Por Alejandro J. Lomuto

La Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que reúne a la oposición en Venezuela informó que este jueves, 3 de marzo, revelará cuál será, de todos los mecanismos legales posibles, el que utilizará para tratar de forzar la caída del presidente Nicolás Maduro. Esa decisión ‒que a 48 horas del anuncio es todavía una gran incógnita‒ es apenas uno de los dos desafíos urgentes y vitales que la coalición deberá sortear si no quiere esperar hasta 2019 para llegar al gobierno. El otro es nada menos que la elección del candidato a suceder a Maduro.La coalición opositora podrá llegar anticipadamente al palacio presidencial de Miraflores solo si Maduro deja su cargo antes del 10 de enero de 2017. Los más de 10 meses que faltan para esa fecha no son tanto tiempo como parece, pues todas las opciones más probables para provocar la vacancia requieren procesos complejos (ver https://ideasyprotagonistas.com/2016/02/16/las-nueve-formas-legales-de-acortar-el-mandato-de-maduro/). Además, es razonable esperar que los poderes Judicial y Electoral ‒hoy bajo control del chavismo‒ apliquen la experiencia y la predisposición que ya demostraron en ocasiones anteriores para extender considerablemente las demoras naturales de cualquiera de esas opciones.

La MUD parece haber comprendido que no le sobra tiempo y por eso anticipó para estos días la decisión que en principio había anunciado que daría a conocer en julio.

Por otra parte, si Maduro cayera antes del 10 de enero de 2017, habrá apenas 30 días desde que eso ocurra ‒si se respeta la Constitución‒ para elegir en las urnas a su sucesor. Parece prácticamente imposible, en ese breve plazo, convocar, organizar y realizar elecciones internas para escoger un candidato presidencial. Si así fuera, el postulante deberá surgir por consenso entre los líderes de la MUD.

La polarización extrema en que el chavismo sumió a Venezuela y los resultados de todas las elecciones ‒presidenciales, parlamentarias y de autoridades regionales‒ efectuadas desde 2006 pueden causar la impresión de que rige en ese país un sistema esencialmente bipartidista. Pero eso no es exactamente así.

Tanto el chavismo como la MUD son en realidad coaliciones enormes y muy heterogéneas. Así como en el actual oficialismo conviven estatistas y privatistas, procubanos y anticubanos, y militaristas y civilistas, en la oposición coexisten conservadores y marxistas, moderados y radicales, y no chavistas y antichavistas furiosos, que naturalmente son cosas diferentes.

El chavismo es más vertical y organizado, producto de sus más de 17 años en el gobierno y del liderazgo excepcional de Hugo Chávez. En tanto, la MUD es más horizontal, con varios jefes competitivos pero ninguno hegemónico, y aún depende mucho de la confluencia de voluntades individuales, pues más que una maquinaria militante común se han desarrollado los aparatos de varios de los partidos que la integran.

Y como todo en Venezuela ha girado desde 1999 alrededor de Chávez ‒y en buena medida parece seguir haciéndolo aún hoy, tres años después de su muerte‒, también lo ha hecho la oposición. Después de varios resonantes traspiés (el golpe de estado de 2002, la huelga general petrolera de 2002-03, la derrota en el referendo revocatorio de 2004 y la abstención en las elecciones parlamentarias de 2005), comprendió que solo podría competir con el chavismo bajo el paraguas de una coalición lo más abarcadora posible. Así fue en 2006, cuando 43 partidos se reunieron en la Unidad Nacional detrás de la candidatura de Manuel Rosales, y con mayor y mejor organización a partir de comienzos de 2008, cuando se fundó la MUD.

Así, para 2012 hubo tiempo de realizar las elecciones internas que Henrique Capriles ganó no solamente por sus méritos sino sobre todo porque el chavismo se lo facilitó al inhabilitar a su principal competidor, Leopoldo López, quien probablemente habría sido el candidato presidencial opositor de no mediar esa sanción. Capriles demostró su talento en la campaña y realizó, por lejos, el mejor papel entre todos los postulantes opositores derrotados por Chávez. Por eso, y porque López continuaba inhibido, fue natural que seis meses después, tras la muerte del teniente coronel y sin tiempo para efectuar comicios internos, fuera elegido por la cúpula de la MUD para enfrentar a Maduro.

