Por Alejandro J. Lomuto (publicada en la revista ConCiencia, marzo de 2015)

Hace poco más de un año, en noviembre de 2014, el expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti pasó por Buenos Aires, invitado a disertar en un foro. Tuve la oportunidad de conversar a solas con él durante media hora.

Publiqué al día siguiente una breve síntesis de esa charla en un despacho de la agencia Télam y la entrevista completa en el número de marzo de ConCiencia, la revista del Centro para el Aprendizaje en Organizaciones (CePAO). Rescato ahora algunos pasajes porque creo que no perdieron actualidad.

‒ A tres décadas del restablecimiento de la democracia, ¿qué cree usted que mejoró y qué cosas están todavía pendientes en la región?

‒ La democracia, sin duda, vino. Los pueblos votan, los gobiernos tienen una legitimidad de origen incuestionable, y eso es un gran avance que la región ha tenido. Si nos miramos ya desde el lado de la legitimidad del ejercicio, ahí nos encontramos con que las cosas no han sido tan rosadas. Ha habido muchos abusos, ha habido muchas invasiones sobre el Poder Judicial, ha habido muchos abusos sobre la prensa, o intentos de restringir la libertad de expresión del pensamiento. O sea que la democracia ha tenido grietas. También es verdad que los poderes judiciales, en la Argentina, Brasil y Uruguay, han ofrecido, digamos, una posibilidad importante de mantener en el equilibrio la legalidad. Los mayores episodios de corrupción de Brasil, por ejemplo, tuvieron una respuesta judicial importante. Los debates sobre el tema de libertad de prensa acá en la Argentina han tenido también una justicia que actuó con independencia de criterio. De modo que por allí hay, creo, avances, con las grietas que hemos señalado. Si miramos ya hacia lo económico, hacia el desarrollo, ahí las suertes son más variadas, porque en términos generales los tres países han tenido crecimiento pero la redistribución del ingreso no ha sido buena en ninguno de los lados. Los últimos 10 años, sobre todo, son los más importantes porque son aquellos en los cuales, por fin, se logró el sueño de Prebisch. Es decir que los términos del intercambio comercial nos fueran favorables, porque habían sido negativos. O sea: lo que vendíamos valía cada vez más en relación con lo que comprábamos. Sin embargo, eso no ha dado lugar en Brasil a un crecimiento sostenido ni a infraestructuras desarrolladas; en la Argentina tampoco, y en Uruguay, si bien ha habido una expansión importante, hemos tenido retrocesos sustantivos en elementos como la infraestructura, por ejemplo la infraestructura vial. Y, sobre todo, la educación, que es, yo diría, el factor más negativo para toda la región.

 

‒ En el primer Foro Iberoamérica, en 2000, usted dijo: “Tenemos que financiar una nueva educación”. ¿Cómo estamos hoy en ese aspecto?

‒ La educación está atrasada y lo miden la evaluación PISA y todas las otras mediciones que han ocurrido. Alguna gente niega el valor de estas mediciones. Está claro que hemos retrocedido. La Argentina y Uruguay fuimos la vanguardia, hoy ya no lo somos. Chile nos ha superado. Pero el rendimiento igual es muy triste. De 67 países que evalúa el PISA, los ocho latinoamericanos estamos entre el 53 y el 67. Es decir que estamos muy por abajo de lo que debiera ser. El último PISA, el de 2012, mostró a Uruguay en la peor evaluación de 2000 para acá. O sea que no sólo estamos estancados: estamos retrocediendo. La Argentina apenas se mantuvo, pero con resultados magros. En las cinco categorías que se ponen, en la Argentina siete de cada 10 muchachos de 15 a 16 años no llegan al nivel 1 en matemática y 53 por ciento no llega al nivel 2 en materia de lectura. Estamos hablando de la patria de Sarmiento. Entonces, eso creo que nos está diciendo que ahí tenemos un enorme déficit. Y ahí el déficit hay que mirarlo en dos ángulos. Uno, el financiero. Mucha gente tiene una visión, a veces desde las gremiales, de que basta aumentar los sueldos y destinar recursos para que la mejoría ocurra. Y no es así. En Uruguay se aumentó mucho la dotación de recursos, eso es verdad, pasó de 3,5 por ciento del PBI a 4,6 por ciento del PBI, y nunca tuvimos peores resultados. Quiere decir que el tema no es simplemente dinero. Es un manejo mejor de la comunidad educativa, son programas más modernos, es mayor disciplina de estudio, son mayores días de trabajo, son evaluaciones constantes. Es una educación desde otras características. Entonces, desgraciadamente, por eso estamos cosechando tan malos resultados.

 

‒ ¿Cuáles cree usted que son los desafíos más urgentes para la región y cómo cree que podrán ser resueltos, si es que podrán ser resueltos?

