Por Alejandro J. Lomuto (publicada en la revista ConCiencia, diciembre de 2015)

A los 37 años, el colombiano Hugo Prada acumula una vasta formación académica (es ingeniero financiero con posgrados en Banca y Finanzas, Comercio Internacional y Alta Gerencia, además de coach certificado por The Newfield Network) y una rica experiencia de trabajo que incluye desde la vicepresidencia financiera de uno de los mayores holdings de su país hasta la gerencia general de la Fundación Arcángeles, especializada en el desminado humanitario, que desempeña actualmente.

A fines del año pasado conversé con él a través de Skype con el objeto de conocer sus vivencias y sus opiniones sobre cómo afectó al mundo de los negocios el prolongado conflicto armado colombiano, las expectativas que genera el proceso de paz con las FARC y el asunto crucial del desminado.

El siguiente es un extracto de esa charla, que fue publicada en forma casi completa en el número de diciembre de ConCiencia, la revista del Centro para el Aprendizaje en Organizaciones (CePAO).

 

– Llevás cerca de dos décadas de trabajo en organizaciones, la mayoría de ellos en funciones de liderazgo. ¿Cuáles fueron los cambios más importantes que percibiste en el mundo de los negocios, en la manera de hacer negocios y en la manera de relacionarse las personas del mundo de los negocios?

– Lo primero es la brecha generacional, que cada vez se va cerrando más. Hoy día, los ciclos profesionales de los equipos cada vez son más cortos. Mi mamá, por ejemplo, duró 39 años trabajando en una compañía. Cuando yo, después de ocho años, dije que estaba cansado de estar en una compañía, estuve cerca de ser excomulgado. Porque para una persona que duró 39 años, decir que a los ocho estoy cansado es un adefesio. Y cada vez es más corto el ciclo de las personas en los cargos dentro de las empresas. Hoy día, tú te encuentras con vicepresidentes y presidentes de compañías de 40 y tantos años, 50 y tantos años, que hace unos años no era una prioridad, porque los presidentes de las compañías tenían muchos más años. Aquí en Colombia, por lo menos, tenemos varios referentes que son personas que están entre 48 y 55 que son presidentes de compañías muy grandes. Ese es un gran tema. Entonces, los ciclos se acortan y la brecha generacional se va cerrando cada vez más. Creo que las personas están empezando a integrar mucho más esto de las competencias humanas. Entonces, también percibo que los presidentes de mayor edad se retiran porque dicen: “No tiene sentido que yo trabaje 40 años en una empresa, y ahora me voy a dedicar a leer y a cuidar a mis nietos”, y empiezan a salir. Y eso mismo lo entienden los jóvenes. “No tiene sentido que si puedo trabajar desde mi casa, me obliguen a ir a la empresa. ¿Y por qué tengo que ponerme corbata si mi trabajo no lo necesita? ¿Y por qué debo llevar el pelo corto si me gusta el pelo largo?” Empiezan a pensarse otras cosas. Sin alejarse, desde luego, de la necesidad de los resultados y de indicadores críticos tales como que hay que pagar las cuentas y que a estos muchachos de pelo largo también les gusta la plata para comprar su música o para lo que sea. Es como que empiezan a aparecer más esos asuntos humanos en las empresas. Desde luego, gracias a las personas. Las empresas no son otra cosa que las personas que las conforman. No son un ser que exista sin personas. Otro tema, que es muy propio de Colombia, es que llevamos tantos años en conflicto que de un tiempo a esta parte la palabra posconflicto, que en mi opinión está mal utilizada, está en boca de todos. Por ejemplo, en los últimos dos o tres años, todo se volvió habanodependiente [se refiere a la negociación de un acuerdo de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC, que se lleva a cabo desde noviembre de 2012 en La Habana]. Y eso para mí es un problema grande. Sin duda es algo muy importante, no le quiero restar importancia. Pero hay otras cosas que necesitamos empezar a pensar, precisamente por lo que está pasando en La Habana. Ahora, también, independientemente de lo que pasa en La Habana, hay otras cosas que nos preocupan. Viene una tendencia de nivel mundial que no conozco cómo es la historia, pero ya desde hace algunos años todas las compañías tienen programas de responsabilidad social. No es tan viejo esto: cuando yo empecé a trabajar, no existía esto. Mi primer trabajo fue en un banco muy grande en el que entonces no existía un departamento de responsabilidad social. Cuando entré a trabajar en la compañía en la que hice mi carrera profesional más larga tampoco había un programa de responsabilidad, que se creó mientras yo estaba, y de esto hace ocho años. Y es la tercera compañía más grande del país. Creo que las compañías empiezan a incorporar eso. Claro: se van agarrando los frutos bajos. Entonces, hacemos responsabilidad social para trabajar con niños, adultos mayores, campañas de reciclaje, medio ambiente y todo eso, en principio porque nos lo piden el código de ética o las regulaciones, luego porque las comunidades nos lo empiezan a exigir y en alguna medida porque queremos salir bien en la foto de diciembre, diciendo que somos socialmente responsables. La brecha generacional ha ido llevando a que cada vez sea menos por eso y más por una conciencia real del impacto que tienen las empresas en las comunidades y del impacto que deben empezar a mitigar. Adoro a mi mamá, pero estoy seguro de que mi mamá, cuando estaba en su empresa, sabía, porque la conozco, que estaba generando algún impacto. Pero no existía como tal una fundación de esa empresa.

