Por Daniel Casas

Todo indica que Evo Morales y Alvaro García Linera, presidente y vice de Bolivia, respectivamente, perdieron el referendo del último domingo 21 de febrero, en el que buscaban que el electorado boliviano aceptara una nueva reforma constitucional que los habilitara para buscar un cuarto mandato presidencial consecutivo en las elecciones de 2019.

Se trata de una afirmación en cierto modo aventurada, porque a más de 24 horas del cierre del comicio la noticia de la derrota del oficialismo boliviano aún debe ser confirmada por el lento escrutinio de la elección por Sí o por No, para cuyo final “habrá que esperar horas y días”, según remarcó el vicepresidente boliviano. Pero ese resultado sería indicativo de que el país y la región se enfrentan a un nuevo escenario, en el que se consolida la tendencia de recambio gobiernos populistas por otros menos personalistas, más republicanos.

Aún en el caso de que los votos del campo y de los bolivianos residentes en el exterior operaran el milagro de revertir la tendencia y dieran por ganador al Sí, cosa bastante improbable, este referendo sería un doloroso llamado de atención para el primer presidente indígena de Bolivia, porque demuestra que la coraza de su liderazgo ya no es inexpugnable.
El 12 de octubre de 2014 el binomio Evo Morales-Alvaro García Linera obtuvo su tercer mandato consecutivo -primero con la vieja Constitución y luego con la del Estado Plurinacional de Bolivia- con un contundente 61,36%. Un liderazgo cimentado en la exportaciones de recursos naturales, básicamente gas y una serie de minerales que tienen al litio al tope de la lista, que en una década cuadruplicaron el PBI boliviano, estimado actualmente en 33.000 millones de dólares, con un ingreso per cápita que desde 2006 a la fecha pasó de 1.200 a 3.000 dólares y con un reparto más equitativo de la riqueza que puso en marcha el círculo virtuoso de la economía, aún dentro de la lógica de un gobierno que se identifica como socialista.

En esas elecciones Morales se impuso incluso en los departamentos (provincias) de la media luna, donde se produce buena parte de la riqueza de Bolivia, Tarija, Santa Cruz, Beni y Pando, cuna de la oposición que en 2008 impulsó un movimiento secesionista, finalmente sofocado por el MAS. Pero apenas unos meses más tarde, en las elecciones regionales de 2015, la oposición ganó varios departamentos, incluído el de La Paz, y varias alcaldías, incluída la de El Alto, vecina a la ciudad de La Paz, que era un bastión del MAS.

Algo pasó en el medio para que la sociedad boliviana decidiera seguir la tendencia de cambios que se inició un tanto irregularmente en Paraguay y se afianzó en la Argentina, donde desde el 10 de diciembre el centroderechista Mauricio Macri reemplazó en el gobierno a la populista Cristina Fernández de Kirchner. Tendencia que también se avizora, aunque no sin traumas, en la controvertida Venezuela, y que a punto estuvo de darse en 2014 en las elecciones de Brasil, donde Dilma Rousseff obtuvo tan ajustadamente su reelección que hoy su gestión tambalea tanto económica como institucionalmente.

El otro referente del populismo en la región es Rafael Correa, presidente de Ecuador, pero el país avanza hacia una reforma constitucional que, por decisión del propio mandatario, no prevé ninguna cláusula que le permita extender su estadía en el gubernamental Palacio Carondelet.
De repente los conflictos sociales, como el del Tipnis, que terminó en una dura represión, y las denuncias de presunta corrupción, como la del tráfico de infuencias, que ensució la campaña para este plebiscito, hicieron mella en la imagen de Evo Morales, que si se consolida esta derrota se encuentra frente a la inédita situación de tener que pensarse fuera del poder, aunque difícilmente sea fuera de la política.

“Cuando termine esto me vuelvo a mi cato”, decía el dirigente cocalero en sus primeros años de mandato, en alusión al pequeño terreno donde cultivaba coca y desde donde comenzó la carrera sindical que lo catapultó a la política. Pero nadie lo imagina autorelegado a esa función a los 61 años que tendrá al fin de la actual gestión.

Una opción es que a pesar de la derrota en este referendo no se resigne y busque una alternativa para retener el gobierno, a pesar de las internas que ya afloran en el seno de su gobierno. La otra es que adquiera una capacidad que hasta ahora no tuvo, la de generar o dejar crecer a un heredero político que pueda contener a la multiplicidad de etnias e intereses cruzados que componen al Estado Plurinacional que fundó y llevó al país a un lugar impensado hace apenas una década.
No será fácil. En principio tendría que ser un indígena, ya que los miembros de esa categoría mayoritaria en Bolivia difícilmente votarían a alguien que no lo sea. Incluso García Linera, hombre forjado en la izquierda -integró el Ejército Guerrillero Tupac Katari, marxista, por lo que estuvo preso entre 1992 y 1997– y considerado el motor intelectual del gobierno, no tendría chances si la Constitución se lo permitiera porque es “oxidental”, como llaman los indígenas a los blancos nacidos en la zona rica del país.

Un nombre que aparece con cierta luz propia en este entramado es el del canciller David Choquehuanca, que es el hombre indicado para el racambio para muchos de los miembros del gobierno del MAS, que incluso con ese objetivo habrían impulsado subrepticiamente el voto por el No.

En el medio de todo esto, aparte de contener los problemas internos, Evo Morales tendrá que atender a los cambios en la región y seguir insertando a Bolivia dentro del mapa político internacional, como cuando tomó la decisión de acordar con los empresarios de su país para incrementar las exportaciones, algo impensado en sus primeros gobiernos.

El equilibrio entre los principios ideológicos, que lo han llevado a chocar con varias potencias y en particular con los Estados Unidos, y el pragmatismo para gobernar en un eventual nuevo mapa político de la región será clave.

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