Por Alejandro J. Lomuto

Parece evidente que América latina y el Caribe están viviendo un cambio de época. El rasgo más notorio es el fin de varios regímenes populistas, ya concretado en la Argentina y más o menos próximo en Bolivia, Brasil, Ecuador y Venezuela, tal como lo han señalado últimamente varios analistas. Sin embargo, ése es apenas uno de los diversos factores que caracterizan el momento, y conviene explorarlos a todos para poder vislumbrar mejor cómo será el ciclo que viene.

El reciente cambio de gobierno en la Argentina y los que se avizoran cada vez más inminentes en Brasil y Venezuela serán seguramente determinantes para quitar del escenario un foco de disidencia y permitir una mayor convergencia que acaso se traduzca en menos deliberación y más hechos concretos en materia de integración, no solo dentro de la región sino entre ésta y el resto del mundo. Integración no únicamente económica y comercial sino también en materia de investigación y desarrollo científico y tecnológico, y de cooperación en la lucha contra el crimen organizado, por ejemplo.

Los casos de Bolivia y Ecuador son diferentes por dos motivos. Por un lado, porque la limitación temporal para la permanencia en el gobierno de sus presidentes, Evo Morales y Rafael Correa ‒decidida por la ciudadanía en el primer caso y por el propio interesado en el segundo‒, no significa necesariamente el agotamiento de sus modelos políticos. Aunque sí es probable que también lo sea: se sabe que no hay populismo exitoso sin un fuerte liderazgo personal, y no hay sucesores a la vista con ese atributo para Morales ni para Correa.

Pero también porque, aun cuando aparecieran esos eventuales nuevos líderes, Bolivia y Ecuador carecen de la influencia que tienen países con economías más grandes y poderosas. Por lo tanto, resulta difícil imaginar que puedan convertirse en contrapeso de una corriente que agrupara, por ejemplo, a la Argentina, Brasil, Venezuela y los miembros de la Alianza del Pacífico.

Al mismo tiempo, conviene seguir de cerca la evolución de Colombia. Aun con las dificultades estructurales y temporales que analizamos la semana pasada (ver https://ideasyprotagonistas.com/2016/03/08/la-paz-en-colombia-el-problema-detras-de-la-solucion/), si logra acordar la paz definitiva no solo con las FARC sino también con el ELN y el EPL quedará perfilada para dar un salto que acaso la lleve en poco tiempo a disputarle a la Argentina el tercer puesto regional por la magnitud de su economía.

Otra modificación sustantiva llegará en cualquier momento desde Cuba. Hasta ahora, la política de reformas puesta en marcha por el presidente Raúl Castro y el descongelamiento de la relación con Estados Unidos vienen produciendo cambios por goteo. Pero el proceso puede tomar una velocidad inimaginable una vez que el Congreso norteamericano derogue el bloqueo económico y comercial a la isla ‒parece razonable esperar que eso ocurra más temprano que tarde, aunque no necesariamente en lo que queda del gobierno de Barack Obama‒, y que los hermanos Castro se aproximen a su límite biológico.

Paralelamente, al margen de la influencia que puede ejercer la situación particular de cada país, hay un conjunto de fenómenos que afectan transversalmente a la región.

Uno de ellos es la caída de los precios internacionales de las materias primas, que todavía siguen siendo la mayor fuente de recursos para las naciones latinoamericanas y caribeñas. Ello puede provocar, en algunos casos, una disminución de los volúmenes exportados a causa de los menores estímulos para hacerlo, lo que profundizará la caída de ingresos que ya se registró con toda crudeza en 2015.

La reducción de los ingresos pondrá a los países ante el desafío de optar entre descuidar la disciplina fiscal ‒lo que a su vez puede abrir, al menos inicialmente, un período de aumento de la inflación‒ o enfriar la economía, con sus previsibles secuelas sociales. Hay una tercera alternativa para evitar cualquiera de esos dos caminos, pero tampoco es ilimitada ni inocua: el endeudamiento.

En el mejor de los casos, el ciclo que viene será muy austero en materia económica y eso, por más razonable que sea en el estado actual de las cosas, no suele ser fácilmente comprendido, ni mucho menos tolerado, por gran parte de las sociedades. Y excepto que suceda algún milagro, tres de las mayores economías de la región ‒otra vez la Argentina, Brasil y Venezuela‒ entran en el nuevo ciclo en condiciones muy desventajosas para aspirar a acceder al mejor de los casos.

Otro de los fenómenos que atraviesa a la región es el auge de ciertas formas de crimen organizado, como la corrupción administrativa, el narcotráfico y la consecuencia natural de ambas: el lavado de activos.

La corrupción creció significativamente ‒o el avance de ciertas herramientas para combatirla y la imposibilidad de acallar a todos los medios de comunicación permitieron detectar más casos y más resonantes‒ en países donde ya se la consideraba arraigada, como la Argentina, Brasil, Colombia, Guatemala y Venezuela. Pero también alcanzó niveles preocupantes en países donde no era tan habitual ‒o se la disimulaba mejor‒, como Chile (con el caso del hijo y la nuera de la presidenta Michelle Bachelet), Uruguay (con el caso de la empresa estatal Ancap) y Perú (donde la primera dama y presidenta del partido gobernante, Nadine Heredia, es investigada por lavado de activos). Y, además, se multinacionalizó, como lo prueba la onda expansiva del escándalo de Petrobras sobre buena parte de la región.

Asimismo, el narcotráfico ha diversificado sus métodos y sus bases operativas, se ha asentado en países donde hasta hace poco no actuaba, ha captado los restos de organizaciones guerrilleras ‒sobre todo en Colombia y Perú‒ y bandas criminales dedicadas antes a otros rubros, y en varias naciones se ha entremezclado peligrosamente con la política. Hasta ahora, la toma de conciencia de ese flagelo ha avanzado mucho más rápido que los tibios intentos para ensayar nuevos modos de combatirlo o abordar el problema de manera integral.

También, con distintas formas y diferentes niveles de gravitación según los países o las zonas dentro de la región, asuntos como la trata de personas, la migración y la inseguridad ciudadana ‒con sus secuelas de violación de los derechos humanos fundamentales‒ ganan cada vez más espacio en la agenda cotidiana.

En síntesis, estamos entrando en una era en la que habrá que corregir muchos de los desaguisados que caracterizaron al tiempo que se va; preservar y extender avances en materia de inclusión social, igualdad entre géneros y derechos de minorías sociales; recuperar democracia y república sin perder gobernabilidad; resolver la tensión entre la explotación de los recursos naturales y el impacto ambiental; integrarse al mundo de manera confiable y duradera, y achicar con rapidez y efectividad la brecha educativa y tecnológica. Todos esos desafíos, y seguramente muchos otros, habrá que afrontarlos con mucho menos dinero que el que hubo disponible en la época que termina.

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