 

– Tal vez junto a México y algunos países de Centroamérica, me parece que Colombia ha sido en las últimas cuatro o cinco décadas el país más estable de América latina en materia institucional. Pero, al mismo tiempo, tuvo, y todavía no termina de sacarse de encima, un conflicto interno muy particular. ¿Cómo influyeron y cómo influyen esas dos características, la estabilidad y el conflicto, en el mundo de los negocios y en las personas que actúan en el mundo de los negocios?

– Lo de la estabilidad es una cuestión de perspectiva. Según con quién te compares y según con quién estés hablando, te dicen que Colombia es estable o que es un desastre en términos de estabilidad política y jurídica. Te doy un ejemplo: en los tres últimos años hemos tenido dos reformas tributarias. Ninguna es llamada una reforma estructural, creo que porque el gobierno siempre está guardando la carta de decir que ya se viene la reforma estructural. Desde mi punto de vista, eso causa una inestabilidad brutal en el mundo de los negocios. Otro ejemplo bien preciso: el sector hotelero, que dinamiza a muchos sectores de la economía. Claro, a Colombia venía poca gente por el tema del riesgo de seguridad y toda esa historia. Poca gente de turismo, poca gente de trabajo. En algún momento perciben que el conflicto empieza a bajar, o al menos se vuelve normal, y tú sabes que vienes y te puedes mover por ciertos barrios pero que si tienen que viajar a tal lugar debes llevar escolta, y la problemática del conflicto pasa a un segundo plano. Entonces, el gobierno dice: “Necesitamos tener infraestructura para que la gente venga”. No existían hoteles muy buenos. Hasta hace cinco o siete años, en Colombia no había un Marriott, había un Hilton solamente en Cartagena. Hace aproximadamente 10 años, el gobierno dice que todo el sector hotelero va a quedar exento del impuesto a la renta por 25 años para los hoteles que se han construido si empiezan a operar a más tardar al cierre de diciembre de 2014. Desde luego empezaron a llegar todas las cadenas: 25 años de exención del impuesto a la renta es atractivo desde donde lo quieras mirar. ¿Qué pasó? Obviamente, se construyó un montón de hoteles. Se generó una sobreoferta, los niveles de ocupación, que estaban estimados ‒lo sé porque hice modelos de negocio‒ en escenarios pesimistas en 55 por ciento y optimistas en 85 por ciento, hoy día están en 35/40 por ciento. Al final del año pasado todos estaban expectantes de que ya terminaba la oferta y los que entraron, entraron. No: al final del año pasado, el gobierno prorrogó el límite para empezar a operar por cinco años más. Entonces, ¿qué hace el inversionista? Vamos a tener cinco años más la posibilidad de que crezca la sobreoferta hotelera. Yo había contado con que una vez que se cortara esto el aumento de la oferta se cerraba, y yo podía empezar a tener niveles de ocupación mucho mayores porque las perspectivas eran buenas. En un país estable ‒entre comillas‒ jurídicamente, con inversión viniendo ‒aunque a partir de julio la inversión extranjera cayó, precisamente por los temas tributarios‒, el inversionista hizo sus números y dijo, okey, soporto tres o cuatro años con sobreoferta pero sé que tengo 21 o 22 años más de exención del impuesto a las ganancias. Ahora ya no sabe cuánto más va a durar el aumento de la sobreoferta. Por otra parte, la credibilidad en las instituciones es muy baja. Muy, muy baja. Corrupción. Por ejemplo, en las obras públicas. Hay un dicho muy común: que roben lo que quieran pero que por lo menos hagan. Aquí se lo roban y no hacen las obras. Celebramos literalmente con bombos y platillos si una obra se termina a tiempo. Y mucho más si no tuvo sobrecostos de presupuesto. Eso es impensable para Colombia.

