimori, hija del dictador más corrupto, acusado de crímenes y violaciones de derechos humanos, gane la Presidencia de la República; un triunfo del fujimorismo sería una reivindicación de la dictadura, sería como legitimarla”, dijo Vargas Llosa anoche en Washington, después de recibir el premio Leyenda Viva, otorgado por la Biblioteca del Congreso estadounidense.

Lo que todavía está por verse es si su comportamiento oscilante en relación con los Fujimori se convierte en el tercer obstáculo serio para PPK.

En 2001-06, durante el gobierno de Toledo, fue crítico de Alberto Fujimori. En 2011, tras salir tercero en la primera vuelta, apoyó decididamente a Keiko para el balotaje frente a Humala, a tal punto que pronunció un discurso en el acto de cierre de campaña de ella, en el que apeló a los seguidores de su padre. Según recordó meses atrás el diario El Comercio, Kuczynski dijo en aquella ocasión: “¿Quién acabó con el terrorismo? ¿Quién acabó con la hiperinflación? Yo no olvido y ustedes tampoco. Tenemos que tener esperanza en un Perú mejor, que en cinco años sea un país más próspero y menos pobre, y Keiko sí puede.” No obstante, en enero de este año se arrepintió de aquello: “Para mí Humala era un salto al vacío; me equivoqué al apoyar a Keiko, sin duda”, explicó entonces a la revista Caretas. 

Ayer, sin embargo, PPK hizo un nuevo guiño a los fujimoristas al afirmar que si llega a ser presidente no se opondrá a que Alberto Fujimori, de 77 años y con algunos problemas de salud, cumpla en su casa el resto de la condena si así lo decide el parlamento. “Habrá un grupo de fujimoristas muy grande en el Congreso; si logran aprobar una legislación para que gente mayor pueda cumplir su sentencia en su casa, no para indultar, lo permitiría”, señaló ante un grupo de periodistas.

También es oportuno recordar que las últimas encuestas previas a la primera vuelta reflejaron un escenario muy parejo para el balotaje, con leve ventaja para Kuczynski. Pero dos meses son casi una eternidad para un electorado tan exigente y volátil como el peruano. Los altibajos en la intención de voto por Keiko y Humala en los dos meses que mediaron entre la primera vuelta y la segunda de 2011 lo prueban.

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