Por Daniel Casas

El flamante embajador en los Estados Unidos, Martín Lousteau, juega en estos momentos partidas de ajedrez simultaneas en su rol de representante político del gobierno de Mauricio Macri ante la primer potencia mundial y con sus manifiestas aspiraciones de arrebatarle al PRO la administración de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), piedra basal de la construcción que lo llevó a la Casa Rosada.

Macri sorprendió a propios y extraños con la elección de Lousteau como su embajador político en Washington, anunciada el 2 de diciembre, cuando aún era presidente electo y no se conocía a ciencia cierta quiénes intergrarían el gabinete de ministros.

El joven economista, que con un 48,3% de los votos exigió en el balotaje porteño al delfín del presidente en la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, carece de experiencia diplomática, pero tiene buenas credenciales, llegada a los circuitos financieros y la formación adecuada para desempeñarse como representante de un gobierno que necesita imperiosamente recuperar la confianza de los mercados internacionales.

Por otra parte, luego de que el kirchnerismo llevara la relación bilateral a uno de los puntos más bajos de la historia, la ley de las comparaciones beneficiará a Lousteau haga lo que haga, y se descuenta que el flamante e inquieto diplomático se moverá bastante.

De hecho está haciendo intensas gestiones para conseguir un encuentro bilateral entre los presidente Barack Obama y Mauricio Macri durante la Cumbre de Seguridad Nuclear que se realizará el 30 y 31 de marzo en Washington, aunque ambos compartirán mucho más que eso en la visita que el estadounidense realizará a la Argentina, en un evidente gesto de respaldo, una semana antes de esa cumbre, el 23 y 24.

Entonces, por qué Macri le da esta vidriera a Lousteau. La primer lectura es para sacarlo de la Ciudad, donde podría convertirse en una sombra molesta para Rodríguez Larreta, y con la convicción de que la chapa que pueda darle el rol de diplomático no tendría tanta insidencia en el electorado porteño.

Pero el caso es que Lousteau no parece dispuesto a dejar que la distancia lo saque del tablero local. En diciembre se instaló en Washington como embajador para hacerse cargo de la embajada que ocupó en los dos años la camporista Cecilia Nahon, y el 28 de enero presentó formalmente sus credenciales de embajador a Obama. Pero en febrero ya estaba en Buenos Aires, haciendo política para competir por el gobierno poteño.
El caluroso viernes 12 de febrero cientos de radicales atravesaron el Serenguetti porteño para participar de una charla que ofrecieron el nuevo embajador en Colombia, Marcelo Stubrin, y el extrapartidario Lousteau, quien rápidamente reivindico que el radicalismo esta en su “ADN” y prometió que ECO (Energía Ciudadana Organizada), el frente electoral que integraron UCR, Coalición Cívica-ARI, PS, PSA y Confianza Pública, “va a seguir trabajando, porque en dos años tenemos elecciones y dentro de cuatro años vamos a ganar la Ciudad”.

Luego ambos hablaron de sus perspectivas diplomáticas, pero los radicales, que claman porque sienten, con razón, que el gobierno de Macri no los tiene en cuenta, ya habían escuchado la promesa de un espacio de poder, que es lo que más les interesa, y no paraban de correar al fondo del salón de Comité Capital de la UCR.

Pocos días más tarde, el 17, Lousteau inauguró un local en Recoleta, junto al legislador metropolitano Roy Cortina (PS), y a coro afirmaron que “ECO continúa su camino como alternativa en la Ciudad” al gobierno del PRO de Horacio Rodríguez Larreta.
La segunda pregunta que surge es cuánto tiempo estará Lousteau en Washington. Macri es pragmático y sabe que mucho de lo que pueda hacer o no hacer en el gobierno depende de las inversiones externas, para las que necesita respaldos internacionales. Y en ese rol Lousteau puede ser un hombre muy útil.

Pero a la vez, el presidente es un político al que los desafíos internos no le causan gracia, como lo evidencia el rol que les dio en el gobierno nacional a los dirigentes que respaldaron en la interna del PRO a su vicepresidenta, Gabriela Michetti. En los costos y beneficios de esa relación utilitaria se dirimirá entonces el futuro.

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