 

– Es América latina, Hugo…

– Tal cual. Lo que pasa es que tenemos vecinos con los que nos comparamos. Vemos a Ecuador, donde la infraestructura está disparada. La gente del común ve esas obras y dice: “Mira lo que está haciendo Correa”. Claro, lo que la gente no sabe es que Correa hipotecó a favor de China el petróleo de Ecuador por los próximos 100 años, más o menos. La gente ve las carreteras de Colombia, el túnel de La Línea, que lleva 20 años haciéndose, y ve las fotos de las carreteras de Ecuador, megaautopistas de tres carriles por cada calzada, y cree que Ecuador está mejor que Colombia. Claro, eso es lo que ve la gente del común que no mira un poco más allá. Yo creo que la inversión extranjera se impacta mucho. Creo que hay un tema en el que todavía en Colombia ya empezamos a aprender de las dificultades que representa la concentración de clientes con los vecinos. Venezuela, durante mucho tiempo, fue el único socio comercial de algunos sectores de la economía, el sector textil y el sector del calzado se dedicaban exclusivamente a la exportación a Venezuela, y bueno: ya conoces Venezuela, que un día te dice que no te paga, otro te aplica subsidios. Y cuando Venezuela se cierra como opción comercial, estos sectores se van al piso. Cuando Colombia se da cuenta de que Venezuela no es un socio confiable, que fue en el momento en que los tipos de cambio se fueron al traste y se voltearon completamente, algunos, con una visión distinta, lograron capturar esa capacidad instalada de los que habían quebrado, y empezaron a mirar para otros lados. En paralelo, los chilenos vienen subiendo, se encuentran con los colombianos y se abre todo el mercado del Pacífico, Asia y demás, que Chile lo tenía ya cubierto. Eso ha sido un reacomodo grande en los últimos años en el mundo de los negocios, y ocurrió básicamente por los vecinos, por lo que le pasó a los vecinos. Algunos lo han sabido aprovechar y otros no tanto.

 

– ¿Y el conflicto interno? ¿Cómo afectó y afecta al mundo de los negocios?

– Me atrevo a decir, con poco temor a equivocarme, que no existe un solo colombiano de mi generación y de algunas generaciones anteriores que no haya tenido un tema cercano al conflicto. O fue extorsionado directamente, o lo fue algún familiar o algún vecino, o alguno de ellos fue secuestrado. Ya de mi generación hacia abajo, es decir mis hijos o incluso mis primos menores, han vivido una época distinta. Si yo les hablo a ellos de la época de las luchas entre el cartel de Cali y el cartel de Medellín, no está en la memoria de ellos. Pero yo lo tengo superfresco. Eso también está cambiando positivamente el clima de negocios.

 

– Como gerente de la Fundación Arcángeles tenés relación con algunos de los aspectos del conflicto y el proceso de paz, como por ejemplo el desminado humanitario. Creo que sería muy enriquecedor para los lectores conocer esa experiencia y saber cómo influyó tu formación de coach para afrontarla y hacerla más efectiva.

– Una de las primeras cosas que al hablar con la gente se me hizo muy evidente fue el tema de la necesidad de generar confianza para poder hacer el desminado. No es una actividad menor. Estamos hablando de despejar un territorio que lleva 10, 20 o 30 años sin poder ser utilizado, que ha generado problemáticas del estilo de que hay sospecha de minas alrededor de una escuela y por lo tanto los niños no fueron al colegio y la escuela quedó abandonada.