‒ Yo diría que el primer gran desafío es la educación, por las razones que acabo de dar. Yo creo que estamos en la sociedad del conocimiento, estamos en la sociedad de la información, y, en consecuencia, o nos preparamos para ella o simplemente vamos a tener un rezago extraordinario. Ya hoy no hay, como se decía en el tango de Gardel, “no vayas al puerto que hay mucho laburo” [NOTA DEL EDITOR: se refiere al tango Seguí mi consejo, que Gardel cantó y grabó dos veces pero no compuso ni escribió; la letra dice: “…No vayas al puerto, te pueden tentar, / hay mucho laburo, te rompés el lomo…”; laburo, en lunfardo, significa trabajo]. Hoy ya no hay puerto para ir a cargar bolsas. Hoy, todo el trabajo es un trabajo que requiere exigencias culturales mucho mayores. Entonces, el primer gran desafío es ése. Yo diría que el segundo gran desafío es de competitividad internacional, que tiene dos ingredientes. Uno, de productividad. No tenemos suficiente énfasis en la productividad. Y luego, a los efectos de la competitividad, nos faltan muchos otros ingredientes que van desde la estabilidad de las políticas, la estabilidad jurídica, de los negocios, en fin, etcétera, que son todos ingredientes que hacen a una real competitividad internacional. Yo veo por ahí los mayores efectos. Y luego, una proyección, en otro orden social que es muy importante también: en nuestras sociedades hay un proceso de dualización, hay sectores muy vastos de la sociedad que no se han incorporado realmente a ella. No es solo un tema económico, es un tema social, cultural, que se advierte. Las estadísticas hablan de baja de la pobreza y la hay, pero la baja de la pobreza, medida como se mide, no quiere decir avance de la clase media. Porque mucha gente no tiene capacidad de sustentarse y solo vive de programas de asistencia social. Entonces estamos hablando de una superación estadística de la pobreza pero no una superación real, no una incorporación a la clase media. Los países del Río de la Plata saben lo que es eso porque en la primera mitad del siglo XX construyeron grandes clases medias que caracterizaron tanto a la Argentina como a Uruguay. La situación de Brasil es distinta. Entonces sabemos cómo se construyó esa clase media: a fuerza de trabajo, de inmigrantes con una enorme ética de trabajo, de una educación pública muy sólida, que incorporó a la gente y a los hijos a la sociedad. Hoy, desgraciadamente, estamos viviendo una situación compleja en la cual se mezcla la droga, se mezcla el narcotráfico, se mezclan muchos factores que conducen a esta situación. Estamos con un 15 o 18 por ciento de muchachos que son “ni-ni”, como se ha dado en llamar, ni estudian ni trabajan. Eso es un desafío de inclusión social en el que tenemos que avanzar y que se asocia a los factores económicos que señalé en primer lugar.

 

‒ ¿Por qué la región pudo avanzar mucho más rápido en una integración más plena en materia política y jurídica (pienso, por ejemplo, en la Unasur, en la Celac y hasta en la misma OEA, que ya estaba antes) y no tanto en la integración económica y comercial (todavía hay muchos subbloques: Mercosur, CAN, Alianza del Pacífico, etc.)?

‒ Primero habría que saber si la integración jurídica y política realmente fue un progreso. Yo creo que hemos agregado instituciones y ellas no necesariamente han expresado madurez. Por ejemplo: la Unasur, a mi juicio, no fue un avance, fue un retroceso, porque es imaginar a América latina sin México, y eso, lejos de ser una apuesta de futuro, es un retroceso de visión. El hecho de que México tenga un tratado de libre comercialización con Estados Unidos no lo aleja culturalmente. México es una parte sustantiva de nuestra vida cultural, de nuestra manera de ver y pensar el mundo. Sin embargo, esa fue la dirección que se imprimió. Entonces, ha habido mucha expansión institucional, pero no necesariamente progreso. Luego tenemos los procesos de integración que, se suponía, eran más amplios. Eran políticos, sociales, económicos y jurídicos. El del Pacífico, el mercado andino, al no incluir a Chile ya demostró su carencia. El Mercosur, que lo empezamos con tanto entusiasmo y que tuvo siete u ocho años de expansión desde que nació, desde 1990 hasta 1998, luego no ha avanzado. No hay más coordinación macroeconómica, cada país va por su lado, la libertad comercial tiene enormes restricciones por todos lados. Nosotros mismos, entre Uruguay y la Argentina, tenemos un pleito a cada rato. Y, en tercer lugar, la institucionalidad tampoco se ha consolidado. Los fallos de los tribunales arbitrales no se cumplen. Entonces, estamos con una situación de crisis del Mercosur que ha llevado a mucha gente a replanteárselo. En Uruguay hay muchos cuestionamientos. Yo sigo creyendo que es una idea estratégica válida, pero que tiene que cambiar. Si en 2015, con un nuevo gobierno en la Argentina y un nuevo gobierno en Uruguay no logramos cambiar el clima, creo que el Mercosur va a ir cada día más hacia atrás.

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Ver la entrevista completa en:

http://www.cepao.org/ConCiencia%20No%201%20-%20Marzo%202015.pdf

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