Pero ahora será diferente. Primero, porque si efectivamente cayera Maduro y hubiera que llamar a elecciones, tal vez los líderes opositores que hoy están presos o inhabilitados hayan sido beneficiados por la amnistía que está tratando la Asamblea Nacional (parlamento) y estén en condiciones de postularse. También porque, a pesar de que Capriles no ha dejado de recorrer el país desde 2012, como si estuviera permanentemente en campaña electoral, el paso del tiempo ha ido modificando el escenario.

El buen desempeño electoral potenció la imagen de Capriles hasta convertirlo por un tiempo en el aparente líder indiscutido de la oposición. Pero con la muerte de Chávez desapareció el principal factor aglutinante, tanto en el chavismo como en la oposición, y en ambos sectores comenzaron a aflorar las diferencias internas.

Las de la MUD quedaron en evidencia a comienzos de 2014, cuando el sector más radical de López, María Corina Machado y Antonio Ledezma ‒tal vez menos numeroso entre partidos y dirigentes de la coalición pero con buena repercusión entre los estudiantes‒ impulsó La Salida, aquella serie de protestas cotidianas que se extendieron entre febrero y junio y dejaron 43 muertos y 873 heridos, según los datos del gobierno. Capriles, que tomó distancia de esa iniciativa, probablemente cargue menos víctimas en su conciencia pero quedó fuera del alcance de la pátina de heroísmo y martirologio que benefició a los encarcelados López y Ledezma y a la destituida diputada Machado.

Esas disidencias no se han acallado, como lo prueban las recientes manifestaciones públicas acerca de cuál debe ser la vía elegida por la MUD para cesar a Maduro. Para López y su sector, lo mejor es forzar la renuncia del presidente; para Capriles y los suyos, juntar los casi 3,9 millones de firmas necesarias para convocar a un referendo revocatorio, y para otros, sancionar en la Asamblea una enmienda constitucional que reduzca el mandato del jefe del Estado.

Capriles y López ‒tan parecidos por pertenencia generacional, con 43 y 44 años, y, hasta hace algunos años por trayectoria política y militancia partidaria compartida‒ siguen estando entre los principales candidatos a la vista de la opinión pública, pero no son los únicos. Según una encuesta divulgada a fines de febrero por la firma Datos, junto a Henry Ramos Allup empatan el segundo lugar entre los dirigentes opositores que generan más agrado en la población, que no es lo mismo que intención de voto para una eventual candidatura presidencial pero tampoco es del todo diferente.

Ramos Allup es un veterano socialdemócrata ‒tiene 72 años y es el líder del tradicional partido Acción Democrática‒ que comenzó a ganar predicamento en 2014, cuando junto a otros dirigentes hizo evidentes y exitosos esfuerzos por evitar la fractura de la MUD, y saltó a una posición de privilegio a comienzos de este año, al ser elegido presidente de la Asamblea Nacional.

Pero la mayor sorpresa de ese sondeo está en quien ocupa el primer puesto, porque no es un político. Se trata de Lorenzo Mendoza, ingeniero industrial de 50 años que preside Empresas Polar, un conglomerado de más de 40 empresas y 31.000 empleados que es el mayor productor privado de alimentos y bebidas en Venezuela. Aunque no se le conoce militancia partidaria, en los últimos años levantó el perfil y hasta recibió ovaciones en estadios colmados. Maduro, que en varias ocasiones hizo el amago de negociar con él para buscar una solución a la crisis de abastecimiento pero nunca profundizó esos contactos, lo ha demonizado públicamente y amenzado con expropiarle las empresas, pero hasta ahora no lo hizo. Mendoza, que nunca demostró temor para responder a las acusaciones del gobierno, dijo días atrás: “Yo no me voy del país. Aquí lo que tenemos es que trabajar duro y tener fe.”

Quién sabe hasta dónde llegará la fe de Mendoza. ¿Tendrá la suficiente como para encabezar el cambio de época no solo para el chavismo sino también para la MUD? ¿Será, por su falta de antecedentes partidarios, su reputación de empresario exitoso y su indudable oposición al gobierno, el candidato transaccional a la medida de las ambiciones y las vanidades de los jefes de los partidos de la coalición? No falta mucho para saberlo. En el peor de los casos, poco más de 10 meses.

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