 

– Claro: en primer término causó desplazamiento de personas, y el desplazamiento de personas generó improductividad.

– Totalmente. Entonces, el desminado como tal tiene la posibilidad de regenerar y reconstruir el tejido social. Tienes todas las posibilidades. Por eso digo que el desminado no es el punto de llegada, es un punto de partida. A partir de que se libera un territorio hay la posibilidad de hacer muchas cosas allí. Ahora, 80 o 90 por ciento de la actividad de desminado consiste en ir y hablar con la comunidad para obtener información que permita hacer un despeje de áreas muy pequeñas. Colombia es un territorio enorme. No es sensato pensar en pasar el detector de metales por todos los centímetros del territorio nacional. Además, no es necesario. Puedes circular por la avenida Caracas, en Bogotá, y no vas a pisar una mina antipersonal. Pero el campo no tiene esa seguridad. Entonces necesitas ir a hablar con la comunidad para que la gente de allí te diga: mira, yo por aquí camino todos los días desde hace 20 años y no me ha pasado nada, pero a ese potrero no voy porque alguien me dijo que allí había minas. Entonces, inmediatamente empiezas a acotar el área. Esa generación de confianza no se enseña en los libros. No hay un manual que tú puedas seguir y que te diga que lo primero es saludar de una manera determinada y lo segundo otra cosa. No. Eso lo logran seres humanos hablando con seres humanos, y no en 10 minutos. Hay entidades británicas que se dedican hace 20 años al desminado, que invierten tiempo y dinero en generar confianza, que no tienen el afán de en 10 minutos haber hablado con una determinada comunidad. Veo casos en los que había una casa abandonada, que se supone que lo fue por el conflicto, y empezar a averiguar quién vivía ahí, dónde está ahora, por qué se fue. Eso requiere tiempo y eso requiere unas competencias que, repito, no están en ningún libro. Ahí está las herramientas de coaching claves en la actividad del desminado humanitario. Y, obviamente, en saber comunicar después cuáles son los beneficios de esto, por qué es importante hacerlo y empezar a reconstruir la confianza para que la gente vuelva al territorio. Empezar a generar confianza en las empresas para que vuelvan a invertir en esos territorios. Hay un municipio que era considerado uno de los municipios con mayor impacto de minas antipersonales, al que obviamente no se llega por avión sino que tienes que hacer ocho horas de carretera después de volar una hora y media. En la primera visita, salías del aeropuerto y veías granjas lecheras durante una o dos horas de camino. Granjas productivas. En las siguientes visitas empecé a ver cómo la producción iba acercándose cada vez más a ese municipio. El crecimiento de actividad productiva que se asocia a progreso, a generación de empleo, a generación de abundancia, todo porque ese municipio comenzaba a quitarse el estigma de ser visto como un municipio peligroso, infestado de minas. Es un caso de los que puedo decir que definitivamente demuestran las bondades del desminado humanitario. Creo que es absolutamente necesario continuar con esa actividad independientemente de la firma del acuerdo de paz con las FARC, porque el desminado se hace en áreas que no son estratégicas para grupos armados. Hay áreas que ya están bajo control de las Fuerzas Militares y por lo tanto se pueden desminar. Claramente este es un tema de muchísima más envergadura.

 

– ¿Cuentan con apoyo del gobierno, o al menos han percibido interés de las autoridades en la tarea del desminado? Me refiero especialmente a las áreas productivas.

– Sí lo hay. Hay una autoridad nacional para el tema de minas, hay una autoridad para la restitución de tierras, que se alinea con el proceso de desminado. La restitución de tierras es uno de los mecanismos de reparación a las víctimas de desplazamiento. Entonces, obviamente el Estado debe garantizar que ese territorio está libre de sospecha para que no haya repetición del hecho victimizante. Esta autoridad es relativamente nueva, debe tener como máximo 10 años de creada y unos cinco de estar operando activamente.

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Ver la entrevista publicada en:

http://www.cepao.org/ConCiencia%203.pdf

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