Por Daniel Casas

No hay duda de que la palabra boludo es la que más identifica a los argentinos. En diciembre de 2012 intentaba hacer una nota de color en El Hatillo, uno de los municipios de Caracas, cuando la dueña de un restaurante me saludo risueña con un “hola, qué hashé, argentino boludo”, imitando el acento porteño. Fue ahí que pensé con cierto alivio que por suerte para Ernesto Guevara de la Serna la palabra comenzó a utilizarse masivamente como adjetivo, y hasta como sustantivo, hacia fines de los años 70. La historia y el mito, agradecidos.

Pero el problema no es el uso del boludo como sustantivo, que horroriza a los académicos cuando se escucha (o nos escuchamos) decir: “Boludo, ¿vamos al cine?” o “¡Qué bueno te salió el asado, boludo!” El problema es cuando se lo usa como adjetivo, pero no para calificar sino para descalificar al que piensa distinto sobre un tema.

No importa que, por ejemplo, Beatriz Sarlo sea una de las intelectuales más sólidas de la época, autora de más de 20 libros y ganadora de una decena de becas y premios nacionales e internacionales. Criticó en su momento al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y para buena parte de la dirigencia y la militancia kirchnerista pasó a ser “la boluda de Beatriz Sarlo”.

Pero como en esto no hay brecha que valga, al autor de estas líneas le preocupa la reacción que tendrá el incipiente universo del macrismo a partir de la entrevista que Sarlo dio al diario La Nación el 1 de marzo, en la que, entre otras cosas, dijo que “hablar de pobreza cero es una consigna imaginaria” y que el gobierno “está haciendo una limpieza descerebrada del Estado”, criticó las concesiones a las empresas mineras y hasta planteó que “no quisiera ver a (Nicolás) Caputo cerca de las decisiones del gobieno nacional, como lo estuvo en las de la Ciudad de Buenos Aires”.

Basta navegar por las redes sociales para encontrar otros cientos de ejemplos en los que personas bien intencionadas y de las otras, algunas con evidentes problemas de sintaxis, boludean o boludizan a quienes contradicen la idea rectora con la que se embanderan en ese momento.

Y no se trata de que los intelectuales que exponen sus ideas no puedan ser criticados. Todo lo contrario. De hecho, la crítica a las ideas es lo que mueve la noria del pensamiento. Se trata de la liviandad con que se califica, o descalifica, incluso a personas por las que hasta hace poco se profesaba respeto, o a otras de las que se desconocía su existencia o su obra.

Otro rubro que cosecha el calificativo boludo a granel es el de los políticos. Sólo por mencionar a los últimos dos protagonistas de la contienda presidencial: ¿alguien en su sano juicio puede pensar que Mauricio Macri, una persona que en 10 años armó de la nada un partido político, gobernó el segundo mayor distrito del país durante dos períodos y llegó a la Presidencia de la Nación es un boludo? ¿O que lo es alguien como Daniel Scioli, que hace más de 20 años se mantiene a flote en la primera línea política, como vicepresidente, como gobernador del principal distrito y como candidato presidencial, esquivando los codazos propios y ajenos?

¿Carlos Menem era un boludo o en todo caso merece algún otro calificativo más elaborado? ¿Fernando de la Rúa, ejemplo prototípico si los hay, era un boludo o un pésimo gobernante? Y así podemos seguir hasta el infinito.

Cabe preguntarse, ingresando un poco en el territorio de la psicología, por qué hay una manga de boludos en la élite dirigente de un pueblo como el argentino, que tiene los cuatro climas y múltiples riquezas, que afirma que Dios es un connacional y que por si fuera poco tiene un papa y hasta dos jugadores que se disputan el lugar de Zeus en el Olimpo del futbol. Quiénes serán los boludos que los pusieron ahí, ¿no?

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